Ignacio Camacho-ABC
- Esta vez, quizá por saturación, el cabreo nacional parece ir en serio. La gente se ha cansado de que le falten al respeto
El problema de Ceuta se está enquistando hasta un punto en que a Sánchez casi le va a venir bien que la Justicia retome los sumarios suspendidos durante el verano, que al fin y al cabo tratan de escándalos con los que ya está literalmente familiarizado. El equipo que dirige de verdad la política gubernamental, esa brigada monclovita de ‘spin doctors’ especializados en la dudosa ética del engaño, carece de solvencia para afrontar una crisis cuya gravedad y complejidad desencajan los marcos convencionales del relato. El argumentario oficial de atribución de culpas ha probado con todos los sospechosos habituales que tenía a mano: las mafias de la inmigración, los fabricantes de bulos digitales, la internacional ultraderechista y los consabidos Trump y Netanyhau, con exquisito cuidado de no apelar al culpable más obvio del asalto. Pero la crudeza de la realidad tuerce el brazo de los turiferarios mediáticos y de esa triste colección de ministros forzados a dar inverosímiles explicaciones de su cadena de fallos. Al final, los ocupantes siguen allí, como en el cuento del dinosaurio, y la resiliencia de los ceutíes se agota en medio de patentes síntomas de un fracaso de Estado.
De todas las excusas divulgadas en las comparecencias parlamentarias y repetidas en las terminales de propaganda, la más estéril es la que acusa a los servicios de información de no haber avisado de la avalancha. Porque tanto si es verdad la versión de Robles, la de Marlaska o la que trata de compatibilizarlas afirmando que la invasión fue advertida pero sin dimensionar su auténtica escala, el mensaje que llega a los ciudadanos es el de que nuestra organización de inteligencia no sirve para nada, incapaz de enterarse de una gigantesca concentración humana al otro lado de una frontera sin suficientes medios de vigilancia. La idea, ya extendida desde el accidente de Adamuz o el caos de la dana, de que España sufre un desastre funcional y una artrosis institucional de consecuencias a menudo trágicas. El retrato de una avería cronificada.
El sanchismo se ha acostumbrado a salir más o menos ileso de situaciones críticas provocadas o agravadas por su incuria o su desistimiento, calamidades o contratiempos que el presidente ha manejado pasando por encima del padecimiento ajeno. Sólo que esta vez, quizá por saturación, el cabreo nacional va muy en serio. La gente se ha cansado de que le falten al respeto. Los señuelos narrativos se estrellan contra la evidencia que todo el mundo ha visto en directo, la de una población española abandonada ante un ataque híbrido procedente de un país extranjero con amplia experiencia en instrumentar los movimientos migratorios a modo de ariete estratégico. La historia enseña que en el último siglo o siglo y medio los conflictos surgidos en Cataluña o en Marruecos se han llevado por delante Gobiernos y hasta regímenes enteros. El de Pedro no sería el primero. Ésta no era la clase de cisne negro que desde hace tiempo parece esperar para salvarse en el último momento.