- Los españoles hemos mostrado una impresionante tolerancia y capacidad de acogida con los marroquíes
La vecindad con Marruecos es complicada. O por precisar: harto complicada. Las guerras con ellos marcaron la mitad del siglo XIX español y los inicios del XX, con una fuerte onda expansiva sobre nuestra política.
El acoso a Ceuta y Melilla no es nada nuevo. De hecho, provocó la llamada Guerra de África entre 1859 y 1860, de la que salimos victoriosos. En la siguiente gran contienda, la Guerra del Riff (1911-27), hubo cal y arena. En el verano de 1921 sufrimos la escabechina del Desastre de Annual a manos de las tribus rifeñas de Abd el-Krim. Los errores en el frente y la terrible dimensión de la derrota hicieron retumbar los cimientos de la monarquía de Alfonso XIII. En septiembre de 1925 nos tomamos la revancha con el exitoso Desembarco de Alhucemas, precursor de los que luego se verían en la Segunda Guerra Mundial.
En noviembre de1975 llegó un nuevo envite, con la Marcha Verde de Hasan II, que envió a civiles secundados por militares a avanzar sobre el Sahara Español, maniobra con la que nos dobló la mano a base de utilizar a su propio pueblo como munición.
Durante su reinado, Juan Carlos I ejerció la alta diplomacia y trenzó un cierto entendimiento personal con el siempre revirado Hasan, con el que fuimos sobrellevando a Marruecos. Con Mohamed VI volvieron las complicaciones. Pensando que España era un oso adormilado, el 11 de julio de 2002, cuando llevaba solo cuatro años en el trono, hizo una cata de nuestras fuerzas ocupando con unos gendarmes marroquíes la pequeña isla española de Perejil. Como entonces nos gobernaba un patriota, Aznar, y no un hueco chisgarabís como ahora, a los siete días nuestras fuerzas especiales recuperaron la posesión (todo con el plácet de Estados Unidos, con el que entonces teníamos la inteligencia de llevarnos bien).
En 2004 sucede un hecho dolorosísimo y capital, que cambia incluso el curso de nuestra política: el peor atentado de la historia de España, el 11-M de Madrid, con 192 muertos y más de dos mil heridos. Poco solemos reparar en que 17 de los terroristas eran de nacionalidad marroquí. El atentado, de una complejidad técnica que hace dudar que fuese obra solo de los detenidos y los que se suicidaron, fue programado solo tres días antes de las elecciones generales españolas. Rubalcaba y Zapatero manipularon políticamente el dolor de una manera infame y el resto ya es historia: comenzaba el proceso de degradación que culminaría con la alianza del PSOE con el separatismo antiespañol.
El hedonista Mohamed VI ha resultado casi peor que su padre. En 2021, sus servicios secretos vaciaron el teléfono de nuestro presidente del Gobierno, que desde entonces come en su mano. En aquel año, el autócrata alauita hizo el primer ensayo general en Ceuta, empujando a nuestra ciudad a 15.000 jóvenes marroquíes de manera deliberada. El pasado jueves llegó el segundo ensayo, ya con 70.000 invasores. Toda una demostración de fuerza, sobre todo porque nuestro gobierno cayó en la infamia de dar las gracias por su «leal colaboración» precisamente a aquel que hizo posible la afrenta, que ha costado unas 150 vidas.
Desde Marruecos opera hoy una boyante industria del narco que nos está haciendo ya mucho daño, contagiando la costa andaluza y convirtiendo el Guadalquivir en una autopista de la droga. Marruecos juega además a su antojo con el flujo de pateras y cayucos. Marruecos rivaliza con nuestros puertos del Sur, capta inversión en el sector de la automoción, quiere la final del Mundial, ha iniciado una fuerte campaña de rearme y se ha puesto bajo el paraguas de Trump, mientras nuestro gobierno prefiere enfrenarse a Estados Unidos de manera tan visceral como tontolaba. Además, sus autoridades cultivan un nacionalismo militante, en el que la «reconquista» de las «ciudades ocupadas» de Ceuta y Melilla es su estandarte (e incluso miran a Canarias).
Es decir, tenemos infinidad de motivos para mantener una actitud cuando menos recelosa hacia Marruecos, que, francamente, jamás ha sido nuestro amigo, sino más bien todo lo contrario (por no hablar ya de un gran tema de fondo, la fe musulmana de los marroquíes, que se da de bruces con el cristianismo y el pensamiento abierto sobre el que se ha levantado Occidente y con muchas de nuestras libertades).
¿Y cuál es la población de origen extranjero más numerosa hoy en España? Pues los marroquíes, con 1,2 millones afincados en nuestro país, la mayoría con una buena adaptación, que no nos debe llevar a ocultar la alta propensión al crimen de los que de allí han llegado, pues suponen el 30 % de nuestra población reclusa foránea.
¿Se imaginan cómo seríamos recibidos en Marruecos los españoles si se hubiese producido en sentido inverso todo lo que acabamos de recordar? ¿Estarían los marroquíes dispuestos a acoger a 1,2 millones de españoles en su país? ¿Cómo reaccionarían sus autoridades y sus vecinos si invadiésemos su ciudad de Castillejos con 70.000 de nuestros jóvenes?
Realmente somos un país encantador, de una maravillosa tolerancia y un gran sentido de acogida. Probablemente el país más bondadoso del mundo. Pero como decían nuestras abuelas, «chaval, de bueno a tonto…». Marruecos exige una finísima diplomacia e intentar llevarse bien. Pero también firmeza y no hacer el canelo (o directamente el felón, como alguno que a estas horas chapotea en su piscina gratuita y suntuosa ajeno al agobio de los ceutíes y a la tragedia de un centenar largo de muertos).