Ignacio Camacho-ABC

  • El Gobierno ha perdido en Ceuta el crédito y la iniciativa. Ni la corrupción ni la amnistía han arruinado tanto el liderazgo sanchista

Ceuta ha acabado con la leyenda de invulnerabilidad de Pedro. La forma en que logró esquivar dos caídas cantadas –una en el partido y otra en el Gobierno– le había granjeado un aura de dirigente imbatible capaz de salir incólume de las crisis como uno de esos muñecos tentetiesos. También era falsa, como todo lo que tiene que ver con este político acostumbrado a mentir como método. La serie de errores cometidos por él mismo y por sus colaboradores desde el primer momento de la invasión ha puesto de manifiesto una absoluta desorientación de criterio tanto para aportar soluciones como para manejar los tiempos. Incluso su habilidad más reputada, la de la creación de relatos, está resultando un fracaso completo porque los informes de las fuerzas de seguridad desmontan sus versiones y destruyen su ya deteriorado crédito; ni siquiera durante la pandemia se le vio tan desbordado, tan por detrás de los acontecimientos, tan falto de reflejos. Tan impotente como en su empeño de excusar las responsabilidades de Marruecos.

La decisión de mantener a toda costa sus vacaciones, además de una insólita exhibición de ausencia de empatía, le arrebató cualquier opción de recuperar la iniciativa. A partir de esa letal minusvaloración del problema, que dejó a sus ministros a merced de las circunstancias, huérfanos de dirección, y a los ceutíes en situación crítica, el Ejecutivo entero quedó condenado a arrastrarse cuesta arriba. El escándalo nacional de un mes sin reacción era imposible de remontar con semana y media de tardía contraofensiva propagandística; toda España vio cómo las autoridades del Estado se desentendían del drama de una ciudad abandonada, indefensa ante la avalancha que se le había venido encima. Pero quedaba lo peor: la evidencia de los avisos desoídos de la ocupación y la patética serie de consignas elaboradas a toda prisa en el desesperado intento de negar lo que los propios documentos gubernamentales exponían. Ni la corrupción ni la amnistía han causado tanto daño en la línea de flotación del buque sanchista.

Esto no significa que el presidente esté ya electoralmente liquidado. El voto ideológico o biográfico le mantiene sobre un suelo de respaldo razonablemente alto, más allá de los seis millones de sufragios, y los meses que le queden a la legislatura aún pueden permitirle recuperar algunos de los escaños virtualmente perdidos en este funesto verano. La oposición se equivocará si da el vuelco por descontado y sobre todo si se limita a esperar que sea el adversario el que le deje el poder en las manos: va a haber coletazos de resistencia agónica en los últimos estertores del mandato. Pero lo que marca el probable punto de no retorno no es sólo el impacto del asalto sino la sensación generalizada de pérdida de liderazgo. El personaje que siempre sorteaba los desafíos más delicados, el mago de los trucos inverosímiles, el infalible Puto Amo, es ahora el retrato de un hombre agarrotado, un náufrago enfrentándose a las olas a manotazos. Y huele a descalabro.