Pedro Chacón-El Correo

  • La conclusión es que para el PNV, una cosa es el poder y otra el aval democrático externo que lo respalde

El episodio que hemos vivido esta semana en el seno del PNV, según el cual la actual diputada general de Bizkaia, Elixabete Etxanobe, se ha enterado de la manera más inesperada (y cuando, según parece, ya le habían asegurado lo contrario) de que no iba a continuar en el cargo de cara a las próximas elecciones forales de mayo de 2027 y que en su lugar iba a ir la actual vicelehendakari Ibone Bengoetxea, ilustra una vez más un hecho que no por conocido resulta menos sorprendente y sobre el que no se ha reflexionado lo suficiente, a mi juicio.

Hay una cosa que es el poder, que reside en el PNV, físicamente en Sabin Etxea, y hay otra cosa que es el procedimiento democrático derivado de las elecciones, sean locales, forales o autonómicas, sin contar con la representación en Madrid o en Europa, que en el PNV no significa un aval de poder para sus candidatos, como ocurre en el resto de partidos, sino un simple trámite que no tiene por qué condicionar el peso que los candidatos puedan tener en el seno del partido para ser luego reelegidos o no.

Con Etxanobe lo único que ha ocurrido es que se ha roto una tendencia que venía de antes, según la cual el diputado general duraba dos legislaturas como mínimo, en algunos casos hasta tres. Pero esa tendencia no tiene ningún significado político tampoco, puesto que, durara dos o tres o las que fueran, las legislaturas no afectan a la atribución de poder en el seno del PNV.

El PNV elige sus propios cargos internos, sin ninguna intervención de ningún supervisor externo, y son esos cargos los que deciden quiénes ocupan los puestos de la administración (lehendakari, diputados generales, alcaldes), sin que los procedimientos democráticos avalados por el sistema político constitucional que rige en los demás partidos, esto es, las elecciones controladas por juntas electorales y por procedimientos homologados en todo el sistema democrático occidental, les afecten en absoluto. Lo cual a veces da lugar a episodios como el que nos ocupa que visualizan cómo el cargo de diputado general es, para el PNV, una recomendación de un poder interno y ajeno o distinto al que rige para el resto. Lo mismo ocurrió con Urkullu cuando fue descabalgado tras tres legislaturas. Y lo mismo ocurrirá con Ibone Bengoetxea, cuyo extenso currículum queda convertido así en una sucesión de designaciones dictadas desde arriba, desde el Bizkai o desde el Euzkadi Buru Batzar, órganos que, cabe suponer, son elegidos democráticamente, pero sin que ninguna instancia externa lo pueda homologar.

La conclusión es que para el PNV una cosa es el poder y otra el aval democrático externo que lo respalde. El suyo es un aval supuestamente democrático pero interno, imposible de verificar desde fuera y sostenido en un concepto de poder ancestral que lo controla todo y que convierte al PNV como partido en su único y exclusivo gestor.