Pedro García Cuartango-Abc
- Este es el autócrata que ordenó o impulsó sin el menor género de dudas la invasión de Ceuta, que, según el último balance, provocó más de 90 muertos al bordear las aguas entre los dos países
Mohamed VI heredó los poderes de su padre hace 27 años. Es no sólo el jefe del Estado, el comandante del Ejército y el líder religioso de la nación. Tiene potestad para nombrar ministros, disolver la Cámara y dictar medidas al Gobierno. Es lo más parecido a un monarca absoluto, aunque con una apariencia de una cierta democracia formal.
Este es el autócrata que ordenó o impulsó sin el menor género de dudas la invasión de Ceuta, que, según el último balance, provocó más de 90 muertos al bordear las aguas entre los dos países. Nada se hace en Marruecos sin su consentimiento. La avalancha fue posible por su real voluntad. Aquí las mafias no tuvieron nada que ver.
No es la primera ni la segunda ni la tercera vez que Mohamed VI recurre al método de empujar a su población a cruzar la frontera para chantajear al Gobierno de Madrid. Ya lo hizo hace cinco años cuando el líder del Polisario fue tratado en un hospital español. Sin duda, aprendió de su progenitor, que forzó la retirada del Sahara mediante la Marcha Verde cuando Franco agonizaba.
Muchos políticos, analistas y periodistas han valorado el episodio de Ceuta como una demostración de fuerza de Marruecos y un signo de nuestra debilidad diplomática. No comparto esta conclusión. Lo único que ha quedado patente es que el régimen alauita carece de escrúpulos morales y que no duda en utilizar a su población como carne de cañón. El espectáculo ha sido obsceno.
Que decenas de miles de personas estén deseando escapar de su país para vivir con un mínimo de decencia solo demuestra que Marruecos es una nación fallida no tanto por la diferencia de renta con España como por el desapego de su régimen hacia sus ciudadanos. Y también por la falta de libertad, por la corrupción y por el nulo respeto a la dignidad de los hombres.
En contraste con lo que pasa al otro lado del Estrecho, España tiene un régimen de acogida de los inmigrantes basado en los principios del humanismo cristiano y en el respeto a los derechos humanos. Eso tiene muchos inconvenientes, pero indica que todavía somos un país con un mínimo de conciencia.
Es obvio que gestionar la inmigración es un reto muy complicado, que existen límites numéricos para la integración y que nuestras fronteras son vulnerables, pero ello no debería llevarnos a olvidar que quienes huyen de la miseria son personas que merecen ser tratadas con dignidad. Por eso, Mohamed VI no ha ganado ni ganará nunca.