Editorial-El Correo

Rusia escala estos días en su guerra contra Europa. Aprovecha que los aliados han dejado a Ucrania sin misiles antiaéreos para cebarse con los civiles y las infraestructuras de Kiev, Odesa o Járkov. A la vez, concentra sus capacidades híbridas en Alemania con dos episodios graves: el dron cargado de explosivo plástico descubierto junto a aviones ucranianos en el aeropuerto de Leipzig -clave en el transporte de material militar de la OTAN- y los otros dos aparatos que sobrevolaron la base de Mechernich. Y Moscú se prepara también para la batalla en la que deposita todas sus ansias de desestabilización de las democracias del continente: las elecciones a partir de septiembre en Estados del Este alemán y las presidenciales de Francia en primavera. El Gobierno de Berlín mide su reacción ante las incursiones del Kremlin para no beneficiar las ya elevadas opciones en las urnas de la ultraderecha antiucraniana que apadrina Vladímir Putin. Y los bulos inspirados desde Moscú acabarán acosando a todos los candidatos franceses menos a los ultras de Le Pen. La naturaleza de los ataques marca el camino: unidad contra la desinformación y mejora en la detección y protección contra los artefactos no tripulados.