Mariona Gumpert-El Debate
  • Bolaños envolvía en pacifismo de mercadillo una realidad evidente: no existe voluntad política de controlar las fronteras. No la tiene el PSOE, pero tampoco el PP, que en Ceuta ha votado hasta tres veces contra las propuestas de Vox para reforzar los medios de control fronterizo

La estrategia de la izquierda, en general, y del Gobierno, en particular, descansa sobre una premisa: los españoles somos idiotas. Lo peor es que, comicios tras comicios, nos empeñamos en darles la razón. Esta semana, la consigna ha girado en torno a la idea de que «la violencia no es el camino». Políticos y tertulianos nos vomitaban Imagine, de John Lennon, con el fervor moral de quien cree haber inventado la concordia.

Imagine there’s no countries –imagina que no hay países–. Es lo que parecía tener en mente Bolaños cuando le preguntó a Pepa Millán si, llegado el caso de que Vox gobernara, ordenaría al Ejército disparar contra quienes cruzan la frontera. ¿Pretendía don Félix insinuar que la eficacia de las fronteras depende de la buena voluntad de quienes se disponen a franquearlas? ¿Que no son más que una línea ornamental trazada para tranquilizar a quien las contempla desde casa?

Al convertir el control de fronteras en una disyuntiva entre dejar pasar y disparar, Bolaños borró de un plumazo cuanto puede hacerse, precisamente, para no llegar a ese extremo. Para empezar, está la disuasión. Un muro alto de hormigón, coronado por una concertina; militares armados patrullando día y noche; radares, cámaras térmicas y patrulleras vigilando la costa. Todo ello transmite un mensaje bastante elocuente sin necesidad de disparar un solo tiro: por aquí no se entra sin permiso. Por no hablar de las llamadas capacidades de fuerza intermedia, nombre un tanto solemne para designar todo lo que cabe hacer entre dejar pasar a alguien y abrir fuego contra él: cañones de agua, gases lacrimógenos, proyectiles no letales o dispositivos acústicos.

El planteamiento de Bolaños funciona porque ha calado la consigna de que «ninguna persona es ilegal». Claro que no: ilegal puede ser su conducta. Entrar en un país al margen de los controles fronterizos es ilegal. Las fronteras delimitan una comunidad política, con leyes y derechos propios y recursos limitados, generados y sostenidos por sus ciudadanos. Por eso la libre circulación no puede ser universal. Entre otros muchos motivos, porque —por más que algunos se resistan a comprenderlo— toda África no cabe en España.

Bolaños envolvía en pacifismo de mercadillo una realidad evidente: no existe voluntad política de controlar las fronteras. No la tiene el PSOE, pero tampoco el PP, que en Ceuta ha votado hasta tres veces contra las propuestas de Vox para reforzar los medios de control fronterizo. Ahí está la pregunta de fondo, la que el bienpensante ni siquiera concibe: ¿qué hacer cuando el Estado, que ostenta el monopolio legítimo de la violencia y tiene el deber de proteger las fronteras y a sus ciudadanos, renuncia a hacerlo?

La respuesta la dieron esta semana los propios ceutíes al plantar cara para que sus playas y polideportivos no acabaran ocupados por los invasores. Porque los ciudadanos de Ceuta tienen derecho a disfrutar de lo que es suyo, no a encerrarse en sus casas mientras otros se adueñan del espacio público. Mucho menos en una ciudad con tan poco territorio y tan escaso margen de maniobra.

Como era de esperar, los invasores han comenzado a responder en los mismos términos. Ceuta es hoy un polvorín provocado por la dejación del Gobierno, que, junto con sus terminales mediáticas, se ha apresurado a acusar a los «ultras», al PP y a Vox de fomentar el racismo y la xenofobia. La operación es conocida: dejar que el incendio se extienda, llamar pirómanos a quienes protestan y pedir después que le confiemos el extintor.

El plan solo tiene un requisito: que los españoles seamos, en efecto, idiotas.