Felipe Benítez Reyes-El Correo
- La figura de Trump resulta tan inconcebible que despertaría ternura si no provocase pánico
La única verdad irrefutable que le hemos oído a Donald Trump desde que decidió convertirse en una pesadilla diaria para el género humano provoca escalofríos: según él, si se liase a tiros con los transeúntes de la Quinta Avenida de Nueva York y matase de manera aleatoria a unos pocos, la gente seguiría votándole. ¿Quién lo duda? Incluso podría comerse crudos los cadáveres y sus seguidores recogerían firmas para la legalización del canibalismo. Al fin y al cabo, promovió el asalto al Capitolio y, gracias a las leyes caprichosas de la paradoja, aquel asalto al núcleo mismo de la democracia estadounidense le deparó el premio gordo: ser reelegido democráticamente por una mayoría de antidemócratas. Y es que debemos hacernos a la idea de que cualquier sociedad se compone, en lo esencial, de dos estamentos: los trastornados sin medicar y los que se ven obligados a medicarse para soportar a los no medicados.
Consciente de su obscena impunidad, la penúltima ocurrencia del presidente supera el delirio estrambótico para entrar de lleno en el delirio delictivo: vender información privilegiada. El negocio resulta un poco arriesgado si se practica, como hasta ahora, clandestinamente, pero muy sencillo si se legitima desde el Despacho Oval, sin necesidad de tramitación parlamentaria: adelantar a inversores y empresarios, a cambio de una cuota mensual de 100.000 dólares, los mensajes que el presidente vaya a publicar en su red Truth Social, de manera que se pueda especular con el petróleo, pongamos por caso, en función de que el presidente anuncie o no que va a destruir, aniquilar, decapitar o exterminar -según el día- el régimen iraní.
La figura de Trump resulta tan inconcebible, tan dramáticamente cómica, que despertaría ternura si no provocase pánico, pero no nos engañemos: es mucho más peligroso de lo que parece. Más allá de sus payasadas, de su infantilismo, de sus fullerías, de su cuñadismo y de sus chanchullos mercantiles se esconde un profeta del caos. Un profeta que, aparte de su horda de seguidores adornados o no con un casco de bisonte, sirve de guía para dirigentes y subprofetas de medio mundo, imitadores suyos que lo hacen de veras bien a pesar de ser copias burdas del original, de por sí bastante burdo. De todas formas, la culpa de que Trump esté donde está no es de Trump, sino de la fascinación de buena parte del género humano por la barbarie, que es una de las formas más extendidas de la idiotez desde aquel día remoto en que un listillo vestido con pieles se proclamó jefe de su tribu y se llevó a los suyos a machacarles el cráneo a los de una tribu vecina por la sencilla razón de que tenían un jefe que no era él.
Venimos de ahí y parece ser que ahí vamos. Que ahí volvemos. Añorantes de un fantoche que nos guíe heroicamente hacia el abismo.