Manuel Marín-Vozpópuli

  • A quién de La Moncloa se le ocurre mandar a Bonares un bus de militantes para Sánchez con medio centenar de marionetas histéricas y un bocadillo de mortadela con cerveza caliente. Y, todo, para gritar ¡ohhh, Pedro! como si fuese Ferrán

Nos dicen que no, pero en el PSOE y en el Gobierno se ha instalado una atmósfera de paranoia colectiva, una percepción de fin de ciclo irreversible. La revelación que hoy hace Vozpópuli sobre las deserciones de altísimos funcionarios en el Ministerio de Óscar Puente es más que sintomática. Huidas de interventores para no contaminar más sus carreras, funcionarios que se lo piensan dos veces antes de firmar papeles, rebelión interna, en definitiva. Y descomposición. Mucho sumiso y mandamás en busca de calorcito de gobierno empieza a saltar del barco que irremisiblemente se hunde. El césar augusto cada vez confiesa su fingida resiliencia a un menor número de confidentes de su núcleo duro, que se descompone por días porque nunca lo hizo, pero ahora ya no se fía absolutamente de nadie. En cada ministro ve un traidor. Debe ser frustrante pensar en quién será el siguiente en desmarcarse, en tratar de salvar algo de su futuro profesional fuera de la política, en buscar refugio donde sea posible.

Ver al Pedro Sánchez más impostado de la legislatura ya produce eczemas hasta en los diputados aplaudidores más fervientes. Pero se les nota desfondados. El sanchismo huele como Ceuta. A degradación por horas, a putrefacción sistémica. ¡Cómo pudo pensar un día que una invasión masiva, así lo ha definido la Unión Europea esta semana, iba a ser comprendida por el resto de España, por Europa o por el propio PSOE pese a su inclinado arrodillamiento ante el líder supremo! ¡Cómo pudo creer que sacar a 80.000 invasores marroquíes debidamente organizados iba a ser cosa de dos días, que se iba a sacudir las palmas de las manos y a otra cosa! ¿Otra crisis resuelta por la fábrica sanchista en dos días? Un visionario Puente, sí.

La legislatura ya acumula demasiados puntos de inflexión, y Sánchez no termina de disolver las Cortes de pura obsesión enfermiza por asirse al poder. La enternecedora carta de amor a Begoña Gómez y aquel “merece la pena continuar” fue el primero. Salió mal, y ahí está la mujer, en un banquillo de los acusados por corrupción pendiente de un jurado. Mal día eligió la izquierda en 1995 para ensalzar aquello de que la justicia emana del pueblo y por tanto el pueblo dicta el veredicto. El segundo punto de inflexión fue Paiporta. Salió peor, y hoy Sánchez no puede pisar la calle. El tercero, Ceuta. Y ciudadanos sin rubor, a izquierda y derecha del espectro ideológico, lo han llamado “perro” y “traidor”. Sin filtros, en directo, en voz alta, indignados, sin importarles las consecuencias. Llamar traidor a un presidente del Gobierno es verdaderamente grave. Pero el sentimiento es creciente y ocultarlo bajo la alfombra de un relato que no se sostiene, y que además apunta a ser penalmente relevante, no tiene sentido político ni estratégico alguno. El problema es que Sánchez ya se equivoca demasiadas veces y su partido lo sabe.

Pero estos días ha surgido un cuarto punto de inflexión… Con Sánchez nunca se acaban los puntos de inflexión y ese es el drama de España. A qué lumbreras de la táctica política se le ocurre llevar a Sánchez a un pueblo tranquilo del interior onubense como Bonares, sacudido este verano por el fuego, y fletar un autobús de ‘ultrasures’ socialistas que ni siquiera sabían dónde está Bonares. Y todo para que le aclamasen, «¡Pedro, Pedro, el mejor presidente de España!”, le gritaban. Y lo achuchaban. Y querían tocarle. Y el césar se dignó por aclamación popular a apartar a sus escoltas, acercarse a la gleba con sus brazos abiertos, y juntar sus benditas manos de emperador con las del pueblo. ¡Oh, Pedro! No hay otro “oooh” así desde lo de Ferrán Torres. No sé. Antes el PSOE era más sutil en sus zanganadas. Pero ahora se trata de maquillar aún más, muy a la desesperada, el rictus del fracaso. Ni las televisiones del régimen han emitido esas imágenes, supongo que de puro pudor. Sánchez, convertido en un émulo de Putin, de Xi Jinping, o de Kim Jong-un. Pero sin un apabullante desfile militar a su mayor gloria, sino con medio centenar de marionetas histéricas camino de Bonares con carné de partido en la frente, un bocadillo de mortadela con aceitunas y una lata de cerveza caliente. Todo por Pedro. Bonares como antídoto de Paiporta. Pero ¿a quién se le ocurre? Algo tenía que aportar María Jesús Montero, ahí perdida en Andalucía, sin foco, Chiqui, como dando saltitos con el dedo índice en lo alto, y diciendo ¡”estoy aquí, estoy aquí!”.

Si Sánchez necesita simular que puede pasear tranquilo por cualquier pueblo de España y que le aclamen en modo caudillo, mala cosa. Que Sánchez se compre un autobús de actores para ser vitoreado precisamente en Huelva, donde se negó a acudir para asistir al funeral por los muertos de Adamuz, demuestra que ya nadie en La Moncloa piensa con claridad. Ahora, fallido el teatro solo queda alimentar la gran confabulación judeo-masónica para derrocarlo. Si Santiago Abascal o José María Aznar, partidos distintos pero una lógica común en el análisis neurológico del sanchismo, han dicho estos días exactamente lo mismo en cuestión de horas es porque a Sánchez ya le conocemos lo suficiente. Es capaz de cualquier cosa, bien para mutilar las elecciones generales, pervertirlas y manipularlas, bien para evitar convocarlas y retrasarlas todo lo posible.

Presentaron la ‘ley de nietos’ como una conquista de derechos históricos cuando en realidad es una manipulación obscena del censo electoral que, es de suponer, el Tribunal Supremo frenará definitivamente en seco. A Sánchez le resta el último servicio del Tribunal Constitucional de Conde-Pumpido, ese lobista de la suciedad jurídica que ha pretendido dejar su impronta mercenaria en la Junta Electoral Central con presiones inconfesables. Por eso nada está decidido ni el césar ha dejado de gobernar. A un Estado de derecho le conviene mantener alta la guardia porque el sanchismo no entiende demasiado de democracia. Después de la carta de amor, de Paiporta, de Ceuta y de Bonares, me pregunto cuál será el próximo punto de inflexión.