Ignacio Camacho-ABC

  • El inesperado liderazgo moral del líder caballa resalta demasiado la parálisis de un Gobierno en plena quiebra de confianza

Atrapado entre la desesperación, el reproche de la opinión pública y desde ayer la investigación de la Justicia, el sanchismo le está fabricando una diana a Juan Jesús Vivas para tratar de descargar en él los costes de su propia desidia. Que si desestabiliza la crisis, que si bloquea las soluciones, que si es un títere de Feijóo, que si alienta entre los convecinos pulsiones racistas. Perdida la hegemonía del relato desde el mismo día de la irrupción fronteriza, Moncloa apunta ahora sus baterías propagandísticas hacia el dirigente al que la inoperancia gubernamental ha convertido en el héroe civil de la ciudad invadida. Quizá sea por envidia de que un hombrecillo bajito y setentón, de costumbres rutinarias y sorprendido por la popularidad sobrevenida que le ha caído de repente encima, le esté dando una lección de liderazgo, de representatividad y de carisma a cierto bonaparte de pacotilla cuyo síndrome de afectación narcisista le impide mostrar cualquier atisbo de empatía política.

Cuando aún podía salir a la calle sin que lo increparan, hace diez años, Sánchez se limpió instintivamente la mano que acababa de estrechar a un niño negro. (Hubo un estirado primer ministro francés, Balladur, que para evitar ese gesto se compró un sombrero y saludaba con él cuando las campañas le obligaban a visitar mercados o bajar al metro). A Vivas, que circula sin escolta, sus paisanos le parten la espalda a abrazos, le piden selfis, le lloran en el hombro y lo tocan como a un santo milagrero. Lo aclaman sin distinción de razas ni credos porque Ceuta es una comunidad multicultural donde hace mucho tiempo que conviven sin problemas cristianos, musulmanes, judíos, hindúes y ateos. Y casi todos están de acuerdo en que el único remedio de la situación es que los ocupantes sean devueltos, como por cierto prometió el Gobierno. El presidente autonómico –en realidad un alcalde con más competencias– se limita a encarnar la voluntad mayoritaria de su pueblo. Por eso se ha vuelto molesto.

La gente tiene suficiente instinto para apreciar quién da la cara y quién la quita en una circunstancia dramática. Vivas la dio, y sigue dándola, y Sánchez no sólo la quitó sino que huyó de su responsabilidad primordial para largarse de vacaciones a Canarias. La omnipresente combatividad del líder caballa, su actitud de escucha, su impronta cercana, su fortaleza moral y su calma en medio de una atmósfera crispada han generado un fenómeno de compenetración ciudadana que el oficialismo identifica como una amenaza. Con razón porque resalta demasiado la ineficacia y la parálisis de un Ejecutivo en plena sangría de confianza. Y luego está, claro, la defensa de la soberanía, la incómoda reivindicación de la pertenencia a España, la voz de alarma en nombre de una población harta de que el Estado le dé la espalda. Un tipo capaz de mantener la unidad social y la estabilidad institucional proyecta sobre el puesto de mando de la nación una reverberación muy antipática. Hay que apagarla antes de que cunda la alarma.