Joseba Arruti-El Correo

Ni el guionista de la distopia más bizarra se hubiera atrevido a tanto en su día. Pero lo inimaginable es ya realidad: Arnaldo Otegi se ha erigido en portavoz de la civilización, medio paso por detrás del Papa, al que cita hasta la redundancia.

Y va más allá. Con tono solemne, da a elegir a PNV y PSE-EE entre el virtuosismo y la barbarie. Quien chapoteó en esta última durante largos años emplaza con altanería a los que siempre la combatieron. Aunque se crea en los milagros, una conversión tan presurosa e irreflexiva como la suya apenas garantiza que sepa distinguir del todo entre lo que ahora proclama y lo que blanqueaba sin pestañear.

El embajador de la «política madura», la que demanda cada vez que le acercan un micrófono, posee la receta infalible que frenará a la ultraderecha, e incluso al PP. Presenta su fórmula prodigiosa revestida de florituras conceptuales, verborrea narcotizante y divagaciones estratégicas. A pesar de semejante aluvión discursivo, resulta que todo se resume en que EH Bildu debe tocar poder. No por avaricia institucional o ansia de moqueta, a quién se le ocurre, sino como ejercicio altruista para salvar la democracia.

Otegi se siente solo e incomprendido, aupado en sus nuevos estándares. Le duele que a los aludidos en su llamamiento no les guíen tan elevados principios. Gobiernan juntos sólo para repartirse el pastel y arremolinarse en las puertas giratorias. No como expresión de dos culturas políticas fundamentales que balancean el país dirimiendo sus notables diferencias. Ni para hacer frente a los extremismos enarbolando una gestión eficaz. Hay que romper esa alianza como sea, o al menos colarse en ella, y mentar a la ultraderecha siempre parece una carta ganadora.

Quién va a negar a la izquierda abertzale su conocimiento en materia de amenazas para la democracia. O en dotarse de intrincados constructos teóricos para justificar lo injustificable. Conocen bien cómo se convierte al contrincante político en enemigo a batir, cómo se tensiona una sociedad hasta la laceración. Tan acreditada trayectoria es la que avala ahora a Otegi en su apostolado.

El PNV y los socialistas se han enfrentado a totalitarismos de toda condición en sus respectivas historias centenarias. Pareciera que acertaron a la hora de decantarse, de elegir el lado correcto en tiempos críticos. Lo hicieron gracias a unos principios básicos diáfanos, inmutables. Al sacrificio de innumerables militantes y simpatizantes.

Esa lucidez de criterio no se merece que, en este presente disparatado, la izquierda abertzale, autoproclamada brújula moral de occidente, les rete a distinguir la civilización de la barbarie. Ya saben cómo acertar: siendo fieles a sí mismos, a su larga andadura, sin permitir que la pose ética en la que se envuelve Otegi les despiste.