Antonio Rivera-El Correo
Hay ocasiones en que las cosas son lo que parecen. Son momentos difíciles porque el individuo moderno cree en lo perfectible de su existencia y no entiende que el caos o la incapacidad puedan gobernarla, siquiera provisionalmente. Por eso preferimos pensar que aún hay cosas que no sabemos y que explicarían la realidad velada de esta crisis múltiple: humanitaria, migratoria, de gestión, geopolítica, de control del territorio, nacionalista, europea y política, por lo menos y no necesariamente por ese orden de importancia.
Una crisis en verano, cuando todos los medios se disponen en torno a un tema para saciar la cansina curiosidad de una población desquehacerada, con tiempo para atender a lo que ocurre y tomar posición. Un escaparate para demostrar capacidad o incapacidad de respuesta a una situación extraordinaria. Si es lo segundo, la exposición es letal como en ningún otro momento del año.
En esas condiciones, el Gobierno ha reaccionado tarde, mal, contra todos y con razones contradictorias, extrañas y desconcertantes. El presidente exhibe el argumento humanitario para enfrentarlo a una oposición desalmada. Estaría bien si ese hubiera sido el del primer momento, que lo fue el de la integridad territorial; todavía más, si hubiera sido el empeño básico y estuviera resuelto hace semanas lo mollar de la situación. No es así: se alegaron otras causas y se han dispuesto unos medios materiales y humanos que, a la vista de todos, exacerban por lo escaso y lento. Incluso pareció al pronto que se apostaba por una respuesta no humanitaria que resolviera por sí sola el problema.
Ante tamaña incomprensión, algunos prefieren creer que el presidente responde con una mesura y contención propias de un estadista. Si no conociéramos ya su mayor tendencia al oportunismo en política, a la mirada corta de esta, podríamos creer en ello. Incluso, ante la dimensión del problema –ese incómodo vecino–, podríamos suponer que, o bien hay datos que le comprometen, como sugiere la derecha conspiranoica (aquello de las escuchas telefónicas), o bien que, a falta de otra respuesta, recurre a la solución Zapatero para la crisis de 2008: no pronunciar la palabra para no hacerla más gorda, no citar al vecino para no incrementar su amenaza.
Algunos han rescatado el desastre de Annual del baúl de la historia, convoca concentraciones patrióticas la asociación Héroes de Cavite y se hace ubicua la bandera con la cruz de Borgoña sin que sepamos muy bien qué representa, pero intuyendo que nada bueno. Más juiciosos son los que se preguntan si esta, después de las vividas en esta legislatura –dana, amnistía, corruptelas, detenciones, juicios y condenas, joyas ocultas, un expresidente imputado, accidentes y desgastes ferroviarios, gran apagón, incendios de nueva generación…–, será la crisis que definitivamente se llevará por delante al Gobierno.
Es posible. La obscena desnudez estival ha expuesto la disposición gubernamental a no dejarse un charco sin hollar y su descontrol de importantes poderes del Estado. Pero también muestra una adhesión inquebrantable, un pánico desfallecido a lo que le sustituya y una actitud resiliente como si la policrisis fuera cosa de nuestra febril imaginación. ¿Crisis? ¿Qué crisis?