Ignacia De Pano-Vozpópuli
- La procesión de las vísperas de la Diada refleja la división visceral y violenta en el separatismo catalán
La zona cero del delirio mitológico independentista es de dimensiones modestas. Una plazuela situada en el lateral de la Basílica de Santa María del Mar de 38 metros de longitud por 25 de anchura, lo que da una superficie simbólica de 950 metros cuadrados, menor que la de algunas opulentas residencias particulares de líderes del movimiento secesionista. Según los Historiadores del separatismo, bajo las piedras de la plaza, más bien feota, en la que se nota la mano de arquitectos municipales hipermotivados de esos que cubrieron España de plazas duras, se encuentran enterrados los héroes de 1714.
Lástima que, como en todos los cuentos de hadas, o de brujas en este caso, la realidad desmienta la ficción. Como explica el historiador Óscar Uceda, presidente de la magnífica asociación Historiadors de Catalunya, que dedica sus esfuerzos a la hercúlea tarea de rescatar la verdadera Historia catalana de las manos de los fabuladores, en su libro Cataluña, la Historia que no fue, el mito del enterramiento proviene de unos versos contenidos en el poema El fossar de les moreres, con el que el poeta Frederic Soler, más conocido con el pseudónimo Serafí Pitarra, ganó los juegos florales de 1882. Los versos decían así: “En la fosa de las moreras no se entierra a ningún traidor/ Hasta perdiendo las banderas será la urna del honor”.
Un osario nada militar
¡Para que queremos más! La imaginación de un poeta ganador de juegos florales fue suficiente para edificar sobre ella toda la mitología imprescindible para el nacimiento del delirio. Y hasta tal punto resultó exitosa la operación que los propios miembros de la secta acabaron creyéndosela a pies juntillas y olvidando la máxima necesaria para su supervivencia. Esto es, dejar el cementerio tranquilo y no buscar pruebas en la vida real de lo que nació de la pluma de un poeta en busca de premio.
Y es que son varias las excavaciones que se han efectuado en ese espacio pequeño sin encontrar más que enterramientos tardo romanos y osarios vinculados a la Basílica vecina. Frustrados en sus esperanzas, pagaron hace unos años a una arqueóloga, Daría Calpena, para que dijera que había encontrado la fosa militar. Lo que encontró en realidad fue el osario de un par de docenas de personas de todas las edades y de los dos sexos datados entre los siglos XV y XVIII. Nada de fosa militar.
Una absurda pantomima
Pero quien lee informes de arqueólogos o a quien le importan las excavaciones científicas. La fuerza del mito es muy superior a la de los hechos cuando ese mito se ha construido cuidadosamente para dar cobertura a un proyecto mitad político, mitad religioso, y así, bajo un ridículo pebetero dedicado “al soldado desconocido de la fosa desconocida”, por usar las certeras palabras del historiador Óscar Uceda, se produce cada año en la víspera de la Diada una ceremonia conmemorativa de homenaje y ofrenda floral a los soldados muertos en el asedio borbónico de 1714 y presuntamente enterrados allí, si creemos lo que nos cuenta el poeta ganador de los juegos florales de 1882.
Esta ceremonia, quizás porque los cerebros se resienten inconscientemente de la participación en una pantomima, ha ido derivando en un enfrentamiento tradicional entre los separatistas de izquierdas y los de derechas, que este año ha alcanzado proporciones nunca antes vistas.
La Alianza Catalana de Silvia Orriols se hizo con el monopolio del parque de atracciones separata para un acto político la tarde del 10 de septiembre, pero fue contraprogramada por animadísimos cachorros de la CUP que decidieron que la batalla final contra el fascismo de las huestes de la alcaldesa de Ripoll iba a tener lugar esa misma tarde, a la vista de los guiris sentados en las terrazas del Paseo del Borne. Los mossos, que cuando quieren son de una efectividad digna de Mel Gibson en Arma letal, sacaron las porras a pasear y además de los muchos cuperos que volvieron a casa de los papás calentitos, practicaron cuatro detenciones.
Los sufridos barceloneses constitucionalistas presenciaron la batalla con cierto regocijo asustado, imaginando lo que hubieran pensado sus yos de hace diez años si en lo peor de las algaradas del Procés se les hubiera informado de lo que iban a ver en el futuro. La comedia, como dijo Woody Allen, no es más que tragedia más tiempo.
Enfrentamiento fratricida
La batalla entre los cuperos y los de Alianza, que se distinguían en el frente por llevar unos gorritos de color azul celeste muy cucos, no necesitó, ni tuvo, muchos participantes. Recuerden que las modestísimas dimensiones del espacio sagrado no dan mucho de sí. Pero esa es otra de sus ventajas, que con cualquier tiro de cámara parece siempre llena y queda de lo más aparente en TV3. Al día siguiente se hablaba más del enfrentamiento fratricida que de las marchas de antorchas nocturnas en las que abuelos de pantalón pirata, bolso cruzado y mirada decidida trataban de intimidar, sin conseguirlo, a los ciudadanos con la cabeza en su sitio de Cataluña, que aunque no lo parezca, siguen siendo mayoría.
Ni siquiera la manifestación propiamente dicha consiguió romper la burbuja independentista. fueron pocos, poquísimos si los comparamos con las manifestaciones de los años álgidos del procés, y siempre menos que los que salieron a celebrar la victoria de España sobre Argentina en la Copa del Mundo. Citando a Cervantes, que conoció esta ciudad cuando era “archivo de cortesía”, miraron al soslayo, se fueron, y no hubo nada.
Madrid, en el futuro
El mismo fin de semana, en otra galaxia muy lejana a tres horas de tren, se celebró el primer Gran Premio de Fórmula 1 de Madrid. Nada de conmemorar derrotas ni de inventarse cementerios, nada de mirar siempre hacia atrás, de tratar de amedrentar al contrario, de hundirse cada vez más en el fango del mito, la tribu y el victimismo. Madrid celebró su futuro con alegría y con ello escribió una página brillante, esta vez verdadera, de su propia Historia. Bien por ellos. Lo celebro con los madrileños y lo envidio como barcelonesa.