Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Así se hunden las naciones y sistemas en el cieno pegajoso de los intereses espurios
Observando las entrañas ocultas del sistema durante mi breve tiempo parlamentario, me quedé corto cuando bauticé como “capitalismo de amiguetes” a la asociación de nuestra economía y política (con gran éxito a la española, es decir, no reconocido). Pero leyendo este domingo en este valiente digital a Jesús Cacho su enésima y necesaria denuncia de la alianza del dinero y el sanchismo, comprendí que me quedé corto. Pues no sólo padecemos esa forma degenerada de economía de mercado intervenido a base de favores mutuos entre clase política y empresarial para hacer negocios mutuamente beneficiosos (cuyo icono es el palco del Bernabéu de Florentino Pérez) y, sobre todo, cerrar el paso a toda competencia e innovación ajena (el último veto, a los centros de datos de IA: para el IBEX y Moncloa eso es chino, y nunca mejor dicho).
Jesús Cacho va más allá, y a la descripción de grandes empresarios que en realidad no lo son, con pocas excepciones y en general pasivas y silentes, añadía la pobreza nacional en intelectuales, políticos y medios de comunicación independientes y potentes, agentes con influencia real que sean contrapesos al poder político-empresarial, y con más razón al degenerado a mafia. Tal es el cuadro de nuestras desdichas e impotencia: la mayoría de los magnates, poderosos e influyentes que padecemos son personajes de imitación elevados por la expulsión de la competencia, su verdadero enemigo, y por sus dos instrumentos principales: la reproducción endogámica y la mediocridad obligatoria.
La endogamia de los mediocres
No todo son empresarios, hablemos también de otros poderosos sindicatos de amiguetes cuyo propósito número uno es idéntico: cerrar el paso a todo desconocido y sólo dejar entrar en la fiesta a sus amiguetes. También es el caso de los intelectuales, la industria cultural y la universidad. Son tres colectivos carcomidos por la endogamia o emparejamiento entre consanguíneos. La naturaleza penaliza este vicio con descendencia degenerada, como a las dinastías de reyes agotadas por la hemofilia y enfermedades degenerativas, pero mientras el cuerpo aguante los beneficiarios lo perpetuarán en beneficio de su monopolio.
La universidad occidental, pues el problema no es sólo español, surgida de las convulsiones izquierdistas de mayo del 68 es un ejemplo acabado de institución endogámica en plena degeneración patológica, sobre todo en ciencias sociales y humanidades. Una de las razones de la infección fulminante de wokismo, gestado a medias entre Francia y Estados Unidos, es que esa mezcolanza de ingredientes incoherentes (marxismo, iliberalismo, posestructuralismo, antiimperialismo, feminismo queer, etcétera) resulta ideal para reservar el acceso a la universidad a amiguetes de mediocridad asegurada que, por su vulnerabilidad e incompetencia, reforzarán el monopolio de los peores; el último caso famoso es el de Jason Arday en la sagrada Cambridge.
Si ni siquiera somos la sombra de Cambridge o Harvard, como en España, el funcionamiento de la universidad está aún más minado por las reglas endogámicas de cierre a la competencia, la honestidad y la capacidad profesional, vistas como amenaza. Las publicaciones y citas en revistas académicas, imprescindibles para hacer carrera, son a menudo intercambio de favores mutuos: hoy por ti y mañana por mí, o me debes una. Lo mismo sucede con la admisión en grupos de investigación, fuera de los cuales no hay vida académica posible. El outsider, era mi caso en una universidad escandalosamente woke-nacionalista, no tiene la menor posibilidad de competir ni con el último mono de la cuadrilla.
Así funciona la mecánica de la exclusión: en el baremo de méritos de concursos universitarios un artículo en una revista académica puede valer el doble de puntos que un libro completo en una editorial profesional que pasa los duros filtros del mercado (en efecto, la mayoría de catedráticos y titulares nunca han publicado un libro así, ni lo sueñan). Por descontado, la bola negra -esta de verdad, no la de los Javis- de cualquier cacique o grupo poderoso cancelará la carrera del más dotado, porque sus amiguetes apoyarán sin vacilar el veredicto. Por eso tantos graduados y doctores nuestros emigran a países donde las reglas parezcan más razonables y competitivas. El sistema de amiguetes es invencible en la exclusión, cancelación y expulsión de amenazas al monopolio, y por consiguiente en el empobrecimiento de resultados en cascada, desde la cumbre a la base del sistema.
La función del antisemistismo
Lo dicho de la universidad vale para el más informal mundillo intelectual. El reciente escándalo de la exclusión de la escritora argentina Ariana Harwicz de un pretencioso evento literario en Granada, sólo por ser judía (y por tanto acusada de cada muerte palestina), muestra la función estratégica del antisemitismo y resto del lote woke obligatorio en el cierre, la exclusión y la prohibición de competencia por genuinos mediocres profesionales sindicados con sus iguales y bendecidos por el dinero del contribuyente que reparten políticos no menos endogámicos y mediocres.
Nada peor para la cultura de un país que el secuestro por estos férreos sindicatos de la mediocridad obligatoria que succionan toda la inversión pública como una nube de mosquitos la sangre de animales y gentes, pero es lo que ocurre en España. Es lo que explica que el ministro de Cultura, un tal Urtasun, ni siquiera se dignara comparecer para manifestarse sobre el desastroso robo del tesoro de Villena de un museíto a mayor gloria de un alcalde, aunque casi mejor así.
La verdad es que hoy el certificado más seguro de calidad e independencia intelectual es no recibir premios y ser excluido habitual de los saraos de la tribu de amiguetes literatos o artistas, desde los codiciados pregones de fiestas a los selectivos manifiestos de abajofirmantes habituales: les aseguro que muchos de los veteranos más correosos del gremio salían corriendo si era firmar contra ETA, o contra el blando pero poderoso nacionalismo catalán -ya saben, Barcelona era el centro editorial incuestionable-, mientras daban y dan codazos para firmar contra Israel o el capitalismo; a este lo odian porque se basa en la libertad de acceso y en la competencia entre iguales, lo que más temen.
Decadencia asegurada
La consecuencia de los monopolios de amiguetes, confundidos con élites, es la bajada drástica de la calidad de las ambiciones y objetivos del país. Es el hundimiento de la política en la corrupción y la incompetencia (simbióticas y unidas), de la economía en la mediocridad empresarial monopolista, de la vida cultural en banalidad irrelevante y cacareo ideológico. Y así se hunden las naciones y sistemas en el cieno pegajoso de los intereses espurios, sea el Imperio romano, la China de los emperadores manchúes o la España decadente y corrupta del sanchismo.