Agustín Valladolid-Vozpópuli
- Adjudicarse el papel de ‘vanguardia frente al avance de los reaccionarios’, tras el éxito de la extrema derecha en Alemania, es de un cinismo asombroso
Tengo un amigo muy ocurrente. Hace años me dijo que para ser feliz hay que tener a los padres a más de 150 kilómetros, a los suegros a más de 250 y a los hijos, cuando ya han abandonado el nido y amenazan con fabricar descendencia, a más de 600. Yo no he podido seguir su consejo, pero él lo ha llevado a la práctica con todo éxito. Vivía en Madrid y a los progenitores los tenía en Albacete, a los suegros en León y en cuanto se prejubiló, con los 55 años recién cumplidos y el 80% del sueldo, se largó a la provincia de Huelva dejando a la prole en la capital.
También es de una gran ingeniosidad cuando habla de política. Por ejemplo, este lunes me llamó para afearme, en principio con cariño, mis opiniones sobre el Gobierno, y decirme que nunca hemos estado mejor que como ahora estamos; con Pedro Sánchez. Ocurre, dijo, que los jueces se han empeñado en meter en la cárcel a todo el PSOE. Y al pobre Zapatero, que a él sí le abren la caja fuerte, pero a otros no. También me anunció que cuando lleguen la derecha y la extrema derecha nos vamos a enterar de lo que vale un peine, y señaló como ejemplo de lo que viene el resultado de las elecciones recién celebradas en Sajonia-Anhalt.
Su última gracia fue decirme por teléfono, elevando el tono, que los que han criticado con dureza al presidente del Gobierno por sus vacaciones, mientras Ceuta era ocupada por decenas de miles de inesperados “turistas”, son unos sectarios de mierda. Eso dijo, de mierda, añadiendo que Sánchez tiene más derecho que yo a unas vacaciones, momento en el que, en uso de mi derecho de réplica, intenté que se calmara, recibiendo, por toda respuesta, un exabrupto de grueso calibre y que no voy a reproducir aquí.
Sin autocrítica no hay democracia
Obviamente, estaba en presencia de un largamente esperado ajuste de cuentas, en el que mi amigo había decidido aprovechar el momento para soltar toda la bilis acumulada tras dos años leyéndome y sin que en ese tiempo hubiéramos tenido la oportunidad de intercambiar dos palabras. No había manera de meter baza. Hablaba sin apenas respirar, y cada palabra, cada frase, eran más incendiarias. Parecía evidente que se había preparado a conciencia la llamada, y como un poseso recitaba frases de mis columnas que le habían parecido especialmente ofensivas; que ponían de manifiesto un supuesto rencor en el que desde luego no me reconozco.
Mi amigo es muy del PSOE. No lo había dicho; supongo que no hacía falta. Intenté meter baza, razonar, defender mis opiniones, pero no hubo forma. Seguía y seguía. Inasequible al desaliento. Que si golpe de Estado blando, que si traidores, que si linchamiento, que si plan como el que denunció Anson contra Felipe González para acabar con el gobierno de progreso. Puse el altavoz y bajé el volumen. No sé el tiempo que llevaba así, ya sin escuchar apenas lo que decía, cuando a mi interlocutor le sobrevino un violento ataque de tos que terminó segundos después, cuando se cortó, él cortó, la comunicación.
Inmediatamente después me invadió una extraña sensación. Una mezcla de frustración por no haber podido charlar sosegadamente con un veterano compañero, y de pena, al comprobar en mis propias carnes los estragos que provoca el sectarismo en el territorio de las relaciones humanas. Mi antiguo colega no me dio opción. Por eso he decidido dármela yo. Y como estoy seguro de que me va a leer, dejo aquí por escrito, en unos breves párrafos, lo que no pude decirle por teléfono sobre el enorme error que supone excluir la autocrítica del código de conducta en una organización política y buscar sistemáticamente culpables de tus propios errores de gestión en otros ámbitos políticos y sociales.
El mejor aliado de la extrema derecha
Querido viejo amigo:
Pedro Sánchez ha convertido al PSOE en un mecanismo de manutención, una estructura de inspiración soviética a la que, cuando caiga el líder, le espera una larga travesía del desierto.
Lo que los últimos acontecimientos demuestran es la inviabilidad de rescatar al PSOE, a corto y medio plazo, del páramo ideológico y moral al que le ha empujado el sanchismo.
Que aquellos a los que llamas traidores, Robles, Page, Lastra, Borrell, Díez, Martínez, y un etcétera cada vez más largo de alcaldes, concejales y cuadros, son la única esperanza de que el PSOE recupere algún día una transversalidad que abandonó hace tiempo para satisfacer las exclusivas ambiciones de su secretario general.
Que un primer ministro, cuando ocurre un hecho de gravedad extrema, como la invasión de una ciudad española, no solo no tiene derecho al descanso, diga lo que diga el nuevo manual de la corrección política, sino que irse de vacaciones al minuto siguiente de reconocer que se ha producido “una violación de la integridad territorial de España” le desacredita como gobernante.
Y, por último (y aquí me voy a extender un poco más), que después de la victoria de la ultraderecha alemana en las elecciones regionales de Sajonia presentarse ante el mundo como “la vanguardia frente al avance de los reaccionarios”, es de un asombroso cinismo, fundamentalmente porque una parte esencial de la estrategia político-electoral dictada por Sánchez ha consistido en impulsar el crecimiento de la extrema derecha en España para frenar a la derecha democrática.
La confusión inducida entre inmigración ilegal y regularización
A la socialdemocracia española, si tal cosa aún existe, no se la va a llevar por delante Ceuta, que también; se la va a llevar por delante la inmigración, porque la izquierda, por toda solución frente a un problema cada vez más complejo, hace décadas que mira para otro lado; porque las recetas que defiende apenas difieren de las que planteaba en los 90 del siglo pasado, cuando en España los extranjeros censados no llegaban a los 400.000 y hoy ya son más de 7 millones (9,4 millones si contamos los que han nacido fuera de nuestro país pero han adquirido la nacionalidad española).
El fenómeno no es exclusivo de España. Hay incluso que subrayar que el impacto en términos socioculturales es mucho menor aquí que el que afrontan Francia o Alemania. Pero el impacto existe, y lo inconcebible, e injustificable, es que el PSOE no haya sido capaz de contestar y neutralizar con nuevas fórmulas las soluciones de brocha gorda que plantea en toda Europa la extrema derecha.
Lejos de combatir esa brocha gorda, Sánchez la ha estimulado por razones partidistas. Y con su gestión de la crisis ceutí, en este caso sin proponérselo, o eso quiero pensar, ha contribuido a multiplicar las expectativas de los de Abascal. Con su gestión y también con el intento posterior de justificar que Ceuta se convierta, sine die, en una suerte de campo de refugiados, alimentando además el relato equidistante que mete en el mismo saco la inmigración ilegal y la regularización, un tramposo ejercicio que lo que busca es confundir y rebajar la gravedad del problema.
Para finalizar, querido viejo amigo, tengo que decirte que resulta cuando menos sorprendente ver a Sánchez venderse como el gran paladín de los derechos humanos al tiempo que muestra unas obscenas tragaderas con quienes envían a sus hijos a una probable muerte en el mar como parte de un premeditado plan que persigue revocar los derechos históricos de España en Ceuta y Melilla.
Con viejo afecto, a pesar de todo.