Juan Francisco Ferré-El Correo
- La estrategia electoral de Sánchez prima en la pésima gestión de la invasión de Ceuta y sus secuelas
El episodio nacional de la invasión de Ceuta, un mes y medio después, es una herida en el territorio por la que se desangra España y el proyecto político de quien la gobierna con mano débil y artera. Sánchez cree que su futuro electoral depende de que persista o empeore la situación ceutí. Por un lado, porque piensa explotar las reacciones extremas en su beneficio, a cualquier coste, favoreciendo el crecimiento de la ultraderecha y el descrédito de su rival en la oposición, el partido de la tibieza aparente. Por otro, porque el resentimiento generado por su asentimiento total a las exigencias del socio fronterizo también le ayuda a vender su pésima gestión como humanitaria y progresista.
Lo que el maquiavélico estratega no ha calculado, sin embargo, es el daño reputacional que esta crisis ceutí le está causando. Ante una opinión pública enconada, es difícil defender una actitud tan ambigua como la del Dr. Sánchez que no sea comparable con la de un supervillano peliculero de la Marvel o la saga Bond. En su mano estuvo actuar con contundencia desde el principio, y no lo hizo porque no le dio la gana. Y no lo hará ahora, cuando la situación está enquistada y cualquier error de su parte podría condenarlo ante los votantes que penalizan el maltrato migratorio, y cualquier error del otro bando podría disparar su burda maquinaria de propaganda.
La posición de Sánchez ha sido permisiva, condicionada por sus confusos intereses. La discusión sobre si Marruecos estuvo o no implicado es tan espuria como la desinformación en torno al CNI. Sánchez podía saber o no lo que se preparaba, lo que no sabía era cómo actuar. Permitió que la invasión tuviera lugar, extrajo consecuencias contradictorias y solo ha replicado con gestos mediáticos. No ha tenido en cuenta el impacto en la conciencia ciudadana de lo que supone para el presente y el futuro nacionales.
La promiscuidad explosiva entre invasores e invadidos es sostenida por Sánchez como un laboratorio experimental del que sacar partido, nunca mejor dicho, con el único fin de conseguir que se exalten los ánimos nacionalistas del adversario electoral. Sánchez no ha previsto que en toda Europa están tomando nota de sus políticas perversas para refutarlas punto por punto. Gobernar con y para minorías es una estrategia aberrante que conduce a la incompetencia sistémica. Castigar a la mayoría acusándola de vicios ideológicos como el fascismo o el racismo es una táctica absurda. Y lo pagará caro en las urnas. Ya queda menos.