Isaac Blasco-Vozpópuli
- La prueba de que algo ha venido haciendo bien en todo este tiempo es que el presidente ceutí recibe críticas tanto a la izquierda como a la derecha
El presidente de Ceuta, Juan Jesús Vivas, se ha despachado por extenso ante la magistrada de la Audiencia Nacional que instruye la causa para dirimir las responsabilidades en la invasión de Ceuta desde territorio marroquí y la propia respuesta del Gobierno español. Vivas es un hombre afable, educado y dotado de una fina ironía que, como persona inteligente, sabe trocar en retranca cuando así lo estima conveniente.
No me pregunten cómo, pero pude leer los mensajes que el presidente ceutí cruzó con el jefe de gabinete de Moncloa, Diego Rubio, cuando se mascaba la tragedia. Rubio, experto en prospectiva, premio extraordinario de licenciatura, asoma en ellos como un petulante incapaz de desarrollar un mínimo de empatía con alguien urgido por una inquietud manifiesta ante la que se avecinaba. Lo mejor es que, con toda su formación y esa displicencia intelectual que se gasta, el jefe de gabinete de Moncloa está ahí por esas carambolas de la vida: no porque estudiara en Oxford o porque entre sus contactos figure algún que otro Premio Nobel, sino porque su padre era el fisioterapeuta de Iván Redondo cuando este asesoraba a José Antonio Monago como presidente de la Junta de Extremadura. Así se escribe la historia, incluida la aplicada, que es la especialidad académica de Rubio. Y a Redondo, en aquellos años, los dolores de espalda no lo dejaban vivir.
Vivas representa lo poco decente que queda entre los servidores públicos de este país, porque, tras veinticinco años al frente de la Ciudad Autónoma, ha contribuido de forma decisiva a apuntalar en ella un modelo de convivencia que ha conjurado el peligro de que la pesadilla cotidiana de 85.000 compatriotas se convierta en un auténtico polvorín de consecuencias irreparables.
La prueba de que algo ha venido haciendo bien en todo este tiempo es que recibe críticas tanto a la izquierda como a la derecha. Es un moderado que solo se casa con sus convecinos. Decidido a preservar el bien general.
Será porque es la antítesis del postureo patrio al uso desde el 1 de junio de 2018, porque su carrera política ha descrito una progresión lógica y porque se conduce por principios hoy tan desacostumbrados como la templanza, la educación y la normalidad. Será por un cúmulo de cualidades, en fin, que, este pasado miércoles, afloraron ante una magistrada, María Tardón, resuelta a arrojar luz sobre un episodio -el más grave acontecido en la escala de lo evitable en cualquier democracia madura-, atenta a quien no tiene necesidad de acusar, al que solo basta referir la verdad de los hechos vividos en carne propia: una cargante condescendencia de los responsables de Moncloa que viene a certificar, si es que quedaba alguna duda, que este Gobierno vive fuera de la realidad porque su contexto se reduce a un PowerPoint en el que, cada mañana, se diseña una narrativa con la que se pretende rebatir la contumacia de los hechos.
Será porque Vivas es normal, como cualquier español de bien, frente a un ejército de filibusteros que han puesto su pretendido talento al servicio de un proyecto, el sanchismo, antipático, cool, woke, elitista y, en el fondo, profundamente disruptivo. Será porque tanto las formas como el fondo del presidente de la Ciudad Autónoma son genuinos, lo cierto es que el presidente de Ceuta, el español común, contribuyó ayer a echar tierra en sede judicial sobre quienes, desde hace ocho años, vienen gobernándose a sí mismos, indiferentes a la guerra y vicisitudes diarias de los españoles. Plasmado en un vacío inmisericorde de diez llamadas perdidas al presidente del Gobierno.
Las credenciales de Vivas son las del hombre corriente, como el de la fanfarria de Aaron Copland, frente a un buenismo fariseo, el de Sánchez, que toma el sol canario en una hamaca como Nerón tocaba la lira mientras ardía Roma. La decencia frente a la superchería. La verdad frente a la incuria. Vivas a Vivas.