Luis Ventoso-El Debate
  • Mientras las cámaras se posan en la cortina de humo de la acampada, la realidad es que en el barómetro de sondeos la suma de la derecha ya está en 208 escaños

Urge darle máxima bola a la acampada de Sol. Hay que cambiar el guion de la actualidad y agarrarse a la pobre Mari Carmen como sea. Hay que conseguir a cualquier precio que el público deje de hablar de la comatosa situación de Ceuta, que sigue invadida, y del escandalazo de la trama del PSOE-Moncloa contactando con trapicheros para intimidar a la juez que investigaba al hermanísimo.

Consigna anotada. El Telediario del fin de semana de Telepsoespañola, antaño TVE, se emitió desde la acampada de Sol. Y hasta Almodóvar, inversor con una buena cartera en el ladrillo, hizo el esfuerzo de mezclarse con el vulgo y se presentó en carne mortal en la plaza para apoyar la nueva causa (de la que no se acordaron en siete años de sanchismo, solo ahora que se acercan las elecciones que pueden echarlo).

La acampada de Sol de 2011 comenzó un 16 de mayo y se disolvió el 12 de junio, aunque quedaron algunos numantinos residuales, a los que la Policía Nacional desalojó el 2 de agosto. Las imágenes de «los indignados» tomando Sol dieron la vuelta al mundo. Los medios anglosajones hablaban de una Spanish Revolution. Pero solo tres meses después del fin de la acampada se celebraron elecciones generales y cuando el pueblo pudo hablar libremente resulta que dio mayoría absoluta a la derecha.

Tres años después, en enero de 2014, nació Podemos, el partido que iba a «asaltar el cielo». El bipartidismo se hizo añicos. El resultado ya lo sabemos. Cuando los fogosos podemitas aterrizaron en los ayuntamientos, por cortesía del PSOE, se constató que no eran capaces ni de barrer las calles en condiciones. Iglesias resultó el vicepresidente más holgazán de nuestra historia. Ione e Irene lograron hitos de burramia como liberar a un millar de violadores. Además, se aficionaron raudo a la vida fina. El desahogo del chalet serrano de Galapagar les dio la puntilla. Hoy son como un meme de sí mismos.

En 2011 me di un paseo nocturno por Sol para ver aquello. En la caída de la tarde de este domingo he repetido. El panorama es diferente. En 2011 se estaban sintiendo con enorme dureza los coletazos de la crisis subprime, que estaba dejando sin trabajo a miles de cabezas de familia. Ahora he visto menos gente y de otro perfil: chavales más jóvenes jugando al comunismo. Observé incluso a algún iluso con camiseta de Karl Marx, cuyas ideas una vez implantadas dieron lugar al experimento político más mortífero la historia, el comunismo. Vi una caseta de petición de dinero para apoyar a Ceuta; pero no a los ceutíes, sino a «los migrantes». Vi a críos pasando el rato jugando al camping autogestionario y a la revolución de plástico, con mucha camiseta negra y muchos tatuajes y arandelas. Había cartelitos de «vivienda para todxs!», otro que decía «Pedro, rey, haz un decreto ley», y una pancarta tocha por Mari Carmen, elegida como el gran símbolo, por quien de vez en cuando la plaza agitaba sus llaves en un conjuro colectivo contra un despiadado capitalismo que pretende que se cumplan las leyes.

Había una chica del Sindicato de Inquilinas explicando cómo organizarse. Se creía lo último, lo más. Pero me temo que era más antigua que el comediscos y la Mirinda. Su discurso resultaba tan camp que parecía salido de una foto en blanco y negro de una asamblea de facultad de los 70. Caía la tarde sobre Madrid. Los revolucionarios de las Quechua eran menos que los paseantes que acampaban en las atestadas terrazas que ocupan la calle Montera desde el arco del Metro de Gran Vía hasta Sol.

Se está amplificando de manera intencionada la importancia de la acampada de la Puerta del Sol, plaza que se llena fácilmente, y no se debería perder de vista la realidad del sentir de los españoles. El último barómetro de todas las encuestas privadas da a la suma de PP y Vox entre 204 y 208 escaños. Sánchez está en 104 y Sumar y Podemos se quedan en ocho. Sol no los va a salvar.

Tampoco arreglará nada el llamado Decreto Mari Carmen. Sánchez está de salida y, aunque supiese cómo solventarlo, no le daría tiempo. Además, la crisis de la vivienda en España, provocada en buena medida por el aluvión de inmigrantes, no se va a arreglar jamás con medidas comunistoides contra la propiedad privada, que solo la agravan. Para atajar el problema hay que liberalizar suelo, formar a obreros de la construcción –los empresarios no encuentran mano de obra–, dejar de perseguir a los propietarios como si fuesen criminales y construir vivienda de protección pública a saco (por cierto, el último que lo hizo en España fue el innombrable, que desde comienzos de los 60 construyó cuatro millones en catorce años).

Karl Marx, queridas camaradas y camarados, no le va a arreglar su problema a Mari Carmen. Ni tampoco a las 272.000 personas desahuciadas desde que gobierna Sánchez, por las que nadie ha movido un meñique, incluida Yolanda, la de la infinita jeta, que anima a manifestarse contra un Gobierno del que lleva siete años chupando del bote y que ha sido su agencia de viajes para recorrer gratis el planeta.