Cristian Campos-El Español
  • Todas las piezas del puzzle de la invasión de Ceuta están ahí. Sólo hay que sumar dos más dos.

Hace dos años, en un evento organizado por la Comunidad de Madrid, acabé hablando con un alto cargo del PP sobre la última barbaridad perpetrada por el PSOE de Pedro Sánchez en relación con Marruecos.

Ni siquiera recuerdo exactamente cuál era. Ha habido tantas.

Quizá las vacaciones en Marrakech de Pedro Sánchez junto a toda su familia en verano de 2023, uno de esos gestos de sumisión que el gobierno marroquí agradece invadiendo Ceuta periódicamente.

O quizá algo relativo a la última venta de material de defensa para la modernización de las fuerzas armadas de un país que, detalle anecdótico, niega la soberanía española sobre Ceuta y Melilla.

O quizá el cese de la ministra de Exteriores Arancha González Laya por orden del rey de Marruecos.

De ahí pasamos a hablar de los atentados islamistas de Atocha y de las muchas teorías sobre su autoría intelectual.

«Pero ¿qué íbamos a hacer a cuarenta y ocho horas de unas elecciones generales? ¿Declararle la guerra a Marruecos?», me contesta ese político popular. Todavía no sé si estaba siendo irónico o sincero.

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Segunda anécdota. Cena con Felipe González y varios periodistas más, un mes exacto después de que el gobierno de Pedro Sánchez le entregara en bandeja el Sáhara al rey de Marruecos reconociendo la soberanía de Rabat sobre la región.

Cuando llega mi turno de preguntas, le dejo al expresidente sobre la mesa la entrega de los saharauis a Rabat y el cambio de rumbo radical en la posición tradicional del PSOE en la cuestión del Sáhara.

Felipe González se lanza a responder y se pasa una hora hablando sin que nadie ose interrumpirle (a un expresidente del gobierno sólo le interrumpe su jefe de gabinete para decirle que es hora de irse).

Al acabar la cena, mis compañeros bromean conmigo: «En la próxima cena, tú no preguntas».

No voy a traicionar el off the record de esa cena, pero sí puedo decir cuál fue el objetivo de Felipe González con su respuesta: trazar una raya entre su PSOE y el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero y de Pedro Sánchez, traidor por partida triple. A los saharauis, al PSOE y a los españoles.

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Tercera anécdota. Una comida con un alto cargo del gobierno del PP, hoy retirado de la política. Le pregunto a ese alto cargo sobre los rumores acerca de la hipotética participación de los servicios secretos marroquíes en los atentados de Atocha. Teoría sostenida, entre otros, por el exministro Federico Trillo.

Silencio incómodo de varios segundos. El invitado mira al suelo. Intuyo que se me viene encima una bronca: «Por favor, caballero, no me sea conspiranoico, esa pregunta es propia de imbéciles».

Pero veo sufrir en silencio a su jefe de prensa. Casi adivino sus pensamientos: «Por Dios, que escoja bien las palabras».

Mi pregunta era retórica y yo ya conocía la respuesta, pero quería oírla de su boca. Y la oí.

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La penúltima pieza del puzzle. El 18 de diciembre de 2001, con las relaciones entre el gobierno de José María Aznar y Rabat casi completamente rotas (Rabat había retirado a su embajador en Madrid a finales de octubre de 2001 y no mantenía relaciones diplomáticas con el Ejecutivo español), José Luis Rodríguez Zapatero visita al rey de Marruecos por su cuenta y riesgo.

Dos años después de esa visita, el 11 de marzo de 2004, a sólo cuatro días de unas elecciones generales que Mariano Rajoy tenía ganadas y Zapatero perdidas, un grupo de terroristas islamistas atenta en Atocha, mata a 193 españoles y deja más de 2.000 heridos.

Sólo treinta y seis horas después de los atentados, el PSOE llama a rodear las sedes del PP y desvía toda la ira del pueblo español hacia el PP.

Ese domingo, Zapatero gana las elecciones y empieza, de inmediato, el giro del PSOE respecto a Marruecos. De potencia hostil, Marruecos pasa a ser «un aliado fiable y leal».

Sólo un mes y medio después de los atentados, el 24 de abril de 2004, Zapatero viaja a Casablanca. Es su primer viaje al extranjero como jefe del gobierno. Allí se reúne con el rey Mohamed VI y el primer ministro Driss Jettou.

Zapatero anuncia expresamente el inicio de «una nueva etapa de entendimiento profundo y cooperación bilateral», una «nueva era» basada en la lealtad recíproca, y su renuncia a «posiciones de principio absolutamente irrenunciables» respecto al Sáhara.

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Última pieza del puzzle. Tras el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara, la entrega de miles de millones de euros a la monarquía marroquí camuflados como «cooperación» y «préstamos» de diverso tipo, y el sacrificio del sector primario español en beneficio de los agricultores de Marruecos, 50.000 asaltantes invaden Ceuta con la complicidad, como mínimo pasiva, de sus fuerzas de seguridad.

La reacción del gobierno de Pedro Sánchez consiste en reaccionar todo lo tarde que puede a la invasión, darle luego las gracias a Marruecos por su «cooperación» y declarar de inmediato la guerra a los veintidós países de la UE que han pedido la expulsión de España del espacio Schengen o, como mínimo, la revisión de los acuerdos de libre circulación con nuestro país.

Insisto en la paradoja. El más europeísta de todos los gobiernos españoles desde la Transición le declara la guerra a la UE tras ser invadido por Marruecos.

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Sólo veinticuatro horas después de la invasión, el presidente Sánchez graba un vídeo de TikTok hablando de sus canciones preferidas del verano.

Lo hace después de dejar a cargo del restablecimiento del orden en Ceuta a un ministro en mangas de camisa y que se muestra manifiestamente molesto por haber tenido que interrumpir sus merecidas vacaciones por una minucia.

Ese ministro, Fernando Grande-Marlaska, convoca luego a la prensa, reitera su agradecimiento a Marruecos, se lanza flores a sí mismo e insulta a los países de la UE.

Por supuesto, Sánchez no hace el menor amago de cesar a los tres ministros responsables de este ridículo: Margarita RoblesJosé Manuel Albares y el mismo Marlaska.

Mucho menos a la cúpula del CNI. Porque si el CNI no es capaz de detectar un plan de invasión que implica a 50.000 invasores en la frontera de Ceuta, ¿cómo va a detectar el lanzamiento de los misiles Predator Hawk israelíes o los ATACMS M57 estadounidenses en manos de Marruecos cuando vuelen contra objetivos del ejército español?

Y si el CNI detectó ese plan, y el Ministerio del Interior no hizo caso, ¿por qué no lanzó la alerta el Ministerio de Defensa, del que depende orgánicamente el CNI?

Y si ni el Ministerio del Interior ni el de Defensa hicieron caso al CNI cuando este alertó de la inminente invasión de Ceuta, ¿por qué no están todos los responsables siendo investigados ahora mismo como presuntos autores de un delito de alta traición?

¿Y por qué Sánchez ni siquiera le devolvió la llamada al presidente de Ceuta cuando este quiso alertarle de la creciente tensión en la frontera y de la posibilidad de que ocurriera lo que finalmente acabó ocurriendo?

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Un último detalle. La información que Brais Cedeira daba en EL ESPAÑOL este mismo domingo: la Guardia Civil detectó a agentes de inteligencia de Marruecos entre los migrantes que se colaron en Ceuta. Hoy, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado buscan desesperadamente a los elementos yihadistas que «alguien» ha infiltrado entre los asaltantes de Ceuta.

El puzzle al completo está ahí.

Entiendo que la tentación ahora mismo, frente a lo que desde cualquier punto de vista es un acto de guerra híbrida, es hacerse el tonto y ahorrarse problemas. Largarse de vacaciones; asistir a algún festival de verano; hacerse fotos en alguna pasarela junto a algún actor; emitir algún comunicado deeply concerned; o dar alguna rueda de prensa para echarles la culpa a las mafias, al Tribunal Supremo o a la Internacional Fascista.

Innegablemente, es más cómodo.

Pero que se haga el tonto otro. Yo sumo dos más dos y me sigue dando cuatro. Estamos en guerra y lo sabemos, pero no queremos saberlo.