- Según cierto analista, el ‘Manual de resistencia’ no lo ha escrito un hombre que se arrugue. Eso es indiscutible, pero no vale como argumento porque la tontería ni siquiera la escribió Sánchez, ni ningún otro hombre. La escribió Irene Lozano
¿Por qué iba a convocar elecciones? ¿Qué incentivo tiene? He aquí el tipo de preguntas escépticas con que algunos conocidos han reaccionado durante el fin de semana al intenso rumor. Era imposible responder dando la disolución de las Cortes por hecha; lo cierto, sin temor a equivocarse, es que se lo estaba planteando. Las fuentes internas, muy internas, eran varias y explícitas. La única duda era si convocaba hoy lunes o dentro de quince días. Para dar tiempo a Sumar y Podemos, se decía. Como rumor, por buena que fuera la ganadería, había que tratar al bicho. Por eso no valía la pena multiplicar el escepticismo con otra pregunta: ¿para qué demonios iba a dar más tiempo Sánchez a sus socios comunistas una vez tomada la decisión de convocar dentro del mes de octubre?
El hombre se debatía entre las dos opciones, sí o no, deshojando una margarita fúnebre. No es que las cosas pinten bien para él. La margarita del odio sanchista saltaba de la convocatoria al crimen, si hay que atender a lo que organizó la última vez en que se dio a la reflexión y puso al país a esperar. Según cierto analista, el Manual de resistencia no lo ha escrito un hombre que se arrugue. Eso es indiscutible, pero no vale como argumento porque la tontería ni siquiera la escribió Sánchez, ni ningún otro hombre. La escribió Irene Lozano. Admitamos que, de sus conversaciones con el interesado, ella infiriera la presencia de atributos como el aguantar siempre, a toda costa. Tampoco es garantía de que los atributos existan. Solo prueba que, en ocasiones, las mujeres, y algunos hombres, lo miran con fascinación. No es una fascinación arrobada sino más bien aterrorizada. Por eso la fotografía de la entrada del maniquí en el Congreso, seguido y observado por la ministra de Vivienda, ha tenido tanto impacto en el público y en los humoristas.
Búsquenla: ella parece una escolar presa del pánico, pero él no parece un duro profesor sino un viejo artista recurriendo al gesto de sorber una pajita, que adelgaza. Él, que está en los huesos. Recordaba al Camilo Sesto tardío. A punto estuvo de pasarse el pulgar por los labios, como en el viejo anuncio del chico Martini. Ahí radica la disonancia que eleva la foto a obra de arte: Isabel debería sonreír si él va de ese palo, pero está aterida de miedo. Todo tiene una explicación: Sánchez también tiene miedo por todo lo que se acaba, por lo que se va a descubrir en el futuro próximo, por lo que se le viene encima. La caída de los decretos de vivienda no lo ha matado políticamente, lo ha rematado. No le quedaba energía. Desde que abandonó Paiporta cual torero tras una cogida, no tiene fuerzas, solo odio. Ha dudado sobre la convocatoria, pero no sobre quemar las calles, ni sobre señalar como objetivos para su masa descerebrada a los diputados que no votan lo que él quiere. Se llama morir matando.