Juan Manuel Blanco-Vozpópuli
  • Nadie vendrá en nuestra ayuda si no somos capaces de defendernos nosotros mismos.

La intensidad de la última invasión de Ceuta ha sacado a la luz un hecho bien conocido, pero hasta ahora muy poco comentado, prácticamente tabú. Marruecos lleva décadas ejecutando todo tipo de ataques y agresiones en la zona gris, llamada así por situarse en un espacio intermedio entre la paz y la guerra abierta. Su objetivo no es otro que una expansión territorial a costa de España. 

La zona gris abarca esas acciones hostiles ambiguas, cuya intensidad se sitúa deliberadamente por debajo del umbral que desencadenaría una respuesta militar del adversario. Incluye ciberataques, desinformación, coerción económica, sabotajes, campañas de influencia e intoxicación, presión diplomática, terrorismo por grupos interpuestos, operaciones encubiertas y, por supuesto, instrumentalización de la migración. Aunque no es difícil identificar la autoría de cada ataque, su calculada ambigüedad dificulta una respuesta firme. 

La estrategia del salami

El agresor en la zona gris no pretende aplastar al adversario sino alterar su percepción de costes y beneficios para que ciertas opciones, antes impensables, comiencen a parecerle aceptables. Aprovecha las vulnerabilidades jurídicas, políticas, sociales, económicas o emocionales del oponente a fin de modificar las fronteras sin recurrir a la guerra abierta. Lo señaló Sun Tzu hace 2500 años: “el arte más supremo de la guerra es someter al enemigo sin llegar a luchar”. Cada agresión gris no suele revestir extrema gravedad, pero el goteo de acciones acaba generando un vuelco estratégico. Es la llamada “estrategia del salami”: el atacante va cortando una fina loncha tras otra hasta que, a la larga, se lleva todo. A escala global, Rusia y China son los grandes agresores en la zona gris. Marruecos alcanza un puesto destacado a escala regional.

Las democracias tienen más dificultades para actuar y responder en este ámbito porque las fortalezas del Estado de Derecho (necesidad de pruebas y exigencia de proporcionalidad) se convierten en debilidades frente a un adversario autoritario que explota la ambigüedad. La presión en la zona gris también manipula la percepción del atacado, induciendo a su opinión pública a clasificar los episodios en una categoría inadecuada. El asalto a Ceuta fue principalmente una agresión de una potencia extranjera, pero diseñada para que parezca solamente un problema migratorio o humanitario, aunque también lo sea. 

La pasmosa pasividad española

Resulta increíble, pero España apenas ejecuta acciones defensivas en la zona gris, pese a que recibe agresiones constantes. Ni siquiera las de naturaleza pasiva, como guarnecer bien la frontera o cambiar ciertas leyes buenistas, que favorecen la acción del enemigo. Sánchez cede automáticamente a cada amago de presión de Marruecos sin recibir contrapartida comparable, algo que anima al agresor a intensificar los ataques, sabiendo que no afrontará costes ni resistencias. Para el defensor, la cesión permanente se acaba convirtiendo en una droga que restaura instantáneamente una aparente “normalidad”… hasta la siguiente agresión. Encajar golpes repetidos sin responder adecuadamente genera un círculo vicioso que deteriora la moral y extiende la cobarde percepción de que es inútil resistir.

Muchos atribuyen la desmesurada sumisión de Sánchez a informaciones comprometedoras obtenidas a través de Pegasus. Pero no es necesario recurrir a un hipotético chantaje para explicar qué el sometimiento constituya su postura óptima porque la actitud cobarde y pusilánime ante Marruecos comenzó mucho antes que Sánchez y el Pegasus. Salvo honrosas excepciones, como la crisis de Perejil, España ha venido aplicando una política de cesiones constantes desde la entrega del Sahara en 1975, si bien no de forma tan cruda, extrema y abiertamente humillante como la actual.

Los gobiernos anteriores cedían casi siempre, pero al menos controlaban los tiempos e intentaban disimular. Sánchez lo hace abiertamente, al instante, dando las gracias al agresor que acaba de clavarle un dardo impregnado en curare. Mientras los anteriores presidentes acababan agachando la cabeza cada vez que Marruecos lo exigía, Sánchez se baja los pantalones preventivamente antes de que el sultán se lo pida. ¿A qué se debe tamaña sumisión?

La tentación del corto plazo

El elemento decisivo en una pugna en la zona gris es el horizonte temporal que maneja cada parte. Marruecos afronta el conflicto con un horizonte de largo plazo, los gobiernos españoles anteriores con un enfoque de corto plazo y Sánchez improvisa a cortísimo plazo. En una sucesión de agresiones en la zona gris, un defensor cortoplacista tiende a evaluar cada episodio por separado mientras el atacante largoplacista considera la serie completa, logrando así ventaja.

La cesión es una opción muy tentadora para un dirigente político que contempla solamente el horizonte de una legislatura. Enfrentarse a una agresión concreta en la zona gris implica costes inmediatos muy visibles: incremento del gasto militar, tensiones diplomáticas, posibles perjuicios económicos, incertidumbre en los mercados o desgaste electoral y todo por un acto que, aislado del resto, no reviste tanta gravedad. Por el contrario, las nefastas consecuencias de la cesión solo llegan tras procesos acumulativos que se percibirán décadas después, cuando gobiernen otros.

Los gobiernos españoles sucumbieron a esta trampa del corto plazo y, despreocupándose del futuro, iniciaron una serie interminable de concesiones al vecino del Sur. Entre 1977 y 1978, Marruecos construyó el malecón exterior del puerto de Nador sobre aguas territoriales que España consideraba propias por corresponder a Melilla. No consta protesta diplomática alguna. Los documentos estratégicos españoles no señalan a Marruecos entre las amenazas externas, aun cuando nuestro vecino reivindica abiertamente territorios españoles y ha reforzado considerablemente su ejército. España redujo paulatinamente la presencia militar en Ceuta y Melilla, desde unos 20.000 efectivos en 1980 a unos 6.000 soldados en la actualidad a pesar de la creciente amenaza. La lista sería larguísima. Ninguna de las cesiones implicaba un gran peligro por separado, pero la suma de todas ellas deterioró gravemente la posición estratégica española. En una clara táctica del avestruz, el conflicto con Marruecos entró desde el principio en el capítulo de la ocultación y la autocensura; no se debía pensar, hablar o escribir sobre algo que “no existía”. 

Este deterioro estratégico se ha exacerbado y acelerado vertiginosamente con Sánchez, un personaje centrado en la gestión de sus intereses, no ya a corto plazo, sino en el presente más inmediato. Como gobierna a lomos de un equilibrio inestable, se ve obligado a achicar agua constantemente y a observar compulsivamente la intención de voto. Su objetivo no es ya evitar una crisis internacional durante su mandato sino suprimir a toda costa cualquier síntoma de tensión que pudiera desestabilizar su precario gobierno. Por ello ha cedido preventivamente antes de que Marruecos lo exigiera, por ejemplo, reconociendo inesperadamente la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental. Como buen ignorante, creyó que así evitaría agresiones en la zona gris cuando, en realidad, las estaba fomentando. Sánchez ha alcanzado tal extremo de sometimiento, que probablemente ya no puede mover una hoja en Ceuta, mucho menos evitar o resolver una crisis, sin permiso del monarca alauí.

La memoria estratégica

Podría pensarse que las democracias enfocarán siempre su política exterior y de defensa con una visión de corto plazo, pero no así: los países serios mantienen cierta continuidad estratégica porque el Estado no es solo el gobierno. Existen cuerpos de funcionarios de élite estables (servicios de inteligencia, fuerzas armadas, cuerpos de seguridad, servicio exterior), que comparten un conjunto de saberes, valores y criterios. Estas comunidades estratégicas cumplen funciones que un gobierno temporal no puede desempeñar: conservan la experiencia de crisis anteriores, identifican patrones que trascienden una legislatura y mantienen un criterio uniforme en la percepción del entorno internacional.

La continuidad estratégica requiere que estas comunidades funcionariales posean adecuados niveles de calidad, autonomía y principios. Y también influencia suficiente para contrarrestar la inclinación cortoplacista de los gobiernos. Sin embargo, la relevancia de estos grupos no suele depender de leyes o reglamentos escritos; más bien de normas informales, esas reglas no escritas, basadas en hábitos, costumbres institucionales y experiencias repetidas.

Si algo llama la atención de Marruecos es su fuerte coherencia y continuidad estratégica en política exterior y defensa, con una orientación expansionista, que busca la hegemonía regional a largo plazo. Su régimen no es democrático pues los gobiernos electos gestionan solo los asuntos secundarios, el día a día, mientras el rey retiene amplios poderes en defensa, política exterior o seguridad nacional. Pero el monarca delega estas competencias, a través de reglas informales poco conocidas, al denominado “Majzen” u oligarquía permanente que gobierna Marruecos desde la sombra, formada por altos cargos del ejército, seguridad del Estado, servicios secretos y élites económicas, actuando posiblemente el rey como moderador. El Majzen contendría grupos estables especializados en defensa, servicios secretos, orden público y política exterior, con influencia y poder de decisión, que impulsarían esa continuidad estratégica.

En España también existen comunidades funcionariales expertas en seguridad, defensa y relaciones exteriores, vinculadas a los correspondientes ministerios, así como el Departamento de Seguridad Nacional, que constituye un núcleo profesional con cierta estabilidad, capaz de transmitir memoria estratégica al presidente. Sin embargo, el filtrado, la interpretación final, la integración y la traducción política de los informes y recomendaciones parecen corresponder cada vez más a asesores y cargos de confianza del presidente, que gozan de menos permanencia y autonomía de pensamiento pues dependen de un nombramiento o cese discrecional. Los asesores presidenciales tienen, por tanto, fuertes incentivos para enfocarse en el corto plazo. En definitiva, los grupos que retienen el conocimiento y la memoria estratégica habrían ido perdiendo influencia frente a los asesores presidenciales, que determinarían qué información importa, cómo debe interpretarse y, sobre todo, qué respuestas son políticamente convenientes.

“Relaciones de buena vecindad”

Sánchez es el catastrófico remate final de un proceso de deterioro continuado de nuestra posición estratégica. Quizá los gobiernos confiaron en que, con la entrada en la OTAN, en la UE y la caída del Telón de Acero, podrían despreocuparse de la defensa y desentenderse del pensamiento estratégico. Craso error porque nadie vendrá en nuestra ayuda si no somos capaces de defendernos nosotros mismos. De tanto recibir golpes sin apenas devolver alguno, España ha acabado desarrollando una especie de indefensión aprendida colectiva y un sentimiento de profunda cobardía y pasividad, agravado por esas corrientes de “pensamiento” que ponen en duda la propia existencia de España. Un país que no se respeta a sí mismo, difícilmente será respetado por los demás.

En el conflicto con Marruecos hemos preferido vivir durante décadas en la mentira cómoda y el autoengaño, antes que afrontar la hiriente realidad. Los gobiernos repitieron invariablemente la frase “nuestras relaciones de amistad y buena vecindad con el Reino de Marruecos”, una expresión tan falsa como ignominiosa. Porque la buena vecindad exige recta intención de ambas partes, no de una sola. Y porque resulta imposible mantener amistad con un vecino empeñado en arrebatarte parte de tu casa… a no ser que tu intención final sea entregársela.