Iñaki Ezkerra-El Correo

Con su habitual sensatez, David Uclés ha dicho que el terremoto que sacudió Granada la pasada semana el mismo día en que se cumplían los 90 años del asesinato de García Lorca no fue casualidad: «La tierra tiembla porque Lorca yace aún dentro y no se le encuentra». Uclés nunca decepciona. Pero, dejando para él la tarea de buscar esos restos mortales, uno prefiere encontrarse con el verdadero seísmo que late en el legado del poeta y responder a tres preguntas que ha repetido la prensa de estos días: ¿Fue tan importante como se ha dicho su libro ‘Poeta en Nueva York? ¿Por qué? ¿Es Lorca un poeta que ha sobrevivido al tiempo?

A la primera de ellas uno diría que sin duda. Con ‘Poeta en Nueva York’, Lorca conecta con las vanguardias contestatarias como no lo había hecho hasta entonces ni lo haría después ningún otro miembro del 27. Y es que el vanguardismo que profesó ese grupo fue más bien de carácter formal y ajeno al contenido subversivo que tuvo en Europa y sobre todo en Francia. Lorca en ese libro se desmarca de aquel grupo al que alguien bautizó como ‘generación de los profesores’ porque varios de ellos se dedicaron a la enseñanza (Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso…) y carecieron de la beligerancia ideológica de los André Breton, Paul Éluard o Louis Aragon. El propio Aleixandre, que dejó la docencia por enfermedad, fue un hombre de orden que practicó un surrealismo esteticista y ajeno a las proclamas agitadoras de las vanguardias francesa o italiana.

Formalmente Lorca ya estaba en la vanguardia cuando publicó el ‘Romancero gitano’ en 1928, pero ese libro era una lograda fusión de surrealismo formal y tradición folclórica. Es en ‘Poeta en Nueva York’ donde se lanza a un verso libre en todos los sentidos que aborda la marginalidad urbana, la segregación racial, la solidaridad con los negros de Harlem, la homosexualidad explícita y la crítica a la deshumanización capitalista de Wall Street. Hasta entonces había sido un señorito gay de buena familia andaluza. Es a partir de ‘Poeta en Nueva York’ donde sale del armario con un discurso no exento de aparentes contradicciones: «Por eso no levanto mi voz, viejo Walt Whitman,/ contra el niño que escribe/ nombre de niña en su almohada,/ ni contra el muchacho que se viste de novia/ en la oscuridad del ropero./ (…) Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades…».

Ha habido quien ha interpretado esos versos como homófobos, pero es en ellos donde toma conciencia de su sexualidad, donde siente que ésta reclama una dignidad ajena al desafío estridente y a la permisividad vergonzante; donde se atreve a teorizar ideológicamente sobre ésta y donde esboza, de forma desinhibida y pionera, una ética para un tiempo nuevo que hace rancia a la izquierda de su época y quizá también a nuestro presente.