- El gobierno habría disuelto la acampada al instante si hubiese sido contra la corrupción de Sánchez, a favor de la unidad de España o en defensa de la vida
La Puerta del Sol no es cualquier sitio. Es quizá la plaza más simbólica y concurrida de España, que no la más hermosa (ahí entran la de Salamanca, el Obradoiro o la de España en Sevilla).
Se trata del kilómetro cero de nuestro diseño radial de carreteras. Allí resuenan las doce campanadas del nuevo año. Fue el escenario de dos inolvidables levantamientos del pueblo español: el motín de Esquilache de 1776, que con el pretexto de la vestimenta protestó con éxito contra la carestía de alimentos y contra los ministros extranjeros de Carlos III; y el 2 de mayo de 1808, revuelta heroica y dolorosa contra los franceses del cruel Murat, que enciende la mecha de una Guerra de Independencia en la que por fin se asienta del todo la conciencia nacional.
Hoy Sol es un importante nudo de comunicaciones, con su estación subterránea de cercanías y metro. Acoge el edificio sede de la Presidencia de Madrid. Está rodeada de bajos comerciales, entre ellos la tienda bandera de Apple, y es un punto neurálgico de paso para vecinos, paseantes y turistas del centro histórico de la capital de España. Raro será el español que no haya pisado Sol alguna vez.
Pues bien, desde hace hoy 22 días, la simbólica plaza está ocupada por un degradado campamento de lonas de plástico y tiendas de campaña, en una protesta que comenzó para denunciar el desahucio de Mari Carmen y el problema de la vivienda.
Para no tocar de oídas, he ido dos veces a ver aquello, la primera a los dos días del comienzo y la otra, ahora. El panorama ha cambiado mucho. Al principio no llegaban a ocupar la plaza y se trataba sobre todo de tiendas de campaña pequeñas, con alguna lona a modo de techo. El ambiente era diferente, mayormente chavales jóvenes de camiseta negra, tatuajes y arandelas jugando un poco a la revolución sin riesgo, víctimas de la calentura izquierdista que ataca a algunos a esas edades.
Ahora ha degenerado en una marranada y un abuso. Se castiga a los vecinos, paseantes, trabajadores y comerciantes de la zona, que no pueden hacer su vida normal. Además la situación es claramente insalubre. Huele a orines, los plásticos acumulan roña, hay basura y muchos de los revolucionarios no parecen tener la ducha y la lavadora entre sus aficiones.
La protesta se levanta hoy como una ciudadela amurallada por el plástico, con partes donde no parece que entre ni la policía. Los viajeros que salen de la estación de Sol han de pasar por el poblado. El comercio se vuelve imposible, porque los viandantes se paran a ver el circo, pero no a comprar. Veo a un grupo de turistas chinos que se detienen con cara de pasmo, con un guía al frente que les explica la acampada como una gran atracción. Y, desde luego, si vienes de la mayor dictadura del planeta debe serlo.
Ahora allí abundan los antisistemas duros, algunos embozados, y hay más extranjeros. Quedan algunos chavalines tiernos, pero se ha incrustado en Sol una tropa peligrosa, que responde claramente al estereotipo que antaño denominábamos kale-borroka.
Cuando me doy una vuelta son las once y media de la mañana. La revolución va con calma. Hay algunos puestos de quincalla comunista, donde, por ejemplo, están vendiendo una revista llamada Marxismo hoy. Pero vislumbro todavía a muchos zapateados en sus tiendas, alguno con el primer peta de la mañana, y varios deambulando con el latón de Mahou en mano. Claramente se ha desvirtuado todo objetivo político. Es una cumbre perroflautística, de gandules sin nada que hacer, donde impera un cierto nihilismo ácrata de «contra el mundo».
Para completar la degradación, rodeando la acampada se afanan los vendedores africanos del top-manta. Cuento más de veinte. Media docena están a solo a dos metros de una pareja de policías nacionales. Les hago una pregunta a los agentes: «Aquí se está vendiendo material falsificado y sin pagar impuestos. Un delito. ¿Por qué no actúan ustedes?». Uno de los policías sonríe y me lo explica como quien habla con un niño iluso: «No es un delito. No podemos hacer nada. Como mucho es una sanción administrativa y eso lo lleva la Policía Municipal». El retrato de una España desquiciada. Todos los comerciantes de la plaza deben pagar sus impuestos, su IBI, autónomos, observar reglamentos ecológicos y energéticos… so pena de sanción y de cierre si te arruinas. Pero si acabas de llegar en una patera las normas quedan en suspenso, barra libre.
Resulta evidente que si la acampada fuese contra la corrupción de Sánchez, o a favor de la unidad de España, o en defensa del derecho a la vida, el Gobierno la habría levantado a los dos días. Pero el hooligan socialista que ocupa la Delegación ha recibido órdenes de Moncloa de no actuar. La foto del Sol indignado contra la cruel derecha inmobiliaria viene bien para la precampaña (aunque ahora se ha arruinado un poco con la eclosión de caseros socialistas y la inevitable caída de Montse Mínguez).
Al parecer, en esta España secuestrada por Sánchez no existe un instrumento legal para restablecer el orden público en la plaza más emblemática del país. La guarro-acampada acabará pronto, pero por la sencilla razón de que la semana que viene lloverá y la temperatura caerá ya a ocho grados por la noche. De cualquier forma, el espectáculo ha resultado oprobioso. El retrato de un país sin autoridad. No es extraño que Mohamed nos haya tomado la matrícula…