Antonio R. Naranjo-El Debate
  • O es un cretino desalmado y traidor o diseña una jugada maestra y abyecta que necesita primero un deterioro nacional extremo

A estas alturas, casi mes y medio después de la invasión y con Ceuta convertida en la distópica ciudad descrita por Paul Auster en «El país de las últimas cosas» y los ceutíes en el papel de la desolada Anna Blume, no es sencillo saber por qué exactamente el presidente del Gobierno mira para otro lado o desmiente lo que todo el mundo, con sus propios ojos, está viendo en directo: una masa ingente de asaltantes dispuesta a quedarse en casa ajena y, también, a echar de ella a sus inquilinos legítimos.

Todo ello trufado con una violencia cada vez mayor, con un acoso real a los vecinos, con una quiebra incipiente de la convivencia entre ellos y con el riesgo evidente de que, por simple supervivencia, la autodefensa se imponga ante el abandono del Estado: no le puedes pedir al okupado que sea eternamente paciente con el okupa.

¿Y por qué no hace nada Sánchez? ¿Qué le lleva realmente a pensar que, con ese caos tan visible y la posibilidad cierta de empezar a ver muertos, lo mejor que puede hacer es grabarse vídeos con propuestas de discos que no ha escuchado y libros que no ha leído?

La mejor versión, que es la que cuentan los analistas de cabecera de Mohamed VI en la prensa marroquí, es que está de verdad convencido de que el asalto desbordó a ambas partes, carecía del impulso de Rabat y ha provocado un asalto imposible de revertir con rapidez sin saltarse las leyes vigentes. Pero hasta si fuera eso, que solo un incauto puede creer, algo falla en el relato: un empeño didáctico personal y sostenido de él mismo por explicarlo, por ponerse en el lugar de la ciudadanía y calmar sus dudas y su ira, por mostrarles un camino más lento pero seguro y, mientras, reforzar Ceuta y desplegar en ella al Ejército, a la Policía y a la Guardia Civil como nunca en décadas en casi cualquier rincón de España.

La negación de la realidad desecha que a Sánchez le mueva eso y avala otras teorías, aunque ninguna es sencilla. ¿Quiere acaso que Ceuta se convierta en su laboratorio de los peligros de los extremismos para, aunque sea sacrificándola, tener relato en el resto de España? ¿Sabe lo que hay que hacer pero no puede hacerlo porque Marruecos le tiene cogido con el contenido de su teléfono móvil espiado con Pegasus? ¿Simplemente cree que la ciudad, y su prima Melilla, son vestigios coloniales y que Rabat tiene derecho a quedárselas algún día a no mucho tardar? ¿O quizá prefiere que Ceuta ocupe el debate público en lugar de Zapatero, Begoña, Plus Ultra, la financiación del PSOE o la cloaca de Ferraz?

Sea cual sea la motivación de Sánchez, el resultado es el mismo: alguien con el poder para actuar ha optado por no hacerlo, abandonando a su suerte a casi 90.000 personas asustadas, acorraladas, expuestas a peligros objetivos y con la asfixiante sensación de que lo peor está por venir: allí nacen escuchando en casa que les quieren expulsar de su tierra y ese presagio se está ejecutando en tiempo real sin que el responsable de evitarlo haga nada más que favorecerlo con excusas peregrinas y ataques incesantes a quienes en teoría están para ayudarle, sea el CNI, la Policía Nacional o la propia Corona.

Sánchez se está comportando como un traidor sin que, por una vez en su larga trayectoria de traiciones, se perciba el beneficio personal que sí le dieron la amnistía, la liberación de etarras o la condonación de la deuda catalana, por citar solo algunas de las tropelías a cambio de las cuales es presidente. En ésta no se ve rédito aparente y, sin embargo, la mantiene. ¿Quizá porque para conocer su plan primero hay que permitir un deterioro sin precedentes e instalarlo en toda España? ¿Veremos pronto la razón y nos llevaremos las manos a la cabeza como nunca?

No parece probable que Sánchez no tenga un plan, por infame que sea. Y si lo tiene, será el peor imaginable, el definitivo para librarse de todos sus problemas con una jugada maestra y abyecta. La otra opción es que, además de un cretino con ínfulas, sea una mala persona y un traidor con todas las letras.