Valladolid hoy es obra de la piqueta del siglo XX y de la prosa que la salvó. Y ante todo de la poesía.
Mirar hoy la ciudad requiere de bastante literatura para entender que alguna vez fue un plano entero miniado de palacios y conventos.
Los Reyes Católicos de boda en el de los Vivero, patrimonio inmaterial de toda la cristiandad.
Colegio de San Gregorio, donde se acuñó la universalidad moral del ser humano.
Catedral de Juan de Herrera, inacabada como un soneto que se sostiene sin el terceto final.
Desaparecido convento de San Francisco, donde se puso el sol para Colón.
Óscar Puente.
Hospital de la Resurrección, del que no queda más que la portada.
Palacio de la Ribera, burbuja inmobiliaria del Duque de Lerma.
Santa Teresa de Jesús fundando el convento de la Concepción del Carmen…
Valladolid de todos los santos, incluidos Cervantes, Quevedo y Delibes.
De aquel Valladolid quedan esquinas que se libraron de un plan de urbanismo que consistía sencillamente en sustituir historia por ladrillo de manera acelerada sin preguntar a nadie, ni siquiera a uno mismo, si lo que se demolía tenía algún valor.
Como si en Sevilla se hubiesen bajado el Archivo de Indias o el Palacio de la Condesa de Lebrija para parir el siglo XX a toda velocidad.
Luego piensas en la Torre Pelli y te das cuenta de que casi toda España (de norte a sur) es igual.
Uno de nuestros grandes problemas (de Marbella a Valladolid) es que el mayor plan urbanístico del que hemos sido capaces tiene que ver con la ambición y escasa cultura de la mayoría de los políticos que la gobiernan. Salvo honrosas excepciones, claro.
Alcaldes, concejales, consejeros y ministros que, con tal de dejar su huella en la historia, son capaces de abrirle un boquete a una ciudad en mitad del pecho y lo justifican en aras de la modernidad.
Cualquier ciudad que se tenga algo de estima debería condenar al exilio a estos tipos. Destruir el patrimonio con la excusa de construir el futuro.
El jueves estaba en Madrid mientras veía por Twitter cómo una excavadora destruía el muro que hacía de entrada a la estación de trenes de Valladolid. El lunes lo dejé intacto y el jueves lo estaban derruyendo.
Y todo por las guerras que se traen Óscar Puente y Jesús Julio Carnero, ministro de Transportes y alcalde de la ciudad, para ver quién tiene más grande la vallisoletanidad.
Esto es Valladolid. Cualquier ciudad que se tenga algo de aprecio a sí misma condenaría al exilio a los políticos implicados. Destruir el patrimonio histórico con la excusa de construir el futuro es algo que ya hemos vivido. A principios del siglo XX se pasaron toda la ciudad a… pic.twitter.com/Jed5cs0y31
— Guillermo Garabito (@GuilleGarabito) August 20, 2026
Las guerras de nuestros alcaldes son algo que nos tiene aburridos a los de por aquí. El ego de dos servidores de sí mismos siempre termina por encima de los intereses del ciudadano de a pie.
Puente llegó a alcalde prometiendo soterrar para quitarle a Valladolid ese costurón que divide la ciudad en dos con forma de vía del tren e incumplió. Jesús Julio consiguió la alcaldía con la misma promesa ocho años más tarde y va camino de incumplir también.
¿De qué le sirve a Valladolid tener de ministro de Transportes a un tipo de por aquí si este prefiere darse a la guerra, porque para eso él es del PSOE y el otro, alcalde del PP?
Como no es alcalde, sólo ministro, decidió construirle a la ciudad una estación de trenes (anexa a la del siglo XIX) desproporcionada, como un eclipse permanente en mitad de Valladolid.
Hace años escribí de los alcaldes-faraones de Castilla, que como no saben construir pirámides levantaron en cada pueblo un frontón más grande que el del pueblo de al lado.
El problema sigue igual, salvo que el destrozo va acorde al presupuesto de hoy.
Anda que no habrá cosas más urgentes en Valladolid, pero el jueves demolieron el muro. El viernes por la mañana apareció algún historiador sin historia diciendo que esa entrada de la estación no estaba declarada patrimonio histórico y que el resto del edificio del siglo XIX no se va a tocar. ¡Faltaría más!
El muro no era patrimonio histórico, claro, sino patrimonio de todos los vallisoletanos, que lo heredamos de unos abuelos y bisabuelos que resultaron tener mejor gusto y más altura de miras que la que tienen estos políticos a los que votamos hoy.
Habrá nueva estación, que más que una estación (según los planos) tiene trazas de panteón para megalómanos, por desidia de Carnero y capricho de Puente. Y a sus pies una placa mínima, para quien sepa mirar, en la que se podrá leer: «Aquí una vez hubo un muro y buen gusto. Lo demolieron las guerras de nuestros políticos».