Iñaki Ezkerra-El Correo

La tía Tula’, la novela que Miguel de Unamuno publicó en 1921, salta ahora a los escenarios en una nueva versión que se estrenará hoy en Úbeda, en el marco de la celebración del Día de la Hispanidad, y que Pilar Valenciano, la directora de escena que se ha ocupado de esta particular adaptación teatral, ha calificado de ‘feminocéntrica’. La versión que nos brinda el texto de Unamuno es el de una mujer que decide cuidar a los hijos de su hermana fallecida y que, aunque para ello, debe vivir con su cuñado viudo, rechaza el ‘sororato’, o sea, casarse con éste, una costumbre que era muy frecuente en la época y a la que Tula se niega obedeciendo a una pulsión religiosa y puritana: no quiere enturbiar con la libidinosidad sexual que conllevaría el matrimonio el sano aire de castidad que deben respirar sus sobrinos. La versión teatral de Valenciano da a ese planteamiento conservador un giro presuntamente feminista: Tula renunciaría al sexo por solidaridad con la hermana muerta. Repudiaría el ‘sororato’ en nombre de la ‘sororidad’.

Esta moderna interpretación del personaje unamuniano en la que la religión es sustituida por la ideología para coincidir en una misma sublimación del celibato femenino, suscita una inevitable pregunta: ¿la solidaridad entre mujeres conlleva necesariamente la aversión o la renuncia a la relación sexual con el hombre? ¿Estamos convirtiendo, en fin, a la timorata tía Tula en una heroína de la androfobia o –peor aún– de la misandria pura y dura, o sea, no ya del terror a los hombres sino del odio y el desprecio hacia éstos y a todo lo masculino?

Si a Tula se le impusiera el matrimonio para ejercer la maternidad con sus sobrinos, tendría, en efecto, una lectura progresista y feminista, liberadora y reivindicable su rechazo. Pero, si estamos ante el caso de quien sacrifica, en aras de una virginidad santurrona, la atracción que siente por su cuñado, esa lectura ya no sería la de la reivindicación, la liberación y la realización plena como mujer sino lo contrario y tomaría un cariz excluyente ese feminocentrismo donde Pilar Valenciano ve «un universo matriarcal muy delicado y muy poético». En realidad, a Unamuno la sororidad no le preocupó nunca gran cosa. Lo que le preocupa y marca a todos sus personajes femeninos es la maternidad. Su ‘Raquel encadenada’ dejaba al marido, que no quería ser padre, para cuidar del hijo que un antiguo novio suyo había tenido con otra mujer ya fallecida. La Ángela Carballino de ‘San Manuel, Bueno, mártir’ proyectaba todo su instinto maternal sobre el sacerdote que había perdido la fe. Y Tula es un modelo más en esa galería de madres frustradas. Es la virgen-madre que actúa por llenar esa carencia filial en su vida, no por solidaridad con su hermana difunta. La de Pilar Valenciano es una pirueta de presentismo.