Ignacio Camacho-ABC

  • Del número de diputados que en una coalición tenga el socio mayoritario depende nada menos que la autonomía del liderazgo

Si el inenarrable Tezanos, maestro de sociólogos, luz de la demoscopia, le resta dos puntos de intención de voto a Sánchez por la crisis de Ceuta –por supuesto manteniendo la marcha triunfal socialista– es que al Gobierno se le han puesto las cosas muy feas. Al menos hoy por hoy; ya se verá cuando las elecciones estén cerca. El consultor César Calderón, que tiene medio centenar de campañas a cuestas, detecta dos millones de abstencionistas entre los anteriores votantes de la izquierda. Una parte de ellos puede volver convocada al conjuro de la cruzada contra la ultraderecha, pero si la mitad o incluso menos se queda en casa como signo silencioso de protesta será muy difícil que Pedro pueda reeditar la alianza heterogénea que le permitió conservar la presidencia. Cuestión distinta es que al final la distancia entre bloques sea tan amplia como reflejan ahora las encuestas. La impresión actual apunta a que el sanchismo ya no tiene otro proyecto que el de reducir las diferencias y hacer lo posible para que Vox crezca con el objetivo de debilitar al PP en la futura correlación de fuerzas.

Esto último factor es relevante aunque Feijóo parezca olvidarlo. No tanto porque haya enterrado el compromiso de gobernar en solitario, que formuló ante el congreso de su partido el año pasado, como porque se le ve resignado a mantener su número de escaños con leves variantes arriba o abajo. Aznar se ha hartado de advertir la importancia de los diputados que en una coalición de poder tenga el grupo mayoritario; entre una proporción de 150/30 y otra de 130/50 (o 60) media nada menos que la autonomía del liderazgo. Es decir, la capacidad del presidente para marcar la agenda sin depender de su aliado. El visible conformismo del candidato popular lo aboca a esperar cruzado de brazos que la formación de Abascal aporte la masa crítica imprescindible para subcontratarle el cambio. Y por consiguiente, a asumir un marco y un programa ajeno a los valores clásicos de una derecha de rasgos liberales y democristianos.

La suya es una actitud realista pero muy poco motivadora, en el sentido de que envía a sus sectores de apoyo el mensaje de que uno y otro partido son a fin de cuentas lo mismo. Suficiente para que una buena porción del electorado conservador, la que vive en un estado de impaciente fobia antisanchista, se decante sin recelo por el discurso más agresivo. La renuncia a la transversalidad condena al sufragio moderado a un espacio cada vez más reducido, ahuyenta a los eventuales desertores del bando adversario y consolida la apuesta de Moncloa por el frentismo. La estrategia del PP se ha acomodado en su condición de favorito, olvidando que los votos no pertenecen a nadie hasta que son emitidos, y que por tanto hay que disputarlos –como hace Vox– para poder negociar después en posición de ventaja el reparto del Ejecutivo. La política exige a menudo adaptarse a las circunstancias en un ejercicio de pragmatismo, pero sin abdicar, y menos de antemano, de la defensa de ciertos principios.