Mikel Buesa-La Razón
- ¿Cómo hemos llegado a esto?, se preguntarán ustedes. Pues acumulando errores en la configuración institucional, política y económica, como fruto de la influencia de las ideas de nuestros gobernantes
El profesor Rafael Pampillón, haciéndose eco del Fondo Monetario Internacional, ha llamado la atención acerca de la magra evolución de la economía europea en comparación con la norteamericana. En 2008, ambas áreas tenían prácticamente el mismo tamaño, con una ligera ventaja de la estadounidense; pero a la altura de 2025, el PIB nominal de esta última multiplicaba por 1,7 el de la UE. Sin embargo, lo más interesante de esta dinámica es que, en términos reales –o sea, descontando la inflación–, mientras la economía de Estados Unidos era un tercio más grande en el último año que en el primero, la europea había disminuido un 17 por ciento. Está claro, entonces, que Europa, al contrario de América, no ha sabido superar el impacto de la crisis financiera y ha entrado en un declive indiscutible. Muestra de ello es también la evolución de la población, creciente en Norteamérica –que pasó de 304 a 342 millones de habitantes– y decreciente en Europa –que retrocedió de 500 a 450 millones–, con el agravante de que mientras en el primer caso la población anciana de 65 y más años es un 16 por ciento más reducida que la menor de 18 años, en el segundo ocurre lo contrario y los viejos exceden en un 22 por ciento a los niños y adolescentes.
¿Cómo hemos llegado a esto?, se preguntarán ustedes. Pues acumulando errores en la configuración institucional, política y económica, como fruto de la influencia de las ideas de nuestros gobernantes. Keynes, en el cierre de su «Teoría General», ya advirtió sobre esto al señalar que no son los intereses sino las ideas que se susurran al oído de los dirigentes, las que acaban determinando el rumbo de la sociedad. Y ahí están los excesos regulatorios de la Comisión Europea; su énfasis en la externalización de la agricultura y la industria, sin tener en cuenta que la productividad está ligada a la producción material; su ecologismo radical, que nos ha hecho más dependientes del suministro exterior de energía; su tratamiento de la inmigración, que es fuente ampliada de conflictos; su parsimonia decisoria; y su errónea creencia en que el mundo se rige por reglas y no por las ambiciones de poder.