Mikel Buesa-La Razón

  • La tentación de matar, en estos partidos, se sustentó sobre una ideología que trastocó el análisis de la realidad social, arrastró a centenares de sus militantes a una vida carcelaria largos años y dejó un inútil reguero de muerte y destrucción. Es el riesgo que debería prevenirse

La creciente presencia, en las movilizaciones izquierdistas, de las organizaciones políticas inspiradas en el marxismo-leninismo –como las encuadradas en el Movimiento Socialista, liderando la revuelta por la vivienda–, plantea un severo interrogante acerca de una eventual deriva terrorista que pudiera surgir en su seno, toda vez que la guerra insurreccional forma parte de su sustrato ideológico. La experiencia en las postrimerías del franquismo y durante la transición, e incluso después, ofrece un ejemplo palmario de que la tentación del ejercicio de la violencia llega a materializarse como fruto de una visión doctrinal interpretada con tal radicalidad que aparta a sus actores de la realidad factual. Tal fue el caso del Partido Comunista de España (marxista-leninista) cuando su dirección, cómodamente asentada en Suiza, en el verano de 1975, una década después de su fundación, dio la orden de desencadenar una escalada de violencia a través del FRAP. Su máximo dirigente –Julio Fernández López, el camarada Raúl Marco– había señalado que «somos nosotros quienes tenemos que organizar y lanzar la violencia de las masas». Fruto de ella, en una campaña que apenas duró cuatro años, protagonizó 63 incidentes terroristas, incluyendo tres asesinatos y una docena de heridos. Previamente, en las acciones «políticas» del PCE (m-l) se habían sumado otras tres muertes y dos heridos graves. Pero, esta formación se había adelantado sólo en unos meses al Partido Comunista de España (reconstituido), gestado a partir de la Organización de Marxistas-Leninistas de España, fundada en 1968. En julio de 1975, recién constituido el partido, según contó Pío Moa, su comisión ejecutiva «decidió que el momento de emprender la lucha armada había llegado». Al mes siguiente, en un ataque aleatorio, tres de sus militantes mataron a un guardia civil y dejaron malherido a otro. Surgió así el GRAPO, cuya campaña terrorista, que duró 33 años, dejó un balance de 458 atentados, 95 asesinatos y 139 heridos. La tentación de matar, en estos partidos, se sustentó sobre una ideología que trastocó el análisis de la realidad social, arrastró a centenares de sus militantes a una vida carcelaria largos años y dejó un inútil reguero de muerte y destrucción. Es el riesgo que debería prevenirse.