Ignacio Camacho-ABC
- En un clima de convivencia frágil, la confrontación social empieza siempre por la elevación de la agresividad del lenguaje
Se está extendiendo por España un fuerte aroma político a años treinta. Por el momento a noviembre del 33, el de la victoria de la CEDA y el comienzo de una fuerte agitación sectaria que un año más tarde desembocaría en varias revueltas violentas. Sálvense las distancias que se quieran pero el ambiente de polarización civil recuerda las convulsiones de aquella época. Ya han empezado incluso las admoniciones directas –«no habrá paz en las calles»– formuladas por la extrema izquierda en la asamblea madrileña. El pretexto eran los problemas de vivienda pero el contexto sugería, y así lo entendió la presidenta, una atmósfera amenazante de crispación y turbulencia. Y el fragor cainita de las redes sociales está alcanzando connotaciones siniestras.
El jefe del Gobierno ha entrado de lleno en la dialéctica del populismo más desaforado al contraponer la legitimidad de la calle a la del marco parlamentario, un argumento propio del caudillaje latinoamericano que trató de importar Pablo Iglesias hace diez años. Los nervios ante la presentida pérdida del poder están deslizando a la coalición sanchista hacia un discurso de rasgos destituyentes cada vez más claros que apuntan a una redefinición partidista del sujeto soberano. La sospechosa ‘ley de nietos’ ha generado en el espectro conservador un clima de duda sobre la limpieza del resultado con denuncias preventivas de pucherazo. La campaña se dirige a grandes pasos a un punto de desconfianza crítico para la estabilidad del régimen democrático.
Los síntomas son alarmantes. La estrategia de enfrentamiento de bloques desplegada durante el mandato de Sánchez conduce a un final de legislatura envuelto en una tensión insoportable. El país ha vivido desde la Transición numerosas huelgas de toda clase pero nunca se había convocado un paro general, y menos dirigido explícitamente contra la oposición, en plenas vísperas electorales. Bajo la alta temperatura emocional desencadenada por el desahucio y posterior fallecimiento de la anciana Maricarmen, el Ejecutivo y sus socios radicales señalan como enemigo a la derecha con una exaltada retórica de combate. Y cuando la convivencia se vuelve frágil, la confrontación social empieza siempre por la elevación de la agresividad del lenguaje. Va a costar mucho volver atrás, gane quien gane.
Porque esta histeria deliberada, esta alteración irresponsable de la escena pública tiene un precio. Y se paga luego en forma de descreencia en el sistema y de un proceso de descomposición institucional cuyos estragos duran mucho tiempo. La democracia sólo está a salvo cuando en la noche del escrutinio los ciudadanos de cualquier ideología se van a la cama sin miedo, y eso no va a ocurrir el 29-N tanto si el desenlace es de continuidad como de vuelco. El presidente está jugando a disfrazarse de un Sansón dispuesto a batirse con los filisteos a cara de perro y, llegado el caso, a sacudir las columnas del templo con él dentro. Y se va a necesitar mucha sensatez colectiva para no enredarse en ese maldito juego.