Ignacio Camacho-ABC
- Los Reyes han ido a Ceuta porque una nación necesita reforzar sus vínculos emocionales ante circunstancias adversas
Pocas esperanzas caben de saber algún día los verdaderos motivos de la sumisión de Pedro Sánchez a los intereses de Marruecos. Ni siquiera cuando cambie –o si cambia, más bien– el Gobierno, porque todos los dirigentes con cierta experiencia saben que existen asuntos de Estado, sobre todo los relacionados con países extranjeros, que es aconsejable preservar en secreto. Es probable, pues, que haya que atenerse a las apariencias, y por ello resulta legítimo pensar que hay miedo a los contenidos de ciertos teléfonos hackeados por el espionaje de Mohamed VI. Al final, como decía Bismark de las salchichas, en la política abundan cuestiones y procedimientos que es preferible que los ciudadanos ignoren cómo funcionan por dentro.
Con alta probabilidad, el régimen alauita reaccionará de forma poco grata a la visita de los Reyes a Ceuta. Era una decisión de riesgo sobre cuya conveniencia han discrepado sin demasiados tapujos los equipos de la Moncloa y la Zarzuela. Pero también era imprescindible que la Corona enviase un potente mensaje de apoyo a la ciudad ocupada asumiendo las posibles consecuencias. La población caballa anhelaba un gesto de empatía y de aliento que el Ejecutivo ha regateado con cicatera cautela. Una expresión de solidaridad al máximo nivel, también con los musulmanes muertos; un compromiso simbólico más allá de la genérica declaración de la Unión Europea. Porque una nación necesita reforzar sus vínculos emocionales internos cuando las circunstancias se vuelven adversas.
Y si hay respuesta marroquí, que la haya. La represalia está descontada. La obligación y la responsabilidad de las autoridades gubernamentales consiste en prevenirla y gestionarla, como debieron hacer en verano –y no hicieron– con una avalancha sobradamente avisada. También es obvio que en caso de que las elecciones de noviembre alumbren un relevo de poder, el futuro Gabinete será puesto a prueba con alguna maniobra antipática; otra oleada de desestabilización migratoria, una reclamación diplomática que cuestione la soberanía de las plazas norteafricanas, quizá algún movimiento de despliegue militar a modo de tanteo de fuerzas en la nueva etapa. Así ha sido siempre ante cada proceso de alternancia democrática en España.
Con el vecino del Sur hay que llevarse bien, manejando la confianza y la firmeza, la cooperación y la tensión, en un juego de equilibrios siempre delicados. Pero un Estado que se respete a sí mismo no puede renunciar a hacer en su territorio lo que considere necesario. El viaje real lo era, y si algo conviene reflexionar al respecto es que se ha producido con retraso y que el Gabinete sanchista haya procurado distanciarse y arrastrado los pies para refrendarlo. La crisis de Ceuta ha provocado una sacudida social de enorme impacto ante la que el Rey, personificación constitucional de la integridad nacional, no podía cruzarse de brazos. Sánchez sabrá cómo administra su liderazgo; el de Felipe VI quedaría averiado si no compareciese cuando y donde se espera su amparo.