Juan Carlos Girauta-El Debate
  • Si escandaloso es tomarse vacaciones de maestro de primaria siendo presidente del Gobierno de un país invadido –que lo es y que lo está–, ¿cómo describir la traca final que nos tenía preparada? ¿Cómo encajar que no haya perdonado los cuatro días que le faltaban para completar los treinta de vacaciones?

Retraté aquí el otro día la pereza extrema de Sánchez, la nana que le cantaban en mi imaginación Jesús Calleja y Salvador Illa, sus vacaciones de escolar. Le consideré dispuesto a regalar Ceuta, no ya por lo que Marruecos sepa de él, sino por no levantarse de la tumbona. Creo que nadie podrá acusarme de tomarlo por un hombre de acción. Pues bien, me quedé corto, aun atribuyendo la convocatoria del Consejo de Seguridad Nacional al sonambulismo. De Sánchez se dicen muchas cosas –pocas buenas–, pero con toda modestia reivindico haber apuntado mi linterna hacia la holgazanería del mandamás en el cuarto oscuro de su régimen. El cuarto oscuro, por cierto, les tiene que resultar un concepto familiar a nuestros Ceaucescu, amén de rentable.

Si escandaloso es tomarse vacaciones de maestro de primaria siendo presidente del Gobierno de un país invadido –que lo es y que lo está–, ¿cómo describir la traca final que nos tenía preparada? ¿Cómo encajar que no haya perdonado los cuatro días que le faltaban para completar los treinta de vacaciones? El autócrata cree que se puede gozar del poder, rodearse de todos los signos horteras de ostentación, disfrutar de privilegios más que dudosos (¿el hotel de Andorra quién lo paga?) y a la vez ponerse como ejemplo de trabajador español, con treinta días de descanso pagado. Si un martes está indispuesto de verdad (no traspuesto en la chaise longue), ¿a quién tiene que llevarle el certificado médico este trabajador?

Lo mejor es que, al redondear en treinta, evoca el derecho laboral, la proximidad al currante, el Estatuto de los Trabajadores. Se las ingenia, astuto, para rodear el abuso de un aura de justicia social. Para pintar las heces de dorado, por así decirlo. Lo del Consejo del Seguridad Nacional se revela entonces como algo del todo diferente a lo que entendimos (con la salvedad del sonambulismo). No era una respuesta tardía a la gravísima situación que se vive en una parte del territorio español mientras Sánchez descansa; era una pose, una concesión al público, aprovechando el caprichoso cambio de destino vacacional de nuestro gandul infinito. Debió ir así: ¿Te acuerdas del hotel aquel con menú de almohadas? ¡Menú de almohadas! No necesita más un personaje con semejante tendencia a la modorra.

La conclusión, más allá de recrearnos en las mil formas de reposo de esta fiera, es que la reunión del Consejo de Seguridad nacía muerta. Nada podía salir de ahí. Sin embargo, para nuestra sorpresa, sí dio un fruto. Podrido, pero fruto al fin: España quedó informada de que, además de estar invadidos, además de no poder contar más que con unos cuantos policías a los que se alimenta con las sobras de una criada inapetente de Begoña, el Gobierno estaba roto. Han quedado aristas afiladas en las dos piezas resultantes, la de Robles y la de Marlasca, y pronto el régimen obsolescente las va a usar como navajas. Van a encargarse de sí mismos, no necesitan enemigos.