Miquel Escudero-El Correo
Conocer algo de las obras de Baltasar Gracián y de Salvador Dalí tiene un indudable provecho. Demos sólo unas pinceladas, no pretendamos nada más. El aragonés nació tres siglos antes que el catalán. Ambos escribían y predicaban; el primero era sacerdote y el segundo era un espectacular artista surrealista.
Me voy a fijar en ‘El discreto’, tratado donde Gracián escribió reflexiones en la idea de afinar la seguridad en uno mismo, sin afán de exigirse en exceso y sin afán de dominar. De ahí extraigo estas dos frases: «Siempre los que merecen más hablan de sí menos»; esto es, los mejores huyen de la vanidad. «El que se adelanta a confesar el defecto propio, cierra la boca a los demás; no es desprecio de sí mismo»; el valor de adelantarse a confesar los propios errores y no esconderlos por miedo. Un eje que mejora nuestros actos.
En otro eje vital, Dalí escribió con 24 años que al destacar lo fugaz y confuso, la realidad queda reducida a apariencia. Y ahondaba: con la acción del «más subjetivo de los sentimentalismos», apenas se percibe de la objetividad más que resonancias leves y deformadas. Esto no deja de ser actual, iría bien tomar conciencia de ello. En una conferencia que dio en 1951, arrancó así: «Picasso es español; yo también. Picasso es un genio; yo también (…) Picasso es comunista; yo tampoco», frase que no dejó de divertir al pintor malagueño. Y concluyó su extravagancia: «si en el mundo hubiese nueve millones de Picasso, diez millones de Einstein y doce millones de Dalí, es muy probable que la Tierra fuese inhabitable. Pero estad tranquilos: eso no es posible». Es cierto y, felizmente, sirve para cualquier apellido.