Sergi Doria-ABC
- Aunque el país consiga salir del piélago de calamidades que dejará el Ominoso Octenio, el gobierno que le suceda habrá de dedicar gran parte de su programa a la regeneración moral de la política española
Cada uno de nosotros conservamos en la memoria acontecimientos –estelares, sentimentales, dolorosos– ligados a nuestra generación. Y cada acontecimiento conlleva la inevitable pregunta al interlocutor de turno: «¿Dónde estabas tú?» el día en que estalló nuestra guerra, conversaban los abuelos. Nuestros padres. cuando mataron a Kennedy, Marcelino cabeceó el gol a la URSS o Armstrong dio saltitos en la Luna. La madrugada de la muerte de Franco o la noche de los transistores del 23-F: nosotros, los del sesenta. Y la caída del muro de Berlín, la noche mágica de la flecha que alumbró el pebetero de Barcelona’92, la aciaga tarde en que ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco, aquella Nochevieja del 2000 que paralizaría los ordenadores. O las tenebrosas mañanas del atentado a las Torres Gemelas y la masacre islamista en la estación de Atocha.
En el «¿dónde estabas tú?» aplicado a los ocho años de sanchismo los hechos no merecen para algunos la categoría de acontecimientos a compartir con sus coetáneos: comprensivos con la supervivencia de quien se presenta como el cancerbero que frena la «ola reaccionaria que nos invade», categorizar sus decisiones políticas como carcoma del orden constitucional que nos dimos en el 78 sirve a la estrategia de una derecha con prisas por alcanzar el poder. En ese caso, la pregunta no obtendrá respuesta sino reproche: el mohín despreciativo del supremacismo «progresista». Pero la dignidad ciudadana obliga a desvelar ese comportamiento que bascula entre la ignorancia y el cinismo. ¿Dónde estabas tú cuando Sánchez indultó y amnistió a los golpistas de 2017? ¿Dónde cuando perdió las elecciones en 2023 y montó el Gobierno Frankenstein con comunistas, nacionalistas y proetarras de Bildu? ¿Dónde cuando dio un giro copernicano a la política española en el Sahara y convirtió a los saharauis en súbditos de Mohamed VI? ¿Dónde cuando la gestión ideológica de la energía sumió a España en la oscuridad? ¿Y cuando la UCO halló las joyas de ZP? ¿Dónde estabas cuando Sánchez se fue de vacaciones con Ceuta invadida por la rediviva Marcha Verde marroquí? ¿Entretenido con el eclipse?
Si el interpelado no se inmuta ante tales inquisiciones es que pertenece al ‘target’ que (por acción) votó al inquilino de la Moncloa o (por omisión) tolera sin rechistar sus afanes por desmantelar el Estado. Es la actitud que allá por 1576, se cumplen 550 años, Étienne de La Boétie describió en su ‘Discurso sobre la servidumbre voluntaria’. El objetivo de este pensador admirado por Montaigne: «Comprender cómo puede ser que tantos hombres, burgos, ciudades y naciones soporten a veces a un único tirano que no tiene más poder que el que ellos le otorgan, que solo puede perjudicarles porque ellos lo aguantan, que no podría hacerles ningún mal si no prefiriesen sufrirle a contradecirle».
Con la agenda judicial del sanchismo copada para los próximos meses, la ofensiva marroquí envalentonada gracias al apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea tipificando a España de socio poco fiable y un gobierno que cuestiona a los jueces que lo investigan planteamos qué pasaría en las calles si la desastrosa gestión correspondiera al PP y no al PSOE. ¿Qué más ha de acontecer para que los practicantes de la servidumbre voluntaria abandonen su abúlica condescendencia con quien solo pretende seguir en el poder al precio que sea? Y sus votantes responden que los que vendrían serían peor. Como en el orwelliano ‘1984’ aman al Gran Hermano. Al diseccionar la servidumbre La Boétie establece tres modalidades de satrapía. Aquella que nace por la herencia, la que se conquista por las armas y la que obedece a la elección popular. Esta última es la peor, advierte. Los tiranos autoproclamados ‘tribunos del pueblo’ «antes de cometer los peores crímenes, los preceden siempre de algunos bonitos discursos sobre el bien público y el alivio de los desgraciados». Si repasan la cháchara sanchista desde la moción de censura que descabalgó al gobierno Rajoy en junio de 2018 con el anuncio de acabar con la corrupción, la carcoma del Estado se aliña con principios solemnes: gobernar para la «mayoría social» y el «interés general» al mismo tiempo que se levanta un muro entre españoles buenos (la izquierda) y malos (la fachosfera). Es, según La Boétie, la división de la sociedad por el aspirante a tirano: enardecer a sus partidarios contra sus detractores. Pero a la hora de la verdad los tiranos que blasonan de representar al pueblo, los del Partido de la Gente, «superan en vicios y crueldades a todos los demás tiranos», señala. Si repasamos lo sucedido constataremos hasta dónde nos ha llevado la servidumbre voluntaria de quienes constituyen hoy la trama civil que sostiene al Gobierno. Advirtamos de que La Boétie no llama al derribo por las bravas del presidente que se resiste a dimitir mientras chapotea en la ciénaga de la corrupción; pide a los gobernados que, por lo menos, no le sostengan.
La tiranía arranca «las ideas de libertad del espíritu de sus súbditos con tanta eficacia que, por reciente que sea el recuerdo de ellas, quedan pronto borradas de su memoria», sentencia: la dignidad cívica de los españoles es una luz macilenta. Todos los acontecimientos marcan un antes y un después en el relato de sus vidas. Antes de la guerra, antes del covid, antes del sanchismo. Aunque el país consiga salir del piélago de calamidades que dejará el Ominoso Octenio, el Gobierno que le suceda habrá de dedicar gran parte de su programa a la regeneración moral de una política española en la que resucitan, con nuevos ropajes, la oligarquía y el caciquismo que denunciaba Joaquín Costa. Y, sobre todo, habrá de demostrar que no es un «quítate tú para ponerme yo»; con transparencia y sin las torpezas de la derecha española que abonan la batalla cultural de una izquierda consciente de su hegemonía gramsciana. El sanchismo, como el peronismo o el trumpismo o el chavismo, trasladará su oposición a las calles a la mínima oportunidad que se le dé. Una labor de gobierno impecable y transparente evitará el enésimo descrédito de la democracia, el determinismo populista del «todos son iguales» y el triunfo del partido de la abstención.
Y un último mensaje de La Boétie para los veintidós ministerios de propaganda, altos cargos y comisarios mediáticos del ejecutivo más oneroso de Europa: «Si se juntan los malvados lo que se forma es un complot, no una sociedad. No se aman, pero se temen. No son amigos, sino cómplices». Porque también esto pasará y habrá que rendir cuentas. ¿Algún héroe del desguace entre el elenco de cadáveres políticos? Pronto será demasiado tarde para huir del búnker. ¿Dónde estaréis cuando caiga aquel al que servisteis con el ciego fervor del sectario?