Elena Moreno Scheredre-El Correo
- Tenemos una Europa inepta para la diplomacia, presidentes con los calzoncillos sucios y unas fronteras que estallan
Con la tontera del estío y acunada por el zumbido del ventilador, pierdo el tiempo con una profesionalidad que me escandaliza. Tengo una larga trayectoria de hacer tres cosas a la vez, recorrer el pasillo tantas veces que mi marido dice que va a constiparse y con una agenda de integrante del cuerpo consular de algún codiciado país, pero hoy los cambios, no solo físicos sino morales, amenazan con convertirme en otra. Sostenida por la pereza de agosto y por esta humedad que me obliga a pedirme permiso para moverme, miro la pantalla de mi móvil y repaso el planeta de Instagram al que mi editorial me ha conminado a frecuentar. A golpe de índice pasan frente a mis ojos las ingentes recomendaciones de taichí en silla, consejos para antes de dormir, de suspirar, suplementos alimenticios que la ciencia ignora y otras delicias. Pasan los que aconsejan libros que nunca leerán, rincones donde no ha llegado el turismo y croquetas que no engordan.
Pero de pronto, aparece Richard Gere con todas las arrugas en su sitio, sus canas sin teñir y esos ojitos que entrecierra cuando sonríe. Me detengo y subo el volumen. Veo que está en uno de esos foros que montan bancos o periódicos en pro de la divulgación, sentado en un sillón frente a un periodista y de pronto empieza a rebelarse como cuando Daniel Ortega, el dictador presidente de Nicaragua era guerrillero y amante de la libertad. Me quedo, me gustan los señores bien evolucionados.
Soy perfectamente consciente de que no tengo edad de rebeldías. Últimamente me como con patatas los exabruptos de este planeta en el que vivo casi vencida, pero si Richard Gere levanta la voz, manda callar a los que aplauden y dice que está viviendo el momento más oscuro de su vida, le escucho. Dirigiéndose al auditorio y hablando de Trump y su país, el actor se pregunta quién habría pensado que un maniaco como Trump llegaría a presidente de los Estados Unidos y desmantelaría todo en un par de semanas.
¿Cómo es posible que esto haya ocurrido? Se pregunta el actor doliéndose de no haber militado lo suficiente como para advertir a quienes le rodeaban del peligro que venía, y reconoce que todos tenemos que asumir la parte de responsabilidad que nos toca. Advierte que es preciso hacer el esfuerzo de reconocer estas dictaduras de monstruos que trepan hoy a los estados democráticamente construidos. Y pensé que tenía razón, que no podemos seguir adormilados y cederles hoy esto, y mañana lo otro, argumentando que en el fondo son unos buenos tipos y todo está bien…
No. Ni son buenos tipos, ni está todo bien. Tenemos una Europa acojonada y diplomáticamente inepta, unos presidentes con los calzoncillos sucios y unas fronteras que estallan como las costuras de las viejas prendas. Quizás sea tiempo de volver a las barricadas y dejar de seguir a tontos que vienen a conducirnos al progreso.