Juan Carlos Viloria-El Correo

  • Una avalancha multitudinaria que vulnera la frontera y ocupa la ciudad no es un hecho migratorio

La xenofobia es una cosa demasiado seria como para servir de coartada política. Lanzar esa acusación como parte del enfrentamiento partidista, como una descalificación del oponente y, sobre todo, como ofensa moral a quien critica determinadas políticas migratorias o comportamientos concretos de personas extranjeras, es juego sucio. En el caso de la crisis de Ceuta, la izquierda y el Gobierno ya han caído en la tentación de utilizar como ariete las acusaciones de racismo, xenofobia o extrema derecha, para intentar liquidar el asunto sin entrar en el fondo del problema. La xenofobia designa el miedo, el rechazo o la hostilidad hacia los extranjeros o los que son percibidos como tales, pero en el caso de Ceuta, donde conviven en armonía desde tiempo inmemorial cristianos y musulmanes, españoles, árabes o judíos, nunca se han dado casos de xenofobia ni racismo. El problema es considerar la ocupación de la ciudad, por la fuerza de una multitud y la gravísima alteración de la vida cotidiana de sus habitantes, como un hecho migratorio. El rechazo a esta situación protagonizada por personas de otro país y o raza, no tiene nada que ver ni con la xenofobia ni con el racismo, porque la hostilidad exhibida cada vez con mayor intensidad por los ciudadanos ceutíes, es una forma de defensa de su espacio vital, tenga la nacionalidad o el color que tenga quien la amenace. Ni siquiera los hechos intolerables de un grupo de exaltados que intentó tomarse la justicia por su mano atacando las chabolas de la playa del Trampolín es un hecho xenófobo. Es un delito común, porque el ataque no se produce porque los ocupantes sean marroquíes o subsaharianos, sino porque tienen un conflicto con ellos y no han esperado a que actúe la fuerza pública para resolverlo.

Ceuta se ha convertido en el ejemplo culminante de la transformación global del fenómeno migratorio que, de un proceso natural, ordenando, económico e integrador, está evolucionando a movimientos de masas transfronterizas que cambian bruscamente la composición social y alteran el equilibrio de países enteros. En Reino Unido, Italia, Turquía, Colombia, Sudáfrica, están sufriendo avalanchas de inmigrantes irregulares por razones políticas, económicas o sociales, generando un clima de hostilidad y hechos violentos que están convirtiendo la migración en el gran problema político de nuestro tiempo. Partidos de ideología socialdemócrata europeos incluyen ya en sus programas electorales posiciones anti-inmigración, no porque se hayan convertido en xenófobos sino porque la inmigración ya es un problema social de primer orden. Así que, los intentos del Gobierno de acusar a la derecha de xenófoba, no deja de ser una coartada para eludir la responsabilidad política de una gestión migratoria no buenista sino catastrófica.