Iñaki Ezkerra-El Correo
- El desahucio es ilustrativo de la repercusión de una denuncia cuando se le pone rostro
En la rueda de prensa que dio en Nueva York antes de asistir a la Asamblea General de la ONU, Sánchez le habló al mundo del famoso desahucio de Maricarmen, lo calificó de «tragedia social» y echó la culpa a Ayuso. Da igual que él no haya construido ni habilitado ninguno de los inmuebles de protección oficial que prometió y que tanto la Comunidad de Madrid como su Ayuntamiento lideren en este país la creación de viviendas sociales. Da igual que tanto los populistas de Sumar y Podemos como los activistas que se manifiestan ante el número 46 de la calle Alcalde Sainz de Baranda, donde hasta ahora vivía Maricarmen, echen la culpa a la gestión de Sánchez y su Gobierno. El problema sigue siendo el ático de Ayuso.
No seré yo quien defienda el carácter ético de ese ático, pero sí el que repare en la responsabilidad que las políticas socialistas comparten con las del PP y en la demagogia barata de esa izquierda caviar que se ha concentrado para decir que ‘Todos somos Maricarmen’ cuando Maricarmen no somos todos. La pobre señora tiene 87 años y la cantidad de dinero que necesitaba para mantener su domicilio era de 15.000 euros por año. ¿No podía Ana Belén regalárselos con un cheque de los de antes por el tiempo que a esa anciana le quede de vida en vez de torturarla con gallitos de voz y versos lacrimógenos?
El poema que Ana Belén le ha llevado a la puerta de esa casa por la que la han sacado en camilla es de Rafael Alberti y habla de unos ángeles malvados que quieren de nuevo alquilarla. O sea, que estamos ante un numerito que mezcla la política de alquileres que viene del social-felipismo, al que Ana Belén ya andaba suscrita, y del Decreto Boyer del 85, con la teología bizantina y el sexual-angelismo más maniqueo. Hay ángeles malos y buenos. Entre estos últimos se cuenta el propio Sánchez que, en otra comparecencia mediática, esta vez con el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ha vendido su éxito en las políticas progresistas en general y en concreto en las de vivienda. La cita es literal: «Protegimos a las familias vulnerables; suspendimos los desahucios». La historia de Maricarmen, que llena los telediarios, escapa de esa generalización estadística, como los 25.000 desahucios del pasado año.
Todos la apoyaron y ella sola se desahució. Pero ese caso es ilustrativo de la repercusión mediática que tiene una denuncia cuando se le pone un rostro. Es solo entonces cuando la causa social resulta rentable. Y, así, de pronto, el desalojo domiciliario de una buena mujer, con ser un hecho innegablemente dramático, conmueve más que los 145 muertos con los que se ha saldado el episodio de la invasión de Ceuta y de los que no habla Sánchez cuando juega, en su gira neoyorquina, al humanitarismo deshumanizado.