Luis Ventoso-El Debate
  • Cada día hay 45 desahucios y en la etapa de Sánchez han sido 270.000, pero han logrado cambiar por completo la conversación y aparcar Ceuta y la cloaca

Acomienzos y mediados del mes pasado, Sánchez estaba destrozado. Nunca había caído tan bajo, ni había tenido a la opinión pública tan en contra. Era un zombi político vapuleado por dos tremendos baldones: su comportamiento felón en Ceuta y las operaciones mafiosas de la cloaca del PSOE para proteger a su familia, que llegaron al extremo de contactar con un clan de trapicheros de Badajoz para que diese «un sustillo» a la jueza que investigaba a David Sánchez.

Parecía imposible que pudiese volver a salir del hoyo. Había tocado fondo sin remisión. Sin embargo, algunos amigos peor pensados que yo, o más sagaces, apuntaban en sentido contrario: «Ojo, que este pavo no se queda quieto. Algo se le ocurrirá. Además, cuanto más acorralado está más peligroso es».

Tenían razón. Nunca se puede desdeñar el genio de la izquierda y de la onerosa máquina monclovita para la industria del sofisma y la propaganda. La calamitosa situación de Ceuta, ya crónica, y el hedor de la cloaca sanchista han desaparecido de los grandes titulares. En España ya solo existe un monotema: la vivienda. O, mejor dicho: la cruel derecha que echa de sus casas a las ancianas desvalidas, da alas a los «fondos buitres» y bloquea los salvíficos decretazos comunistas del Gobierno de la «coalición progresista».

Un Ejecutivo moribundo ha logrado un asombroso giro de la conversación pública. La pirueta tiene doble mérito, pues incluso se han permitido la jeta supina de elegir como bandera una materia donde Sánchez ha sido el más perfecto de los incompetentes.

Lo sucedido es asombroso, pero no casual. Ha habido una operación de propaganda bien dibujada desde arriba. Sánchez ha resultado un paquete en el campo de la vivienda, con solo 540 casas construidas de las 184.000 que ha prometido en múltiples shows. En su mandato de ocho años se han registrado más de 270.000 desahucios. La media desde comienzos de año está en 45 al día. Ahí, por desgracia, se producen muchos dolorosos dramas personales. Pero todos pasaban desapercibidos para el gran público, incluido el caso de Olga, la mujer de Hospitalet que se suicidó el 7 de septiembre tras haber denunciado en el Parlamento catalán su angustiosa situación y lo que podía acabar haciendo.

Ni un solo caso de desahucio abría los telediarios y los periódicos. Hasta que llegó el de Mari Carmen, una funcionaria jubilada de 87 años que se había beneficiado durante décadas de las rentas bajas del franquismo en un piso cuyo alquiler había heredado de sus padres. En los años ochenta y noventa, el PSOE cambió las leyes y acabó con la protección franquista de los inquilinos de rentas antiguas. Pero Mari Carmen decidió no darse por aludida. Prefirió seguir disfrutando de un piso a bajo coste, muy alejado de los precios de mercado de la zona, aun sabedora de que su situación era ilegal y podía acabar mal, como finalmente ocurrió en los tribunales.

El caso lo tenía todo. Ciertamente era conmovedor, hiriente. Una mujer de 87 años, con una minusvalía, sacada por los antidisturbios en silla de ruedas de su casa, mientras jóvenes idealistas y solidarios la apoyaban en las calles, acompañados por algunas estrellas de la farándula «comprometida».

El termómetro de propaganda de Moncloa detectó de inmediato la zona caliente. El caso Mari Carmen pasó a abrir al instante todos los informativos y magazines de propaganda de las televisiones sanchistas y la portada del Pravda. En paralelo, un pequeño grupo de chavales, vinculados a sindicatos subterráneos y de un rancio comunismo, comienzan a acampar en Sol en solidaridad con Mari Carmen.

Si ese día la Delegación del Gobierno manda allí tres furgones de la poli y disuelve la ocupación de la vía pública no habría existido el fotogénico septiembre insumiso que vivimos. Pero el Gobierno hizo todo lo contrario: barra libre para acampar y señalamiento a la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid como autores del desahucio de Mari Carmen (la verdad de la historia es que han sido las gestiones de Almeida las que la han devuelto a su casa, o mejor dicho, a la que sus legítimos propietarios le alquilan a bajo coste perdiendo mucho dinero).

El resto de la historia ya resulta ocioso contarla. Los dos decretos frikis de un Gobierno de tebeo y partido en dos. La sonora bofetada de Puchi a gran jefe Pato Cojo. Y el nuevo show de «voy a meditar qué hago con ni vida, para al final atornillarme al poder y presentarme el lunes como el último baluarte frente a una internacional reaccionaria que expulsa a la gente de sus casas».

Inseguridad, mugre y oprobio en una Ceuta a la que no se le ofrecen soluciones. Los clanes de Badajoz relatando a viva voz una operación mafiosa para proteger al hermano del presidente. España, cuatro años sin presupuestos, el disparate supremo. Pero aquí estamos, hablando de los juegos de manos de Sánchez y de un problema –complejísimo– frente al que nada ha hecho en ocho años.

Una vez más, misión cumplida: la izquierda marca el guion y caminamos detrás como pánfilos.