Carlos Martínez Gorriarán-The Objective
- Su plan consiste en que aprender sea una especie de videojuego sin fin que enganche a los niños
Elon Musk es el hombre más rico del mundo gracias a sus exitosas inversiones en tecnología visionaria. Por eso es justamente admirado por cientos de millones de personas, y sobre esa ola de admiración quiere ascender a reformador de la humanidad, es decir, a predicador utópico. Porque el dinero no es todo; como decía el superinteligente y algo siniestro Alexander Kojève, lograr el máximo reconocimiento es el verdadero móvil de los poderosos. A tal fin, Musk se ha propuesto la reforma radical de la educación, clave de todas las utopías. Y, como es usual en el narcisista gremio de los pensadores utópicos, basándose en su propia vida y opiniones.
Tecnología nueva para ideas viejas
Con tanto educador visionario, incluso a Musk le cuesta concebir algo nuevo. Por supuesto, concede el protagonismo a la tecnología y a la gamificación, el fin de la diferencia entre jugar y aprender. El problema es que esto es muy viejo y ya ha fracasado en Occidente, según revelan las evaluaciones PISA. Ahora se acusa al excesivo entusiasmo tecnológico del estrepitoso retroceso de los conocimientos básicos, en concreto de lectoescritura y cálculo.
Los escolares aprenden por su cuenta, y muy bien, a manejar instrumentos digitales, pero aumentan los que leen y escriben fatal, no saben hacer cálculos sencillos ni entienden los problemas, y tienen serias dificultades de atención y abstracción. ¿Por qué?: porque no se les enseña. Si todo está en internet (aunque también está en los libros), ¿qué sentido tiene aprender a resolver raíces cuadradas?, según la inolvidable sentencia de Ángeles Rodrígez Pam, secretaria de Estado de Igualdad. La paradoja: Musk no es comunista, pero coincide con Pam.
Un equívoco radical
Con esa idea fija, Musk ha entrado en la merecida crítica a la decadencia de la universidad: “No necesitas la universidad para aprender. Todo está disponible básicamente gratis. Puedes aprender cualquier cosa que quieras gratis. No se trata de aprender”, insiste. Le gusta subrayar que él no necesitó formarse en Harvard y que muchos que sí lo hicieron trabajan para él, no al revés. Por tanto, ¿quién sabe más y mejor, el empresario autodidacta o el titulado universitario? Si el baremo es la cuenta corriente, la pregunta se responde sola.
La verdad es que la escuela y la universidad no se hicieron para los superdotados, sino para formar a personas de inteligencia normal en los millones de empleos superiores necesarios. Ciertamente, Mozart no necesitó más escuela de música que su talento natural extraordinario bajo la supervisión de su padre, pero el 99% de los músicos necesitan conservatorios. Paco de Lucía, otro genio musical autodidacta, insistió siempre, con admirable modestia, en la necesidad de la escuela para adquirir la educación autónoma que, de haber disfrutado él mismo, le habría permitido escribir en persona las partituras de sus propias obras. Así que la propuesta de Musk parte de un equívoco radical: la genialidad innata no es el modelo para todos, es la excepción.
Suprimir la diferencia entre jugar y saber
La crítica de Musk a la escuela no es menos egocéntrica: “Odiaba ir a la escuela cuando era niño; era una tortura”. Por tanto, ha fundado una alternativa a su gusto para sus hijos y algunos elegidos: “Se llama Ad Astra, que significa ‘hacia las estrellas’. No hay calificaciones. No hay primer grado, segundo grado, tercer grado. No hacer que todos los niños vayan al mismo grado al mismo tiempo, como una línea de ensamblaje. Las personas no son objetos en una línea de ensamblaje. Algunas personas aman el inglés o los idiomas. Otras aman las matemáticas o la música. Diferentes habilidades en diferentes momentos. Tiene más sentido adaptar la educación para que coincida con sus aptitudes y habilidades”.
El plan de Musk es que aprender sea una especie de videojuego sin fin que enganche a los niños y les permita desplegar habilidades innatas. Tampoco es nuevo. Donde Musk pone la tecnología, Rousseau ponía, en su famoso y bastante tóxico ensayo pedagógico Emilio, a la naturaleza como suprema educadora de un niño que solo debe ser orientado, no instruido. También es el aplaudido método de María Montessori: aprender a aprender.
Siguiendo principios análogos, el pedagogo A. S. Neill fundó su célebre escuela utópica en la campiña inglesa: Sumerhill, institución tan ácrata como elitista: se esperaba que los niños aprendieran por sí mismos, sin clases ni evaluaciones, y decidieran democráticamente las normas. Pero los elegidos de aquel País de Nunca Jamás apenas aprendían algo válido en el mundo real que les esperaba, tan distinto a la burbuja sobreprotectora de Neill. En realidad, la escuela de Neill, como la de Musk, estaba pensada para servir a privilegiados tan ricos e inteligentes que adaptarían el mundo a sus vidas, en vez de adaptarse ellos.
Mao también lo intentó
Muchas utopías pedagógicas abogan por liquidar la diferencia entre profesores y alumnos, caso de los estudiantes del 68 apoyados por Sartre y Marcuse. Y un célebre genocida fue un poco más allá en la supresión de estas distinciones clasistas de trabajo manual e intelectual, saber e ideología. También porque, como Musk, se lo podía permitir: fue Mao Zedong. Con su Revolución Cultural, que encubría una lucha salvaje por el poder, el Gran Timonel arrasó la milenaria educación china confuciana. Mao ordenó sustituir a profesores y científicos por soldados, obreros y campesinos, y a derogar la teoría (salvo la suya) en beneficio de la solución práctica de problemas. El resultado fue un régimen de terror, caos educativo y desastre económico.
La escuela tecnoutópica de Musk encaja en la visión de un mundo donde robots con Inteligencia Artificial liberarán de trabajar, pero también de compartir saberes inútiles. Para resumir su visión, Musk ha dicho que Grok, su propia IA, hará una versión fiel y perfecta de la Odisea de Homero, no como la de Nolan, como si una obra maestra de creación poética se pudiera calcar en vídeo. Lo que no parece entender, o importarle, es que esa cultura tecnológica sólo produce imitaciones del pasado. Y quizás un futuro tenebroso, a lo Blade Runner, donde trabajo, saber y creatividad humana sean sustituidas por réplicas cibernéticas y videojuegos competitivos.