Editorial-El Español

Durante estas últimas 24 horas, en Nueva York, Pedro Sánchez ha cumplido con el ritual habitual. Se ha visto con António Guterres, se ha sentado en la apertura de la Asamblea General y ha eludido «por motivos de agenda» la recepción del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

También ha reservado su acto con mayor carga política para Zohran Mamdani, alcalde musulmán y comunista de Nueva York, y su economía «para la mayoría«, es decir intervenida por el poder político.

Es una buena conversación para un desayuno. Sánchez, además, sacará buen rédito de la foto con Mamdani.

Pero eso no es política exterior. Es sólo propaganda.

Una foto con Mamdani no saca a España de su aislamiento internacional porque ese aislamiento no consiste sólo en haberse quedado sin socios en Occidente. Consiste en haber dejado de ser útil en las mesas donde se negocian los puntos calientes del mundo del futuro: Ucrania, la IA, Groenlandia, Irán, Venezuela, Ormuz…

Sánchez puede llenar su agenda de personalidades «afines» y, al mismo tiempo, seguir siendo irrelevante, e incluso molesto. Pero es España la que paga la factura de esa irrelevancia.

Eso es lo que le ocurre a este Gobierno: viaja, habla, posa y vuelve a España igual que salió de ella. Sánchez, eso sí, suma una foto más en su álbum de fotos frívolas con los poster boy de moda entre la extrema izquierda internacional.

El aislamiento de España no es definitivo. El país sigue siendo la cuarta economía de la UE, y conserva voto, geografía y frontera. Lo que ha adelgazado es el crédito de Sánchez. Y ese crédito es lo único que convierte el PIB en influencia. Sin él, Sánchez asiste a las reuniones, pero no las condiciona.

La prueba está en Bruselas. El mismo martes en que el presidente ensayaba su multilateralismo de salón, el secretario de Estado para la UE llevaba por octava vez al Consejo de Asuntos Generales la oficialidad del catalán, el euskera y el gallego, utilizándolas como chantaje contra la ampliación de la UE.

Alemania, Suecia y Lituania han respondido con contundencia: una cosa es la ampliación y otra el debate identitario. La presidencia irlandesa ha calificado el asunto de estéril antes siquiera de sentarse a la mesa.

Eso no es un desplante protocolario. Es el lenguaje que el club reserva a quien ha empezado a convertirse en un Estado gamberro. Un país serio puede vetar la ampliación de la UE por motivos de enorme calado. Lo que no puede es utilizar un asunto estrictamente local en la UE para arreglar sus problemas domésticos. Europa no es la ventanilla de Junts.

Porque a la octava vez, ya no hay persistencia y ni siquiera política. Hay impertinencia y provincianismo.

Mientras tanto, Ceuta sigue ocupada por miles de invasores.

Han pasado casi dos meses desde la entrada masiva de finales de julio y el Estado sigue sin un censo razonable. Moncloa habla de unos 10.000 invasores; el Gobierno ceutí eleva la cifra a 13.000 y la llama «conservadora». Es probable que la cifra real oscile entre 15.000 y 20.000 ilegales.

El contraste sería menos grave si el presidente estuviera, al menos, en el pasillo donde se discute el mundo que viene. Pero no lo está.

El tablero de 2026 se mueve alrededor de cuatro polos: contener a Irán, disuadir en Ucrania, escribir las reglas de la inteligencia artificial y anticipar la geografía del Ártico, Groenlandia incluida. La agenda exterior de Sánchez se centra en otros tres: intentar convertir Palestina, donde España no pinta nada, en un asunto de interés interno; llevar el catalán a la UE; y asistir a la ONU como si eso fuese una victoria diplomática en sí mismo.

Palestina puede ser una posición moral, pero no es un multiplicador de poder español.

El catalán en Bruselas es una causa doméstica con disfraz europeo.

La regulación de la IA y la arquitectura de seguridad, en cambio, son verdaderos temas de relevancia. En el mundo y en España.

El Gobierno ha invertido la jerarquía: trata como existencial aquello sobre lo que no decide y como accesorio lo que va a condicionar la próxima década. España no está aislada por hablar de Gaza. Está aislada porque habla de eso cuando los demás están decidiendo otra cosa mucho más importante.

Nada de esto se arregla con vasallaje a Washington ni con silencio sobre Oriente Medio. EL ESPAÑOL no le pide al Gobierno español que convierta España en un satélite de potencias extranjeras (ni de Estados Unidos ni de Marruecos o China). Le pide que la convierta en un planeta alrededor del cual orbiten los demás en los temas que nos afectan directamente o de forma prioritaria.

La receta no es misteriosa y por eso incomoda. Desacoplar de una vez las lenguas cooficiales y la ampliación. Recuperar el monopolio del espacio público en Ceuta con un censo único, devoluciones efectivas y un perímetro europeo, no con un relato de modelo migratorio naif. Ordenar la política exterior como lo que es una potencia media: Magreb, energía, defensa, mercado interior y tecnología.

Menos giras mediáticas de consuelo. Más trabajo, talento y proyectos que no traten cualquier avance tecnológico como sospechoso a priori. La postura española frente a los centros de datos o la IA, por ejemplo, roza la superstición primitiva y es indigna de un país que quiere vivir en el siglo XXI, no en el V.

Si Sánchez quiere coleccionar fotos, que las coleccione en su tiempo libre o cuando deje el cargo. Pero ahora es el presidente del país, y no puede fingir que esas fotos equivalen a influencia. Mamdani puede concederle a Sánchez un tuit en X. Pero no puede darle lo que España necesita: la certeza, en Berlín, en Rabat y en Washington, de que Madrid sabe en qué siglo vive.

El Tercer Mundo no es el lugar de España en el concierto internacional. Por muy llamativas que sean las fotos.