Tonia Etxarri-El Correo

Lo de ayer en el Congreso fue un ensayo de campaña electoral. El bucle de Ceuta perseguirá al Gobierno hasta que se imponga el sentido común en la defensa de los ciudadanos que sufrieron un asalto sin precedentes. El desastroso informe PISA sobre el nivel de nuestros estudiantes destapó algunas vergüenzas en el hemiciclo. La contrariedad gubernamental ante la suspensión temporal de las inscripciones en el censo electoral de CERA fue patente. Demasiados elefantes en la habitación. El agobio que sintió Pedro Sánchez sería compensado, después, con la entrevista en TVE, en la que citó once veces a la «derecha», otras trece a la «ultraderecha» y en nueve ocasiones sacó a colación el calificativo de «ultraderechista» para acabar con la «ultraderechización». Ese último término, eso sí, lo utilizó tan solo una vez. Las cosas como son.

Ironías aparte, la sesión de control parlamentario se convirtió en un duelo preventivo de la pelea a cara de perro que vamos a ver en los próximos meses, en cuanto Pedro Sánchez se decida a convocar elecciones. Pero Ceuta sigue siendo la pesadilla para un Gobierno que, aparte de crear estructuras mayores de acogida para reubicar a más inmigrantes ilegales, no parece tener intención de frenar futuras oleadas. Si mañana entraran 80.000 personas en Ceuta, ¿qué haría el presidente del Gobierno? La pregunta se la formuló Feijóo en el hemiciclo. Silencio administrativo por parte de Sánchez sobre ese hipotético escenario. Los nervios afloraban tanto en el banco azul que el ministro Marlaska, que se dedica a meternos a los periodistas en una lista chapucera de señalamiento ideológico propia de los regímenes totalitarios, cayó tan bajo que recriminó a Feijóo que no hubiera informado al presidente del Gobierno sobre la crisis que se le venía encima a Ceuta. Un despropósito. La desclasificación de los cuarenta documentos ha revelado que el CNI alertó de la posible invasión masiva en Ceuta. Cumplió con su deber. Por lo tanto, Margarita Robles tenía razón. El resto del Gobierno, no.

Si Sánchez, que ayer en TVE, todavía insinuaba que el CNI no había estado a la altura, sigue sin saber qué haría ante una futura avalancha, es muy probable que una provocación similar de Marruecos vuelva a ocurrir y el voto en defensa propia se irá desplazando hacia opciones más radicales. Después de Ceuta, ya nada será igual.

A Feijóo se le nota cada vez más su ansiedad electoral. Y Sánchez no disimula su intención de no soltar el poder porque su respeto a la alternancia política es algo confuso. Cuando dice que «volveremos a ganar» (perdió las elecciones de 2023), se refiere a los pactos con la izquierda comunista y los nacionalistas. Pero aún así, los números no salen. Se lo tuvo que recordar ayer el propio Rufián.

Quizá por eso tiene todas sus esperanzas puestas en el crecimiento del empadronamiento electoral del CERA gracias a la ‘ley de nietos’. De momento, el Tribunal Supremo le ha dado un varapalo con la suspensión cautelar que impide que puedan votar más de 2,3 millones de descendientes de españoles exiliados que habían solicitado su empadronamiento para poder votar sin acreditar su condición. Hay que hacer las cosas bien en democracia, con todos los controles necesarios. Sin un censo fiable, no habría elecciones limpias.