- La invasión de Ceuta ha despertado a España de 48 años de cómodo sopor aislacionista.
Cuarenta y ocho años de cómodo aislacionismo intelectual nos han sumido en un plácido duermevela opiáceo del que los españoles hemos despertado a bocinazos con la invasión de Ceuta por Marruecos.
Si algo han demostrado las últimas semanas es que los españoles no vivimos en una burbuja desconectada del resto del planeta, aunque el atontamiento ciudadano provocado por el socialismo de todos los partidos nos haya convencido de lo contrario.
También nos han demostrado estas últimas semanas que los españoles tenemos cosas que otros desean.
Que esos «otros» son mucho más violentos de lo que nosotros queríamos creer y al PSOE le convenía que creyéramos.
Y que perder el instinto de supervivencia como una adolescente boba en una fiesta «antirracista» no es progresista, empático o tolerante, sino suicida.
Como en un Good Bye Lenin! castizo, los españoles confiábamos en despertar algún día de nuestra resaca aislacionista en algo parecido a la Suiza de los últimos cincuenta años. En un país que ve las noticias internacionales como las vería un alienígena desde la galaxia Andrómeda: con total indiferencia y la seguridad de que nada de lo que ocurra ahí fuera le afectará jamás en persona.
Pero la realidad es que hemos abierto los ojos en la España post-democrática de 2026. La de Pedro Sánchez y Marruecos.
Ahora toca gestionar la dura realidad.
Ojalá, de hecho, hubiéramos despertado un poco antes del año 2004, cuando terroristas marroquíes (ya ven qué casualidad) volaron por los aires a 192 españoles.
Ahora, en 2026, ya es tarde y todo será mucho más difícil. Ocho años de Zapatero, ocho de Rajoy y ocho de Sánchez no salen gratis. Los españoles hemos perdido veinticuatro años de nuestra vida. Se dice pronto.
Lo cierto es que ese día, el 11 de marzo de 2004, los españoles, tras el brusco despertar provocado por las detonaciones en Atocha, pudimos habernos levantado de la cama y ponernos a construir un país para los próximos cincuenta años.
Pero decidimos desactivar la alarma para poder seguir roncando como chanchos mientras el nuevo Gobierno nos arropaba con la información de que, a partir de ese momento, nuestros aliados no iban a ser Estados Unidos, la UE y las democracias occidentales, sino Venezuela, Marruecos, Palestina, China y otros carniceros medievales por el estilo.
El muerto al hoyo, y el vivo, al ingreso mínimo vital.
Y mientras dormíamos, los boomers se comieron a los jóvenes; la inmigración masiva, a la clase media; los nacionalismos, la paz social; el socialismo, la economía; los españoles, la gallina de los huevos de oro; y el resto es historia.
Un cuarto de siglo tirado a la basura.
Al menos en Nueva York han tardado veinticinco años tras los atentados contra las Torres Gemelas de 2001 en escoger a un alcalde musulmán que cree que su país no existe. Nosotros tardamos sólo setenta y dos horas en escoger a Zapatero.
El resultado de esa pérdida del instinto de supervivencia es septiembre de 2026. Ceuta invadida por 15.000 invasores (el Gobierno dice 5.000), que son los restos de los como mínimo 80.000 (el Gobierno dice 70.000) que irrumpieron en la ciudad pastoreados por policías y agentes secretos marroquíes.
A esto, de toda la vida de Dios, se le había llamado «una declaración de guerra».
Ahora lo llamamos «guerra híbrida», «guerra asimétrica» e incluso «ataque híbrido algorítmico», que es la chatarra dialéctica que se ha inventado Silvia Intxaurrondo en La 1 para echarle la culpa de la invasión a Elon Musk, Vladímir Putin, Benjamin Netanyahu y el Gran Pazuzu de la Ultraderecha Internacional.
Es decir, a todos menos a Mohamed VI.
Por mi parte, creo que nada que contenga el móvil de Sánchez puede ser más grave que lo que ha hecho su Gobierno para evitar que ese contenido salga a la luz.
Pensemos. ¿Qué puede haber hecho Sánchez peor que irse de vacaciones y cruzarse de brazos mientras decenas de miles de ilegales invadían Ceuta a las órdenes de Rabat y convertían la ciudad en un infierno tercermundista?
El artículo 582 del Código Penal español no se inventó, de hecho, para las Mata Hari de las películas, sino para casos como este.
El asunto es que, más allá de la complicidad del PSOE de Pedro Sánchez con Mohamed VI, ya sea por convicción o por chantaje, España sigue aturdida hoy por el eco de la detonación de la información publicada por María Peral en EL ESPAÑOL y que confirma lo que cualquier español con dos neuronas en la cabeza sabía ya desde los días 30 y 31 de julio.
Que Marruecos organizó la invasión de Ceuta con el objetivo de envenenar la ciudad, convertirla en invivible y obligar a los ceutíes a abandonarla en masa.
Que lo haya hecho con delincuentes convictos, agentes del servicio secreto, soldados con neoprenos y, sí, también mujeres y menores, no cambia el hecho esencial: todos ellos son activos enemigos, quieran o no, y deben ser expulsados de inmediato de Ceuta hacia Marruecos.
Frente a esta evidencia, que asoma a España al abismo del «¿y después de expulsarlos qué hacemos con Marruecos?», lo último que necesitamos los españoles es otro deeply concerned de rutina más.
Y entiendo que mirar al abismo de una agresión por parte de una potencia extranjera tiene el peligro de que el abismo te devuelva la mirada. Pero este es el mundo realmente existente, y Marruecos y la invasión de Ceuta no desaparecerán por el hecho de que finjamos que no existen.
Voy a hacer una pregunta incómoda, pero sobre todo retórica.
A la vista de lo que España ha ganado y perdido en su relación con Marruecos en terrenos como el sector agrícola y ganadero, la seguridad ciudadana, el mercado inmobiliario, el sistema educativo, el sistema sanitario, el Estado del bienestar, el sector energético, las pensiones o Ceuta y Melilla, ¿hemos salido ganando o perdiendo?
La pregunta es qui prodest y por qué debería importarnos cuando ahora tenemos las pruebas de que Marruecos ha invadido España porque le daba la gana, porque podía, porque quiere Ceuta y Melilla, y porque el PSOE de Pedro Sánchez se lo ha permitido.