Emilio Sáenz-Francés-ABC

  • Si miramos para otro lado en Ceuta, si consideramos que no es cosa nuestra, estaremos rebajándonos a ser un ejemplo de esas funestas decisiones colectivas que definen la historia contemporánea europea

Parece ser que fue De Gaulle quien dijo que, en política, lo último que puede hacer uno es el ridículo. Han transcurrido ya casi un mes desde el asalto masivo a la ciudad de Ceuta, que ha recibido muchos nombres: invasión, ataque híbrido… Sus efectos son desgarradores. El diagnóstico, de sobra conocido, aunque no está de más sintetizarlo adecuadamente. Han sido demasiados años de una política exterior pobre, pacata y descreída: los ingredientes para un gran ridículo. Una política que no ha sabido asumir una realidad que es fundamental: Marruecos puede ser un socio necesario en cuestiones cruciales en las que nuestros destinos están entrelazados. Pero es también un rival geopolítico que no oculta en su relato nacional que su destino pasa por arrebatar a España no solamente Ceuta y Melilla y el resto de posesiones españolas en el norte de África, sino también las Islas Canarias y más allá. En los últimos años se ha consolidado, además, como una potencia regional en alza, perfectamente sintonizada con los Estados Unidos y, como siempre, ferozmente atenta a cualquier signo de debilidad española para aprovecharla.

Durante todo este tiempo –y extiendo esta afirmación más allá de los gobiernos de Pedro Sánchez– nuestra debilidad ha sido estructural. El tic-tac del reloj se ha convertido en la funesta cuenta atrás de una bomba que estallará en nuestras manos con consecuencias que la mayoría de los españoles, adormecidos cuando no atontados por una política nefasta, ramplona y miserable, no son capaces de imaginar ni en sus peores sueños.

Ceuta está en las conversaciones de gran parte de los españoles este verano y del palpitar de todas ellas surge la pregunta de qué dice esta crisis inédita sobre la relación de los españoles con su nación. Están los que dicen que, como Gran Bretaña, tenemos que entregarnos a negociar una entrega ordenada de Ceuta, nuestro Hong Kong, a lo que en nuestra historia sería una nueva China en auge. Porque Ceuta es insostenible y, además, no es rentable. Como si solo debiésemos sostener como propio lo que nos diga un Excel. He escuchado a los que dicen que no hay nada que hacer, ya que ningún español estaría dispuesto a dar la vida por la permanencia de Ceuta en España. Ya dijo Bismarck que los Balcanes no valían los huesos de un solo granadero de Pomerania. No sé si el español medio piensa mucho en Bismarck, pero es que los Balcanes estaban muy lejos de ser parte del Imperio alemán. Ceuta, por el contrario, es España.

Gran parte de esos puntos de vista, cuando no todos, dicen, temo, algo pequeño de muchos respecto a su relación con la nación, con España. No se trata de algo que se pueda medir en máximos o en balances. La nación no se agota en las copas y la algarabía cuando se gana el Mundial. Pero entre el Mundial y dar la vida, tal y como es el noble compromiso de quienes libremente escogen la milicia como profesión, hay todo un abanico de compromisos cotidianos asumibles. Y para los que tienen responsabilidades de gobierno, muchísimo por hacer. Renan definió la nación como «una gran solidaridad» y su existencia como «un plebiscito de todos los días». Como crisol de una historia, de unas instituciones, de unos valores, parafraseando a Cánovas, la nación es la constitución interna de España. Se construye sobre un solar geográfico y un horizonte en común y se materializa en el día a día en una identidad compartida y en un principio espiritual de solidaridad. Hay quienes vinculan a todo ello una sola palabra: ciudadanía.

Si vemos a nuestros compatriotas de Ceuta sufrir y penar, víctimas de una tragedia intolerable en la que miles de personas se han convertido en bomba humana, trágica carne de cañón de hoy, la respuesta no puede ser la indolencia. Ceuta no puede ser nuestro Múnich, en el que demasiados españoles desdeñemos el problema, repitiendo, como Chamberlain, que no podemos comprometernos con una gente que está muy lejos y de la cual sabemos poco. Porque de Ceuta lo sabemos todo y no es que esté cerca. Es parte esencial de la carne de la nación española.

Churchill dijo en mayo de 1940 que las naciones que se rendían mansamente estaban acabadas. Esa es la medida de esta encrucijada. Quiero pensar que esto aún no es la Francia de 1871 y que Ceuta y Melilla no serán nuestras Alsacia y Lorena. Y lo que hay que hacer es reclamar, con serenidad, con orden, con información, con pasión y con compromiso, que se haga todo lo que no se ha hecho hasta ahora; que volemos alto; que se reconstruya una política exterior que defina y defienda, con un realismo avezado y vehemente, nuestros intereses y nuestros compromisos irrenunciables; que lo haga en el largo plazo, desde la fiabilidad y la fortaleza. Y también que se movilice a nuestros aliados para que no sean testigos desde el tedioso burladero de Bruselas de una crisis nacional como la que atravesamos. Y que, en definitiva, se reivindiquen principios y valores sobre los que se construyen en el día a día una nación y una ciudadanía dignas de tal nombre y a la altura de una historia que no es cualquiera. Si no lo hacemos, las consecuencias las pagaremos todos y cada uno de nosotros. Y con largueza.

Quiero pensar que España todavía está capacitada para reclamar un futuro en que podamos ser queridos, respetados e incluso admirados por el resto del mundo y en el que no tengamos miedo, si es necesario, a ser temidos. Para ello –en la estela de Ortega, pero ampliando el espectro de sus palabras– debemos asumir lo básico: que desde el Cantábrico hasta el estrecho de Gibraltar, a ambas orillas, con la mirada puesta en nuestras islas orgullosas, Baleares y Canarias, se desenvuelve el gran drama que no nos puede ser ajeno.

Es el drama que define lo cotidiano de nuestras vidas, los lazos de amistad y los vínculos familiares que establecemos, ese cúmulo de vicisitudes que hacen que un español ante otro nunca se encuentre ante un extranjero, sino, ojalá, con alguien al que, incluso en la lejanía de la visión sobre la vida, la realidad y la política, le une algo insoldable. Es un gran cantar al que podemos y debemos contribuir con un verso. Si miramos para otro lado en Ceuta, si consideramos que no es cosa nuestra o nos incomoda para tomar despreocupados unas cañas, si arrojamos la toalla sin dar la batalla porque no vale la pena, estaremos rebajándonos a ser un ejemplo más de esas funestas decisiones colectivas que definen la historia contemporánea europea.

España merece mucho más que eso y por eso es de reclamar que Ceuta, si no otras cosas en el pasado, suponga un cambio. Si no se hace, a los responsables de lo que inevitablemente vendrá, los españoles del futuro los mirarán con el mismo escarnio con el que los franceses en 1945 miraban al experimento de Vichy.

Si cae Ceuta, caemos todos.