Marisol Oviaño-Vozpópuli

  • Para acabar con la emigración ilegal basta con no favorecerla

En marzo de este año, durante la apertura de la Cumbre sobre la Energía Nuclear, Úrsula von der Leyen admitió que renunciar a ella en favor de las renovables ha sido un “error estratégico”.  Las políticas energéticas y medioambientales de las últimas décadas han arruinado a la industria europea, han asestado un golpe mortal a la clase media y han convertido al Estado del Bienestar en un holograma del pasado que actúa como la señal de Batman y guía a la gente marrona hasta nuestras calles.  Pero, a pesar de este desastre, no ha habido dimisiones ni ceses. Cuando las equivocaciones no pasan factura, no hay razón para dejar de equivocarse: el abandono de la energía nuclear, la liquidación del sector agropecuario, el suicidio de Europa por sobredosis de inmigración… Si todo son errores estratégicos y no fases de un plan contra Europa, tendremos que concluir que estamos gobernados por imbéciles. O por corruptos.

La deriva que nos ha traído hasta aquí empezó en el año 2000, cuando los socialdemócratas (SPD) y los Verdes alemanes llegaron a un acuerdo para ir desmantelando la industria nuclear en su país. En 2005, cuando Merkel —democristiana y doctora en Física— llegó al poder, revirtió ese plan y amplió los años de vida útil de las centrales atómicas.  Sin embargo, tras la catástrofe de Fukushima de 2011 no pudo resistir la presión popular: cerró los 8 reactores más antiguos y programó el cierre irreversible de todos los demás; imagino que confiando en que el suministro de gas ruso barato sería eterno.

El muro contra el islam

Cuatro años más tarde y delante de las cámaras, una niña refugiada palestina le dijo que quería quedarse para siempre en Alemania. Pero ella le explicó con sentido común y buenas palabras que eso era imposible, que tendría que regresar al estercolero del que había venido porque Alemania recibía millones de solicitudes de asilo y sólo podía ofrecer refugio temporal. Entonces, la niña se echó a llorar y, conmovida por sus lágrimas, Merkel intentó consolarla. A todos nos daba pena la chiquilla, pero muchos suspiramos aliviados cuando Angela nos hizo creer que ella sería el muro de contención contra el islam que aporreaba la puerta.

Sin embargo, el 25 de agosto de 2015, Alemania anunció que suspendía el Protocolo de Dublín para los refugiados sirios; es decir, que no los devolvería al primer país de la UE que hubieran pisado para que solicitaran asilo allí. Viktor Orbán denunció que esa medida tendría un efecto llamada, y no le faltaba razón. Los refugiados que deambulaban por la ruta de los Balcanes interpretaron que Alemania les esperaba con los brazos abiertos: miles de ellos sacaron billetes de tren y muchos más emprendieron camino desde lugares aún más remotos. El 2 de septiembre, el cadáver del niño Aylan apareció en una playa de Turquía y los medios lo convirtieron en el símbolo de la diáspora provocada por la guerra de Siria. Dos días después, miles de sirios, afganos e iraquíes inundaron los andenes de Budapest y Orbán detuvo el tráfico ferroviario hacia occidente.

Al verse atrapados en Hungría, los refugiados echaron a andar. Esa noche, Werner Faymann —el canciller austríaco— llamó a Merkel para decirle que había miles de familias con niños caminando hacia la frontera de Austria. Sólo podrían pararlos con policía y soldados, y supongo que Merkel temió reavivar el recuerdo del nazismo, de modo que decidió abrir la frontera. Y aunque sólo estuvo abierta un fin de semana, a lo largo de 2015 llegaron a Alemania más de un millón de musulmanes que no han parado de multiplicarse.

La playa vuelve a estar vaciada

Entonces la debilidad de Merkel, que antepuso la opinión pública a la seguridad de su pueblo, tuvo un efecto llamada. Y ahora la debilidad de Sánchez —a quien la opinión pública le importa un pimiento— ha provocado la invasión de Ceuta. El gobierno decía que ya sólo quedaban unos 2000 extranjeros, pero cuando la policía ha ido a la playa del Trampolín y ha separado a marroquíes de morenos para reubicarlos en los asentamientos preparados por el Ejército, hemos visto desfilar a columnas de miles de ellos que no acababan de pasar nunca. Encima, la playa vuelve a estar ocupada; es como querer vaciar el mar con las manos

Para quien trabajan

Nos quieren hacer creer que abordar la inmigración ilegal es imposible —como si no fueran ellos quienes dictan las leyes—, pero la verdad es que cualquiera se da cuenta de que  bastaría con dejar de favorecerla. Para empezar, habría que retirar las subvenciones a las oenegés y eliminar cualquier tipo de ayuda social a aquellos extranjeros que no hayan cotizado al menos 10 años. Por otra parte, habría que dejar de poner el control de la inmigración en manos de Marruecos e invertir todo el dinero que le damos en reforzar la frontera —la valla de Mercadona es más disuasoria que la del Tarajal—, incrementar medios tecnológicos y aumentar efectivos militares para vigilarla. También convendría buscar un islote en el que mantener lejos de la población a quien entre ilegalmente mientras se revisa su caso. Respecto a las mafias que trafican con personas, después de desembarcar a la gente, hundiría cada barco, lancha o cayuco que llegue a nuestra costa y condenaría a sus patrones a prisión permanente no revisable en uno de esos islotes. Y, por último, levantaría una guillotina muy grande en la Explanada Solidarność 1980, por la que han de pasar todos los europarlamentarios, para que no olviden para quien trabajan.