Ignacio Marco-Gardoqui-El Correo
- En los últimos años ha sido barato pedir créditos para invertir o comprar productos duraderos, mientras se recibían remuneraciones escasas por los ahorros
El nivel de los tipos de interés es una cuestión bastante peliaguda, un motivo de preocupación constante de los economistas y de terror para los políticos. Por muchas razones. Por las consecuencias que provoca y por las amenazas que suscita.
El tipo de interés es el precio que se cobra, si se es prestamista, o se paga, si se es prestatario, por el alquiler del dinero. Venimos de una larga época de tipos bajos. Es decir, estos últimos años ha sido relativamente barato pedir créditos para invertir o para comprar productos de consumo duradero, mientras que se han obtenido remuneraciones más bien escasas por los ahorros acumulados.
Con independencia de la posición que pueda tener cada uno, siempre se ha dicho, porque es verdad, que los tipos bajos son la mejor noticia para cualquier economía. Incentivan y facilitan la asunción de riegos, animan las inversiones y desaniman a las posiciones conservadoras que abominan del riesgo.
Ahora las cosas cambian y lo hacen a velocidad creciente. Los precios, empujados por los combustibles y fruto de la inestabilidad geopolítica mundial, amenazan con una ola de fuerte inflación y eso tensiona a los tipos, sobre todo a los de largo plazo. La inflación en los Estados Unidos va por el 4% y en la Unión Europea solo un poco menos, por el 3,75%. Pero esto no ha hecho más que empezar y se temen los efectos de segunda ola, que se producirán cuando las subidas del transporte y el de los fletes -que se distribuyen como el riego sanguíneo por toda la economía- se ceben con los precios.
Los principales bancos centrales, mientras, están muy preocupados con el asunto. No serán las ultimas cotas del precio del dinero, pues todavía quedan ganas -probablemente también necesidad- de volver subir los tipos en los próximos meses.
La posición del flamante y nuevo gobernador de la Fed, Kevin Warsh, tiene especial mérito, pues aparte de luchar contra las presiones del mercado, e incluso contra sus propios deseos, ha tenido que pelear contra las poco sutiles indicaciones del presidente Donald Trump, quien insiste en la oportunidad y la conveniencia de mantener los tipos por los suelos. Se ha comprometido a ello y tiene, en el próximo futuro, unas elecciones cruciales a las que no quiere acudir con sombras y recelos en su política económica.
El impacto de las subidas sobre los presupuestos públicos es cada día más pesado en todo el mundo, porque se aplica sobre importes hipopotámicos de deuda. Llevamos años cargándole al déficit el coste de todas las desgracias, e incluso el de todas las alegrías. El movimiento es muy general, pero piensen un rato en España. Si hay que pagar subvenciones, ayudas, déficits de sanidad, educación, etc. o si se necesita apagar fuegos, paliar los efectos de inundaciones, mitigar el de las pandemias, compensar las consecuencias de las invasiones migratorias…
Todo se carga sobre el déficit, es decir se pagan con un dinero que no tenemos. El proceso es milagroso. Emitimos deuda y, de pronto, ¡aparece el dinero! En todo el mundo occidental nos hemos convertido en yonkis de la deuda, esa que con disimulo pagamos cada año por la vía aparentemente indolora de los intereses que devengamos, y que cada año merman de manera silente nuestra capacidad presupuestaria. Así, hasta terminar algún día por asfixiarla.
Algunos, como Pablo Iglesias, creían que podíamos no pagarla. Otros, como el candidato de la ultra izquierda en las próximas elecciones en Francia, Jean-Luc Mélenchon, que es un hombre más sutil, propone dejar de pagar solo la emitida por el propio Banco de Francia. La propuesta es milagrosa: nosotros la emitimos, nosotros la impagamos. Pero, aparte del propio Estado francés, ¿alguien la comprará sabiendo que no se va a pagar y qué efectos tendrá sobre la inflación?
La Autoridad Fiscal (AIReF), en cambio, no cree en eso y amenaza ahora con que «si no se toman medidas pronto, habrá ajuste en el futuro». A Zapatero ya se lo advirtieron y no escuchó. Así nos fue. ¿Qué hará ahora Sánchez, cuyo oído es una tapia (o quizás sea un muro, otro)?