Ya son casi las cinco y Marlaska tampoco ha comido aún. O quizá sí.
La breve ‘visita del doctor’ del ministro que, según Sánchez, no iba a abandonar Ceuta hasta que se resolviera la crisis, concluye proclamando su «éxito» en la retirada de los migrantes de las playas.
Habla de 12.000 retornos voluntarios, pero nada dice de cuándo y cómo cumplirá el mandato de la Unión Europea y devolverá a Marruecos a los 15.000 invasores, menores incluidos, que aún permanecen en la ciudad, haciendo imposible la vida a los ceutíes.
Los chalecos amarillos del helipuerto mascullan epítetos irreproducibles cuando ven elevarse el helicóptero del ministro. En Ceuta no hay nadie —y si lo hay, está escondido bajo algún carguito— que no ponga a escurrir a Sánchez y sus compañeros de lista electoral.
En las escaleras de la entrada del vetusto parador La Muralla, donde se celebra el IV Foro Económico de EL ESPAÑOL, el nuevo héroe nacional, el hombre que se ha ganado la admiración, el respeto y el cariño de todos, me hace una confesión esperanzada:
«No lo pretendíamos, pero desde el 30 de julio se ha demostrado que España existe«.
Juan Jesús Vivas hace de tripas corazón para cargar las pilas de la autoayuda aferrándose a la movilización nacional en defensa de Ceuta. Pero está extenuado como todos los ceutíes.
Y siente que él y su ciudad están siendo víctimas de una tremenda injusticia y un infame abandono por parte del Gobierno. Lo argumenta en las 18 demoledoras preguntas dirigidas a Sánchez desde nuestra tribuna.
Incluyen el por qué no se impidió la invasión, el por qué se interrumpió la «conducción ordenada» a la frontera de los asaltantes, el por qué durante el mes de veraneo del presidente hubo inacción absoluta, el por qué no se devuelve a quienes siguen ocupando Ceuta, el por qué la frontera continúa estando como estaba, el por qué permanece la inseguridad en las calles y las aulas o el por qué se ocultó durante más de 70 días la simultánea incursión naval marroquí.
Hércules, Homero y Calipso esperan respuestas desde la Plaza de la Constitución y el Paseo de las Palmeras.
Esas preguntas encuentran su justificación a pie de calle en unos asentamientos en los que huele a orín y porro. En ellos se masca el riesgo de la «olla a punto de estallar» a la que alude Vivas.
También en el testimonio de las ceutíes que no sólo se han armado de gas pimienta, sino de llaveros-alarma, silbatos y cuchillos —sí, cuchillos en el bolso— como el que lleva cada vez que se desplaza la dependienta de una tienda de alimentación.
No es una «impresión subjetiva de inseguridad», como alegó Poncio Marlaska, porque en Ceuta se han producido casi tantas agresiones sexuales como días han transcurrido desde el 30-J.
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Pero además del pálpito de la calle, hemos escuchado la opinión de los expertos en estrategia militar. Y la voz del general Ballesteros se ha elevado con inusitada claridad y con el conocimiento de causa que supone haber sido el Director de Seguridad Nacional, con despacho en la Moncloa, durante los cinco primeros años del sanchismo.
Merece la pena repasar su autorizado testimonio ante el tribunal de la opinión pública.
Ballesteros alegó que la intrusión de las fragatas marroquíes en aguas de Ceuta «disipa las últimas dudas» sobre lo ocurrido: «Fue una invasión y no fue un ataque por omisión, fue un ataque por acción… En geoestrategia no hay coincidencias. Hoy podemos calificar la entrada de inmigrantes en masa como una invasión».
El general dejó en evidencia la ridícula explicación de la portavoz del Gobierno: «No fue un hecho puntual, ni algo que ocurre de vez en cuando. Tengo muchísimos años de servicio y he seguido estos asuntos por obligación profesional… Nunca se ha producido esto en aguas territoriales españolas».
La prueba de que Ballesteros no estaba hablando a humo de pajas fue su propuesta de decretar ahora el Estado de Excepción en Ceuta para lanzar un mensaje claro a Marruecos, tomándole la palabra y devolviéndole indiscriminadamente a todos los invasores.
También tuvo enorme impacto su razonamiento cuando repudió la ocultación por el Gobierno de la «crisis de las fragatas». Alegó que «los secretos se guardan frente al enemigo, no frente a los nacionales». Sobre todo, «cuando es un secreto que conoce el enemigo».
Ballesteros me contó después de su intervención que el origen de lo ocurrido está en la carta que Sánchez envió a Mohamed VI, entregándole la soberanía del Sahara. Y que lo hizo sin reunir al Gobierno, sin acudir al Parlamento, sin consultar a ningún órgano del Estado, sin contar ni con Exteriores, ni con Defensa.
Ballesteros advirtió al entonces jefe de Gabinete, Óscar López, que aquello era un disparate y que tendría consecuencias para Ceuta y Melilla. Poco después presentó la dimisión y abandonó Moncloa.
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¿Por qué actuó así Sánchez? El general retirado insiste en que fue una decisión «personalísima» y la encadena con la reacción iracunda del presidente cuando supo que su teléfono había sido infectado con el software Pegasus y que alguien —presuntamente Marruecos— era ya poseedor de sus secretos.
Yo le dije que aquella invasión de la intimidad de Sánchez fue el preludio de esta invasión de una ciudad española. Convinimos en que nadie ha aportado una explicación alternativa.
A mi modo de ver, la conducta del presidente sólo se entiende si está siendo objeto de un chantaje que le ha llevado a abdicar de sus obligaciones constitucionales. Y eso sólo tiene un nombre: traición.
«La conducta del presidente sólo se entiende si está siendo objeto de un chantaje que le ha llevado a abdicar de sus obligaciones constitucionales. Y eso sólo tiene un nombre: traición»
El general me dijo que él ni puede ni debe utilizar esa palabra. Yo le contesté que un medio independiente como EL ESPAÑOL si puede y debe hacerlo.
Máxime después de haber tenido la ocasión de conversar con miembros de las Fuerzas Armadas de muy distinto rango destinados en Ceuta. Ha sido la gran sorpresa de nuestra visita: verles tan hundidos y humillados como la mayoría de la población.
Desde los mandos hasta la tropa, tienen la sensación de haberles fallado a los ceutíes y a los españoles y explican entre susurros que disponían de medios proporcionales para haber evitado o revertido la invasión sin derramamiento de sangre y el Gobierno les impidió cumplir con su obligación.
Saben que quedará para la historia que un contingente de tres mil hombres no impidió que se produjera lo que el propio Sánchez definió, el único día que dijo la verdad, como una «violación de la integridad territorial«.
Sólo la reacción del Rey durante su visita a Ceuta y Melilla ha transformado su estado de desánimo en expectativa esperanzada.
Por la claridad con la que Felipe VI emplazó a todas las «autoridades» —incluidas las de la UE— a comprometerse «sin medias tintas» con la españolidad de las ciudades autónomas.
Y sobre todo por su advertencia a Marruecos de que «estamos preparados para defender nuestros valores y nuestras libertades».
«Felipe VI transmite credibilidad y confianza porque al contrario de la mayoría de los políticos no antepone ningún interés de parte al interés general»
Es evidente que el compadreo de Juan Carlos con el «hermano» que ocupaba el trono alauí forma parte del pasado. Felipe VI ha venido dejando claro que, aunque los dos lleven el título de Rey, su papel, valores y propósitos son muy distintos de los de Mohammed VI.
Y de la misma manera que en 2017 puso pie en pared respecto al intento secesionista catalán, ahora lo ha hecho en Ceuta y Melilla. En lo que de él dependa, España no sufrirá ninguna merma territorial durante su reinado.
Es lo propio del Rey Patriota, tal y como lo definió el vizconde Bolingbroke en su tratado «The Idea of a Patriot King», publicado en 1749. Es el «padre de la nación, que reina desinteresadamente, unificando a sus súbditos y velando por la integridad de la Constitución».
Por eso Felipe VI transmite credibilidad y confianza: porque al contrario de la mayoría de los políticos no antepone ningún interés de parte al interés general.
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En el extremo opuesto de la valoración pública se encuentra el actual gobierno con Sánchez y sus cómplices más directos a la cabeza.
A las fechorías de la compra del poder con la amnistía, de los casos de corrupción sin cuento, de toda una legislatura sin presupuestos y finalmente gobernando contra el Parlamento, de los ataques sistemáticos a los jueces, del montaje de las cloacas de la Fontanera, de la hipocresía sobre la vivienda que ha acabado con Montse Mínguez o de la hipocresía sobre la prostitución de la que se niegan a responder Sánchez y su esposa… a todo eso se ha unido la traición a Ceuta.
Y hoy es inevitable fijar la mirada en la número dos de la lista que encarna, acumula y representa todos esos escombros. Porque durante mucho tiempo —como decía El Rugido del León del viernes— «nos ha tenido engañados a muchos españoles».
Sería interminable la lista de ocasiones en las que, en público y en privado, Margarita Robles transmitía su disconformidad con algunas de esas políticas y su abierto repudio de otras. Hasta el extremo de que la pregunta recurrente era por qué no dimitía.
Su respuesta siempre era que ella se concentraba en su responsabilidad concreta, que estar en un gobierno de coalición no suponía estar de acuerdo en todo, que podía ser más útil para la causa de la democracia dentro que fuera, que se sentía orgullosa de su labor hacia las Fuerzas Armadas, que se sentía querida por el estamento militar y que la gente la paraba por la calle para darle ánimos.
Seguro que nada habrá cambiado en el entorno de pelotas uniformados del que ha terminado rodeándose, pero siendo como es una persona celosa de su reputación, tal vez se lo pensara dos veces si pudiera escuchar algunas de las cosas que he oído sobre ella en las calles de Ceuta cuando ha aceptado avalar como número dos todas las infamias de Sánchez.
Al menos que no le pille desprevenida cuando los aplausos se truequen en sonoros abucheos. Porque nada llega tanto al corazón de los humanos como la decepción.
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Sólo hay un antecedente de lo que acaba de hacer Margarita Robles y ella lo vivió muy de cerca. Me refiero a la voltereta que Baltasar Garzón dio en 1993 aceptando ser el número dos de la lista de Felipe González cuando ya disponía como juez de las pruebas que lo convertían en el «señor X» de los GAL.
Yo mismo le mandé a Garzón una tarjeta reflejando el estupor de quienes peleábamos por la búsqueda de la verdad —«No me puedo creer lo que me cuentan»— e instándole a no echar su prestigio por la borda.
Es cierto que Margarita Robles ya estaba en el Gobierno, pero refugiada en una responsabilidad acotada. Ahora acepta ser utilizada para blanquear conductas ignominiosas de las que ya no se podrá desmarcar.
Cuando Garzón se dio cuenta de que González sólo le había querido para maquillar su trayectoria y no pensaba darle el ministerio prometido desde el que cambiar las cosas, le acusó de haberle tratado como un «pelele» y se marchó dando un portazo.
Aún no había cumplido los 40 y le quedaba mucha vida, plena de peripecias, por delante. Margarita Robles cumplirá los 70 la semana anterior al inicio de la campaña.
¿Tanto le angustiaba la idea de salir discretamente por el foro, culminando toda una vida de servicio público, trufada de momentos de gran mérito y ejemplaridad, con un puesto en el Consejo de Estado?
Es una desdicha que se haya prestado a intentar blanquear al carbonizado Sánchez en tándem con su detestado Marlaska. Porque, para los contemporáneos, lo más importante de una biografía es cómo termina. Y en esta campaña electoral tendrá que mentir, fingir no haberse enterado de nada y ocultar clamorosamente la verdad.
Qué desastroso epílogo para una jurista a la que siempre habíamos atribuido convicciones democráticas. Nunca lo hubiera imaginado.
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Todos los españoles nos jugamos mucho el 29-N. Serán las elecciones más importantes de nuestra existencia. Pero Ceuta se juega literalmente la vida como ciudad española regida por la convivencia de cuatro religiones y culturas bajo el paraguas de la Constitución.
Si Sánchez gana, Vivas pierde. Si Sánchez gana, el empeño de la Corona de preservar la integridad territorial se debilita.
Si Sánchez gana, Marruecos, Mohammed VI y su Majzén ganan. El ‘Manchurian candidate’ de la Guerra Fría es hoy el ‘Candidato marroquí’, como verazmente sostiene Abascal.
Si Sánchez gana, la Ceuta que conocemos hoy muere, horneada en pepitoria para que la devore Marruecos.
El mero riesgo de que Sánchez pueda seguir en la Moncloa ya ha llevado a centenares de ceutíes a poner sus viviendas a la venta. Nadie podrá pedirles que apuesten por un futuro en su ciudad si gobierna quien ha demostrado ayudar a quien intenta destruirla.
«Todos los españoles nos jugamos mucho el 29-N. Serán las elecciones más importantes de nuestra existencia. Pero Ceuta se juega literalmente la vida como ciudad española regida por la convivencia»
Pero si Sánchez pierde, gana Ceuta. Porque sus posibilidades de recuperación con todos los invasores devueltos y un ‘Plan Marshall‘ cofinanciado por Madrid y Bruselas son inmensas.
Si Sánchez, Margarita Robles y Marlaska pierden, gana Ceuta y con ella España entera. Porque Ceuta no sólo es carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, sino también una mina de oro, pendiente de explotar.
Como dice Cruz Sánchez de Lara, lo que mejor resume la situación actual es que «los españoles llegamos a Ceuta de quince en quince —los que caben en el helicóptero— y los marroquíes de cien mil en cien mil«.
Una Ceuta con un aeropuerto de doble uso civil y militar, ganado al mar, con una terminal de containers en el puerto, con centros de datos y plantas de energías renovables se convertiría en pocos años en el mascarón de proa de Europa en África, amén de en el centinela de uno de los tres estrechos más transitados del mundo.
No es un sueño imposible porque, como dice Kissy Chandiramani, esa ceutí tan española como hindú que escolta a modo de gestora y estratega a Juan Vivas, «la geografía no determina el destino de una ciudad; lo que determina el destino es lo que una ciudad y una nación pueden hacer con su geografía».