Carlos Granés-ABC
- Recordemos esas decenas de golpes blandos que denunció en sus comparecencias públicas, los ataques a un Congreso poblado por «HP’s esclavistas» o las alusiones constantes a la oligarquía y al colonialismo
Hoy acaba la presidencia de Gustavo Petro en Colombia y el olor que deja es el de la tierra quemada. No solo por el despilfarro –un concierto de despedida que costó más de un millón de euros–, los casos de corrupción escandalosos y un déficit público que asciende al 7,8 por ciento, sino porque eligió la peor manera de dejar el gobierno: sin reconocer el triunfo de Abelardo de la Espriella y alimentando una ficción mediocre, la de que su derrota –la de la izquierda– no se dio en Colombia y mediante las urnas, sino en Miami, con la manipulación del software electoral. Petro se ha empeñado en promover esta narrativa porque un fraude en las elecciones de 1970, o la creencia de que lo hubo, legitimó la aparición de la guerrilla en la que él militó durante trece años, el M-19. La historia se está repitiendo, es lo que está diciendo, y al pueblo colombiano no le queda más remedio que rebelarse. Él, que cobró relevancia política denunciando el paramilitarismo, se despide con la pésima idea de crear «guardias libertadoras».
Como dijo uno de sus funcionarios, Petro nunca ha dejado de pensar como un comandante guerrillero. Necesita enemigos; su imaginación se ha especializado en detectar opresores y enemigos de la patria. Así entiende la política, como una acción radical para liberar pueblos y naciones, y no hace falta escarbar mucho en la hemeroteca para comprobarlo. Hace unos pocos días lo dijo: con la llegada de Abelardo y su adhesión servil a Donald Trump, Colombia, como hace doscientos años, volvía a ser un virreinato. Ante ese panorama ominoso, la conclusión era evidente: había que dar un segundo grito de independencia, a la resistencia, a las barricadas. Ese mismo liberacionismo y esa pelea contra enemigos y complots que estaban en su fantasía, no en la realidad, marcó el ritmo de su gobierno. Recordemos esas decenas de golpes blandos que denunció en sus comparecencias públicas, los ataques a un Congreso poblado por «HP’s esclavistas» o las alusiones constantes a la oligarquía y al colonialismo.
Petro ha creído ser el defensor del pueblo verdadero, el único dispuesto a enfrentar a los enemigos que lo han puesto de rodillas. Tan persuadido está de esa imagen de sí mismo que no tiene más opción que convencerse de la ficción del fraude. Es impensable que no haya suficiente pueblo para un líder tan amado y benevolente; para ese genio emancipador que convirtió a Colombia en el corazón del mundo, que se siente cercano a Einstein y le explicó al país la matemática cuántica, lo maravillosas que son las mujeres que conectan su mente con su clítoris, y que no se conformó, como tanto mediocre, con gobernar una nación. Él quiso cambiar el rumbo de la humanidad.
Lo que en realidad cambió, sin embargo, fue la dinámica de la confrontación política: Colombia se convirtió en campo fértil para el populismo y el resultado fue Abelardo, un derechista encandilado con las batallas culturales que promete jugar con las mismas cartas, retórica salvífica, simbología partisana, rugidos, polarización y odio. Si buscamos el legado más visible de cuatro años de petrismo, en esa dirección debemos mirar.