Miquel Escudero-El Correo

La potencia de la propaganda y del ruido es tal que llega a ocultar alianzas no escritas que nos parecen inverosímiles. Me refiero a las fuerzas políticas extremistas. Ya sean de ‘derecha’ o de ‘izquierda’, estas no dudan en justificar su existencia y todas sus acciones como imperiosamente necesarias a causa de la fuerza del enemigo, que además de aborrecible da miedo. Unas y otras se alimentan y vigorizan entre sí, mientras que la ciudadanía queda sin nervio y reducida a ser espectadores desvalidos y superados. Hemos llegado a un punto en que todo el monte es orégano para fascistas y antifascistas, para la extrema derecha y la extrema izquierda; siempre aliadas para el retroceso social. Envueltas en una retórica hueca, exaltada y machacona, empujan hacia lo peor. Hay ‘patriotas’ retrógrados y ‘progresistas’ retrógrados; combinación que no es un oxímoron. Van a lo suyo, que es lo mismo: aplastar a las fuerzas del mal.

Una idea que paraliza a la mayoría es que ‘no hay nada que hacer’, pero no es cierto: siempre hay algo, por poco o insuficiente que sea. En primer lugar, para no rendirse y perder toda esperanza hay que evitar dejarse embaucar por las cantinelas que nos sueltan; más aún cuando consisten en hostilidad desbocada y estimulan el desprecio y la pereza por pensar. La afición a intimidar y apelar a palabras talismán es retrógrada: cierra el paso a las innovaciones posibles y necesarias.

La pretensión de resolver los problemas poniendo todo patas arriba con planteamientos arcaicos, junto a las palabras incendiarias de rigor, acaba causando penas y sufrimientos sin cuento. Ante esta expectativa nunca hemos de claudicar.