Editorial-El Correo

  • Con escasas perspectivas de grandes acuerdos, el presidente de EE UU extrema el agasajo a un líder chino que seguirá cuando él deje la Casa Blanca

Ocurre a menudo con su diplomacia de artificio que Donald Trump se atribuye logros por el simple hecho de enunciarlos. La grave crisis desatada en enero en el seno de la OTAN por su deseo de apoderarse de Groenlandia se supone que terminó con un acuerdo firmado sin ruido el martes en la ONU. Las débiles expectativas de avances al comienzo de su segundo encuentro de este año con Xi Jinping permiten aventurar que ahora el éxito será la propia visita de Estado de tres días del líder chino a Washington. El agasajo dispensado a su gran rival geopolítico, desde el infrecuente recibimiento al pie del avión hasta la cena de Estado de anoche, y la expresión de ligero aburrimiento del invitado, animan a pensar que es el inquilino de la Casa Blanca el destinatario de tanta ceremonia.

En los días previos, Pekín creyó necesario reiterar sus líneas rojas, los asuntos que considera excluidos de cualquier diálogo: Taiwán, la democracia, los derechos humanos. Un exceso de celo tratándose de una cita con un presidente estadounidense al que no puede preocupar menos el ejercicio autocrático de Xi y que mantiene congelada una venta de armas por 14.000 millones a la isla taiwanesa como un arma de negociación eternamente enfundada. La declaración por Washington, antes de que comenzara la visita, de que la tregua comercial se extiende hasta el próximo 10 de enero tampoco anticipa las grandes ventas de cereales que ansían los agricultores estadounidenses. Parece que existe consenso en que la inteligencia artificial es un gran tema de debate, y también en «dejarlo como está» antes de empezar a discutirlo. Las razones serían distintas: el republicano bendice que la IA crezca salvaje porque dinamiza los mercados financieros y la economía; cuando su antagonista habla de un desarrollo «con control humano», seguro que piensa en que no debilite el poder del Partido Comunista.

Tal vez el mejor regalo que ha podido hacer Trump a su rival es la guerra contra Irán. Cierto es que el bloqueo de Ormuz priva al gigante asiático del 12% de sus importaciones de crudo. Pero el líder chino recibió en mayo en Pekín a un adversario empantanado en Oriente Medio, y así continúa cuatro meses después. Y el tiempo está de parte de Xi, que ya trabaja para conseguir, dentro de un año, su cuarto mandato. Mientras, el estadounidense afronta unas elecciones legislativas que marcarán los dos años que le quedan en el cargo.