José Alejandro Vara-Vozpópuli
- Sánchez se aferra a los menas y a la líder italiana para camuflar los desastrosos efectos de la larga semana de la infamia
Hasta que llegó Sánchez no se sabía el alcance de lo que la Constitución y los españoles le permiten a un presidente. Ahora se está comprobando que tanto la Carta Magna como el personal votante son mucho más elásticos de lo previsto Se lo consienten todo. “Yo no obedezco a Dios, él comparte mi opinión”, suele pensar cada mañana el gran narciso al contemplarse ante el espejo. ¿Da usted su mayestático permiso para que podamos respirar?, le responde la plebe hipnotizada ante la tele y TikTok, ese vulgo adoctrinado que se deja seducir por las apariencias y los cuentos. “En el mundo no hay más que vulgo”, advertía Maquiavelo.
Sometimiento irracional
Tantas cosas impensables, tantos episodios inadmisibles, tantos excesos cometidos en estos ocho años podrían haber conducido a una rebelión cívica, a un drástico rechazo democrático, a un basta ya de combativa dignidad. La gente es pastueña, cierto, y basta con compartir terrazas y chiringos en estos días estivales, en los que se alterna con gente imprevista y con obtusos espontáneos, para concluir que, aunque el número ONE es un tipo mayormente detestado, que apenas agrada a señoras de cierta edad y a pensionistas acomodados, no provoca tan unánime repulsa como para colegir que el anhelado tiempo de cambio se aproxima. Será el fatalismo ibérico o la ausencia de esa sensibilidad ciudadana que ha defenestrado a dirigentes políticos vecinos por mucho menos de lo aquí vivido, lo que nos conduce a este nivel de sometimiento tan absurdo e irracional.
Aquí se perdona todo, es la cantinela. Tenemos memoria de pez, es la frasecita. Un escándalo mayor tapa el anterior, es la excusa. Basta un repaso a algunos de los episodios registrados tan sólo en los últimos días para llegar a la conclusión de que anchas son las tragaderas, laxa la conciencia, mínima la exigencia y quizás eterna la paciencia de quienes, supuestamente, deciden el nombre del señor que se apoltrona en los colchones La Moncloa. Repasemos.
-El Gobierno impide al jefe del Estado desplazarse a la zona del territorio nacional que ha sido asaltada por 72.000 extranjeros desprovistos de la documentación requerida.
-El presidente del Gobierno del país asaltado visita la zona durante apenas una horita y concluye que la invasión es cosa de las mafias y se deshace en elogios hacia el país de donde proceden los inesperados visitantes.
-El ministro del Interior proclama a los cuatro vientos que tanto sus servicios de inteligencia como los del ministerio de Defensa, a cuya titular detesta, no avisaron del movidón porque son una auténtica patata que no distinguen a un mojamé de un armario empotrado.
-Ese mismo ministro asegura, sin ápice de rubor, que este asalto a nuestras fronteras “son cosas que pasan”. Como el tranvía o la tosferina. Tal cual.
-La ministra de Defensa se revuelve ante esas acusaciones y, en tono airado y pelín histriónico, asegura que los servicios de Inteligencia que dirige son la órdiga, la repanocha, envidia del mundo civilizado, el MI6 unos aprendices, el Mossad unos mindundis, pero se niega a responder si avisaron a tiempo de que llegaba la marabunta.
-El único cese en todo este berenjenal de inoperancia y ocultas complicidades le correspondió a una pobre funcionaria de Seguridad Nacional, departamento adscrito a Presidencia, que comunicó la animosa llegada de tanta gente sin invitación. El castigo le llegó estando de vacaciones la muy cuitada. Esto pasa por no desconectar.
-El ministro de Transportes, una marsopa con antecedentes en algún zoológico, incapaz de asumir responsabilidades en el descarrilamiento que costó la vida a 47 personas en Adamuz, anuncia urbi et orbi que “el presidente ha resuelto otro problema”, al tiempo que por las calles de Ceuta paseaban cinco mil zombis en busca de papeles.
Las trolas y el victimismo
-El titular de Exteriores, mequetrefe superlativo, le echa la culpa de la movida a ‘la internacional reaccionaria’, es decir, a la primera ministra italiana que denunció la colosal inoperancia del Ejecutivo del país invadido y excluyó a España del espacio Schengen. En las primeras horas de la avalancha, convocó al embajador italiano en lugar de hacerlo con la jefa de la legación del vecino del sur. Meloni ha sido ascendida hace unas horas a la categoría de chivo expiatorio de la gran pifia ceutí y, junto con los menas, se ha convertido ya en el argumento protagónico del relato de las cacatúas del sanchismo. Moncloa siempre encuentra un roto para sus descosidos, siempre se inventa un culpable (cambio climático, Trump, Israel, el maquinista del tren, las eléctricas de apagón…) y luego se embadurna en el sayal del victimismo. “No soportan un gobierno de coalición progresista”. “No aceptan el resultado de las urnas” (pese a que siempre pierde). Así ocho años.
-La ministra de Sanidad, médica y madre, una cretina inconcebible, interrumpe por unos minutos sus larguísimas y muy lustrosas vacaciones de izquierdista caviar y sentencia en un tuit que no hay problema sanitario alguno en la ciudad invadida pese a que no se ha procedido a la evaluación del estado de salud de semejante número de visitantes, porque, sencillamente, es imposible.
-La ministra portavoz del Gobierno, peoncillo de brega del ex número dos de su partido, un gordito codicioso, carne de trena, concluye que el país impulsor de la trastada es un vecino totalmente fiable, amigable, querible y hasta achuchable.
La fotito, el relato
Todo esto ha ocurrido en la cuarta economía europea en tan solo una semanita. Ocho días después del masivo salto fronterizo, Sánchez seguía de vacaciones en La Mareta. No tuvo a bien atender a las demandas de auxilio que le remitió el presidente de la ciudad autónoma de Ceuta en vísperas del imparable aluvión inmigrante. Hizo un alto en su holganza este viernes para montar un numerito telemático con varios de sus semovientes ministriles para salir en una fotito en su despacho, mirando una multipantalla de atrezzo, y en la que no se adivinan los pies. ¿Estaba quizás en chanclas, como cuando lo de Afganistán? El relato, el vídeo, la patraña. Material para telePedro, carnaza para borreguillos.
El Rey sí atendió al presidente Vivas, el jefe de la plaza invadida. Lo recibió, lo atendió durante dos horas, le dio ánimos, le subrayó la solidaridad de la Corona y de la nación, le prometió que se desplazaría a Ceuta en cuanto se lo permitiera la autoridad ejecutiva y recordó que España existe, que el Estado -cojitranco y descuajeringado- todavía respira y que la nación es algo más que la banda de Pedro, Begoña la imputada, ZP el contrabandista y sus liliputienses separatistas. “Bajo el azul descolorido de su chaqueta lleva un traje de armiño”. El Rey de Dickinson.
Mundial sin Bogart
Sánchez, ajeno a la actitud de Felipe VI juguetea estos días en su palacete veraniego con algunas piececitas de su puzzle. Mantener contento a Mohamed VI en su empeño en que la final del Mundial de Fútbol se juegue en Casablanca, es una de ellas. Sin Bogart. A Sánchez el balompié se la bufa, y si es un antojo del señor de Pegasus, pues sea. Además, Trump apoya al perverso señorín de Rabat y no hay que dar más batallas que las que se puedan ganar.
Quizás ignora que en este viejo país ineficiente las cosas del fútbol importan algo más que las cuitas de Ceuta, que a él particularmente le traen al pairo. Debería meditarlo serenamente. Por aquí andan todavía exultantes con su selección campeona y no es cosa de empañar esa raquítica alegría con la entrega de la final al petulante alauita. También se afanará en urdir un plan para seguir en La Moncloa tras las elecciones del 27 en las que los demóscopos le anuncian un tortazo morrocotudo. Su empeño, sabido es, se centra en celebrar el centenario de la República sentadito en su sillón. Así pasará a la historia.
Quizás para cuando arranque el jamboree futbolístico de 2030 ya ni Trump, ni Fifantino ni siquiera Sánchez estén en sus puestos. Un vendaval de cordura habrá acabado con todos.